"En 2001 fue la propia dirigencia la que salvó al sistema político"
El politólogo Facundo Cruz advierte que el bicoalicionismo polarizado sirve para competir en elecciones, pero después complica el funcionamiento institucional

Domingo 09 de Enero de 2022

Fascinados con el 2001 como objeto de estudio, un grupo de cientistas sociales pasó el acontecimiento por un tomógrafo y observó los distintos cortes de la última gran crisis argentina: el juego de los actores políticos, las reglas que emergieron de entre los escombros y la inestabilidad de las políticas públicas en las dos décadas siguiente. Facundo Cruz, coordinador junto a Gastón Pérez Alfaro del trabajo que se convirtió en el libro Después del terremoto ( se puede descargar gratis acá), sostiene que el 2001 dejó un aprendizaje en la dirigencia argentina: evitar a toda costa un estallido similar.

En diálogo con La Capital, el politólogo y consultor analizó las transformaciones del sistema de partidos después del estallido, advirtió que la polarización sirve para ganar elecciones pero traba las instituciones y señaló que el enojo de la ciudadanía con la dirigencia “no se está expresando en términos electorales”.

—En diciembre se habló mucho de la implosión del gobierno de de la Rúa, pero ¿qué representó el 2002 en la salida de la crisis?

—En los ciclos políticos argentinos es muy usual una dinámica: tenés una olla a presión que revienta, después tenés un pico de la crisis y luego empieza a amainar. Lo que viene después de eso son decisiones trascendentales, que la sociedad va incorporando pero cambian los procesos y las estructuras. Así se conectan 2001 y 2002. Por otro lado, no podés entender la crisis de diciembre de 2001 si no entendés octubre de 2001. Originalmente, la crisis es una crisis de representación con el agregado de la crisis económica. Entre diciembre de 2001 y comienzos de 2002 el sistema político se reacomoda, y se da la salida de la convertibilidad, pero con una autoridad presidencial completamente deslegitimada y la necesidad de construir nuevos consensos sociales en torno al modelo económico que tenía que venir. Ese proceso lo conduce el candidato presidencial derrotado en 1999, con las medidas que en el ‘99 dijo que no iba a tomar. Aunque tenía el consenso político de los dos grandes partidos, no había ocurrido el proceso electoral que siempre tiene que ver antes de ese tipo de cambios.

—En su artículo habla de fragmentación y territorialización del sistema de partidos después del 2001, ¿qué significa eso?

—Después del 2001, el sistema voló por los aires, pero se fragmenta de manera distinta en cada provincia; es lo que Mario Navarro y Carlos Varetto llamaron fragmentación regional desequilibrada. La fragmentación está impulsada por el colapso de la UCR: cuando pierden la confianza en el radicalismo, el voto no peronista sale a buscar nuevos partidos. Muchos son desprendimientos de la UCR, como los partidos de Elisa Carrió y Ricardo López Murphy, pero también aparecen otras opciones: el Polo Social, Luis Zamora, fuerzas de izquierda, partidos provinciales. Esto hace que las propuestas nacionales tengan que readaptar sus propuestas en las provincias porque la dinámica competitiva es distinta: si vos tenés un radicalismo débil te sirven ciertos candidatos, y si el radicalismo es fuerte, otros. Así, los partidos les dicen a las provincias que vean qué hacen en cada provincia, con quién se juntan, qué candidatura llevan, y eso hace que la dinámica sea muy territorializada. No hubo nada que contuviera la implosión del sistema de partidos en 2001 porque es muy fácil crear partidos políticos en la Argentina. Más adelante, todo eso lo van a ir acomodando las Paso.

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Eduardo Duhalde, perdedor en las elecciones de 1999 y conductor de la salida de la crisis de 2001

—¿Qué rol ocupan las coaliciones para ordenar los distintos fragmentos?

—Se fueron dando dos procesos en paralelo. Por un lado, después del proceso electoral de 2003 el peronismo se ordena con muchas variables a favor: se reconstruye la autoridad presidencial, se construye una nueva mayoría en términos electorales y legislativos, se renueva el justicialismo y hay un contexto internacional favorable a la reconstrucción económica. Esa coalición peronista empieza a tambalear en 2009 y en 2013, se dispersa completamente en 2015 y 2017 y se vuelve a armar en 2019. Por otro lado, al otro polo le costó más construir una coalición electoral, porque cada vez que se presentaban había dos: una anclada en la UCR y otra en torno a otros partidos. Eso pasó en 2007 y 2011, cuando se dificultaba la coordinación, hasta que llegó el momento de Cambiemos en 2015, que demuestra que los partidos no peronistas pueden nuclearse en una sola coalición, ganar y gobernar. Podríamos decir que el peronismo se acomodó desde el sillón de Rivadavia y el no peronismo desde las Paso.

