Juliana Vaca Ruiz es nieta del represor Omar Jesús Vaca, quien trabajó en el Destacamento de Inteligencia de Rosario durante la dictadura. Junto a su padre Javier integran el colectivo Historias Desobedientes
06:05 hs - Martes 24 de Marzo de 2026
Frente a un ventanal de su casa en Uriburu y Ayacucho, un hombre mira por la ventana mientras escucha la radio. Suele hacer asados para su familia y disfruta de cantar y de dar órdenes para organizar la dinámica familiar. Pero donde más le gusta estar es en su sillón individual frente al gran ventanal que da a la calle. Su nieta lo busca y él le pide con cierta picardía y complicidad que robe galletitas de las cocina y se las lleve sin decirle nada a la abuela. Mientras tanto, observa con detenimiento la vereda. "Conectando con su pasado como servicio de inteligencia de la última dictadura militar pienso que ese hábito era un vestigio de su vigilar constante", dice Juliana Vaca Ruiz, cuando recuerda a su abuelo Omar Jesús Vaca, suboficial del Ejército e integrante del Destacamento de Inteligencia del ex Batallón 121 de Rosario.
Juliana comenzó a hacerse preguntas sobre su familia de grande. Sabía que su abuelo había sido parte del Ejército y algo daba vueltas sobre su relación con la última dictadura cívico militar que comenzó en 1976. Pero en su casa de eso mucho no se hablaba y el abuelo Omar había muerto en 2005, hacía ya tiempo. Ella estudiaba en la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y militaba, pero los primeros años de su veintena fueron de muchos cambios a nivel identitario y, entre tantas incógnitas y rupturas, su terapeuta le preguntó por su familia. Y sin que lo quisiera, le puso enfrente una realidad dolorosa.
Sin saberlo, su padre Javier Vaca también estaba destapando la olla de los recuerdos incómodos y ambos, recorriendo caminos distintos, se encontraron al mismo tiempo preguntándose qué hacía exactamente Omar Vaca, de qué trabajaba y qué lugar ocupaba en el terrible entramado de represión sistemática, asesinato y desaparición de personas. Así enfrentaron juntos que aquel hombre que hacía asados y miraba por la ventana había trabajado en servicio durante la dictadura. En otras palabras, se había encargado de investigar y entregar personas y su accionar no tuvo ninguna consecuencia: murió impune.
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"Fueron un montón de sensaciones feas. Sentía muchísima vergüenza. Yo militaba en un espacio de derechos humanos por memoria, verdad y justicia. Me imaginaba hablando con mis compañeros, diciéndoles que soy familiar totalmente directa de los tipos que repudiamos y denunciamos", recuerda Juliana en diálogo con La Capital.
Después del shock, intentó acomodar su cabeza. "No sabía ni cómo encarar la conversación conmigo misma. Intentaba no pensarlo mucho. Pero todos los días eso iba tomando fuerza dentro mío. Así que empecé a tratar de amigarme con esa sensación de vergüenza, de repudio, de llevar el apellido de ese tipo". Una vez que pudo diferenciarse, que logró separar su apellido de su propia identidad y percibirse totalmente antagónica de su familiar represor, ahí pudo empezar a contarlo. "Y para mis compañeros de militancia fue una sorpresa. Pero para mi también lo era. Y después vinieron muchas preguntas. A través de ellas pude ir armando las propias bases, me ayudaron a pensarlo y a comenzar a averiguar".
Hacer algo con todo esto
Cuando su padre y ella llegaron a las mismas preguntas e inquietudes, se encontraron revolviendo las viejas cajas de fotografías familiares con otros ojos. "Era tal la naturalización de que el abuelo era militar, que sus fotos con uniforme o armas de fuego estaban mezcladas con las de las vacaciones de verano o de un cumpleaños. Totalmente sumergido en esa realidad familiar pero también escondido: casamiento, abuelo con una metralleta en la mano, cumpleaños, vacaciones. Y así", señala Juliana.
"Todo el tiempo vuelvo a esas fotos. A buscar información, datos distintos, preguntas diferentes. ¿Quiénes son esas personas?, ¿están todos impunes como mi abuelo?". Juliana revisa, mira las caras de los amigos de su abuelo y se pregunta qué hicieron, cómo serán sus nombres.
Pero hay una que observa con detenimiento, siempre. Su abuelo sostiene una metralleta, frente a él una mesa llena de armas y un grupo de hombres lo observan con detenimiento. Omar Vaca pareciera que les está enseñando cómo usarla. Están en una especie de galpón y hay varios automóviles. Todos vestidos de civil. Cuando ve la imagen intenta desentrañar: todos de civil para entregar gente, autos de secuestro, armas de aniquilamiento. Las piezas del rompecabezas están ahí.
Y fue viendo esas fotos, que su padre le dijo a Juliana: "Hay que hacer algo con todo esto". Y para ella, esas palabras fueron un total alivio: distribuir la carga, compartir el peso e intentar reparar el enorme daño sufrido, juntos. Fue así que se conectaron con la agrupación H.I.J.O.S, les acercaron todas las fotografías de Omar Vaca y se pusieron a disposición para lo que sea.
Historias Desobedientes
Historias Desobedientes es el espacio que reúne a familiares de represores que luchan por la memoria, la verdad y la justicia. Juliana comenzó a participar en el 2020, después de que su padre le insistiera que se sume durante algunos años. Es que para hacerlo necesitó hacer un click: "Dije, basta, esto es más que vos, más que tu historia familiar. Tiene que ver con algo más importante, con la historia de tu país. Hay una causa mayor".
Por supuesto que al principio el llanto acaparaba las reuniones. "Era muy emocionante. Me entristecían mucho las historias desobedientes", cuenta ahora entre risas. "El espacio fue ayudándome a armar mi identidad desobediente y a entender cómo encarar mi historia familiar. Bibiana Reibaldi (hija de Julio Reibaldi, personal civil del Batallón 601 de Inteligencia de Ejército) me dijo una vez: gracias a que sentimos vergüenza podemos ser desobedientes. Es un espacio personal y militante increíble, un gran abrazo colectivo".
Juliana tenía ocho años cuando su abuelo murió y es casi inevitable preguntarse cómo hubiese sido su desobediencia si Omar Vaca estuviese vivo. "Pienso que para él hubiese sido más difícil. Más complejo tener una nieta zurda, lesbiana, mujer. Y a la vez con tantos rasgos propios de la familia Vaca en términos físicos, porque soy igual a mi papá, y también en cuestión de gustos porque me interesa la música, toco la guitarra, canto. Hubiese tenido una contradicción tremenda".
Y sigue: "Le hubiese hecho sangrar las orejas. Le hubiese preguntado qué hizo, quiénes fueron sus víctimas, dónde están. Había mucho que preguntarle e indagar. Pero no nos hubiese dicho nada porque guardan un silencio sepulcral. La obediencia que tienen, ese pacto de silencio que hicieron es tremendo. Los compañeros que sí tienen la oportunidad de preguntarles a sus padres se chocan con una pared de cemento. Niegan todo y no dicen nada". Hace dos años, en la marcha del 24 de marzo en Rosario marchó con un cartel que decía: "Abuelo, ¿dónde están los 30.000 desaparecidos?".
En el nombre del padre
En los últimos días se viralizó por redes sociales un video de Historias Desobedientes. El audiovisual fue subido a la cuenta de la campaña ciudadana de “Son Sin Cuenta” y entre los testimonios aparece el de Javier Vaca, el papá de Juliana. Sentado frente a cámara, dice: “¿Te imaginás a una persona que se dedica a investigar a otras, a ver cómo es su vida, dónde está su trabajo, qué hace su pareja, a qué hora vuelven a su casa, a qué hora salen a la plaza?”. Y tras una pausa remata: “Todo eso hacía mi padre”. Javier es hijo del represor Omar Vaca, quien falleció sin ser condenado por su participación como suboficial de inteligencia en Rosario durante la última dictadura.