"El peronismo se acomodó desde el sillón de Rivadavia y el no peronismo desde las Paso" "El peronismo se acomodó desde el sillón de Rivadavia y el no peronismo desde las Paso"

—¿Cuáles son los aspectos virtuosos y no tanto de este bicoalicionismo que se consolidó en una Argentina que no puede salir del bloqueo?

—No estoy tan convencido de que el bicoalicionismo sea el problema de la falta de acuerdos, hay un segundo componente: es un bicoalicionismo polarizado. El sistema se traba porque hay dos coaliciones que no pueden dialogar por nada, ni siquiera se ponen de acuerdo para tener una reunión. El bicoalicionismo polarizado le rinde a las coaliciones para obtener réditos electorales, pero el problema es que después esa polarización se traslada al terreno institucional, al vínculo entre el Poder Ejecutivo y el Congreso, entre la presidencia y los gobernadores. Esto puede ser consecuencia de dos factores. Uno es que en la Argentina se vota cada dos años, y eso dificulta encontrar consensos mínimos; cada vez estoy más convencido de eso, pese a que soy amante de las elecciones y es pegarme un tiro en el pie (se ríe). El segundo factor es que la polarización se refuerza porque las coaliciones están en una campaña interna permanente: no tenés un liderazgo claro sino una situación horizontal, de siete u ocho personas sentadas en una mesa en la que a todos les sirve polarizar porque el propio electorado también está polarizado. Eso configura un sistema de empate, donde destraban los bloques provinciales, hoy la llave de la gobernabilidad en la Argentina la tienen ellos.

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Alberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Kirchner, algunos de los protagonistas del bicoalicionismo polarizado

—Dijo antes que no se puede entender diciembre de 2001 sin octubre de 2001. El año pasado bajó la participación y se habló de un crecimiento del voto blanco y nulo, ¿ve señales de alarma que la dirigencia política debería tener en cuenta?

—En 2001, el voto bronca, el blanco más nulo, se multiplicó por seis respecto al promedio 1983-1999, y el voto nulo se multiplicó por 16. Fueron números bestiales, después cayó en picada y hoy estamos dentro de los parámetros normales de la historia política argentina. Si uno ve la película larga no se observa que estemos entrando en un escenario de alerta. La democracia argentina todavía tiene resortes y conexiones con la ciudadanía. En una encuesta reciente de Zuban-Córdoba aparecen conclusiones llamativas, por un lado la gente está enojada con la democracia porque no le está dando soluciones pero al mismo tiempo cree que es el mejor sistema. Hay un enojo con la dirigencia política, pero no se está expresando en términos electorales.

—En el libro remarcan que a diferencia de otros países de la región la Argentina mantuvo niveles altos de estabilidad política, ¿Por qué?

—Creo que el 2001, como una crisis contra todo el sistema polìtico, generó un aprendizaje en la dirigencia. Pese al “que se vayan todos”, el único que se fue al final fue Carlos Ruckauf. El resto se quedaron todos: la dirigencia que sale a tomar las riendas del país tenía experiencia política y gubernamental, algunos en las provincias y otros a nivel nacional, pero todos tenían su recorrido. La dirigencia política aprendió hasta dónde podía aguantar el sistema institucional, cosa que no sucedió en otros países de la región. El 2001 expresó la bronca contra todo el sistema político, y fue la propia dirigencia la que salvó el sistema político en la Argentina.

"La dirigencia política aprendió hasta dónde podía aguantar el sistema institucional" "La dirigencia política aprendió hasta dónde podía aguantar el sistema institucional"

—¿Cuáles son las principales deudas de la democracia argentina, a veinte años del 2001 y casi cuatro décadas después de 1983?

—Creo que hay tres cosas. La primera es que veinte años después del 2001, seguimos discutiendo cómo pagar la deuda al 2001. Si vos ves la cuenta de Twitter sobre el 2001, las tapas de los diarios de esa época son las mismas que las de hoy. El segundo es que seguís teniendo problemas para generar un desarrollo equitativo a lo largo de los años, y terminás dependiendo de los booms internacionales para que ingresen divisas. El tercero, más social, es que la pobreza sube y baja cíclicamente, hay que cortar con esa dinámica. Esas son las grandes deudas no resueltas, aunque también es cierto que ya llevan varias décadas.