“En estos días estamos hasta las manos de notas”, cuenta Javier a este medio. Este año participará de la marcha de la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, pero los últimos días lo encuentran ajetreado entre nota y nota. Y no es para menos. Desde 2018, cuando se sumó a Historias Desobedientes, asumió el compromiso de resignificar el hecho de ser hijo de un genocida y contar su historia.
En 1986, cuando Omar Vaca se retiró del Ejército, Javier empezó a estudiar ciencia política en la UNR. Ahí comenzaron los primeros encontronazos en la mesa familiar, sobre todo cuando surgía el tema de la dictadura. O el tiempo de "el proceso", como se le llamaba entonces en los manuales escolares. “Esas mierdas” o “esos subversivos”, carajeaba Omar cuando se refería a los desaparecidos. En una de esas peleas llegó a gritarle: “Me pasé toda la vida persiguiendo comunistas y socialistas y ahora tengo un hijo socialista”. Javier le contestó que quizás ese era el castigo por lo que había hecho en la dictadura. Estuvieron seis meses sin hablarse.
Un día padre e hijo estaban mirando la tele en el comedor cuando en el noticiero hablaban de la Quinta de Funes, el centro clandestino de detención que funcionó entre septiembre de 1977 y enero de 1978. Su papá escuchó y casi de reojo dijo: “No van a encontrar nada, quemamos todo”. Javier cree que ese “quemamos” tal vez se refiera al robo de expedientes en los Tribunales Provinciales de Rosario, cuando en la madrugada del 8 de octubre 1984 desconocidos ingresaron por la fuerza al Juzgado de Instrucción de la 10° Nominación y sustrajeron material vinculado a denuncias presentadas por la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep).
Uno de los imputados en esa causa fue Luis Américo Muñoz, jefe de inteligencia del Estado Mayor del Comando del II Cuerpo del Ejército, quien falleció durante el proceso judicial que terminó en 2023. Muñoz era uno de los “amigos” de su papá que solía visitarlo en su casa. Como un eco de otra vida, Javier dice que su papá solía jactarse de comer asados con Galtieri. O regodearse de llevar información al Pentágono en esos viajes a Washington. Cuando en 2009 comenzaron en los juicios a los represores en Rosario, Javier empezó a ver entre los acusados a varios de los compañeros o jefes de su papá. Ahí volvió a revisar aquellas viejas fotos en blanco y negro, las de Omar vestido de militar en el Destacamento de Inteligencia. “La causa Guerrieri —dice— se va actualizando y yo me voy enterando de nuevas cosas en donde tuvo participación mi viejo. Es cada vez más grande y lamentable su actuación en esta historia”, apunta Javier.
A 50 años del horror de la dictadura, para el “hijo desobediente” es necesario también actualizar la mirada sobre lo que pasó en el país, como la discusión en torno a las corporaciones y empresas multinacionales “que querían imponer un modelo, que es el mismo que quiere implementar ahora Milei”.
Javier rescata la incorporación a los espacios de militancia y testimonio de las nuevas generaciones, como la de su hija Juliana, “que son los nietos y nietas de los genocidas que van tomando conciencia de lo que hicieron sus familiares y abuelos”.
Pero el presente también le deja una sensación ambigua: “Siento una contradicción, porque por un lado veo mucha concientización social y gente muy conmovida con el recuerdo de estos 50 años del golpe de Estado, pero por el otro tenés un gobierno negacionista que dice que esto no ocurrió y parece que reivindica el robo de bebés y la desaparición de personas. La pelea es permanente, pero nos encontrará en la calle, porque los militantes por los derechos humanos somos así, no abandonamos esa lucha”.