Política

El primer mes de Alberto Fernández: progresismo, realismo y urgencias

El presidente buscó diferenciarse de Macri y acumular poder propio para gobernar la Argentina en un contexto de crisis.

Domingo 12 de Enero de 2020

En su primer mes como presidente Alberto Fernández delineó la consigna con la que pretende encarar su mandato: todo el progresismo que sea posible, todo el pragmatismo que sea necesario.

Desde el 10 de diciembre pasado, Fernández se concentró en dos tareas. Por un lado, contrastar toda vez que se presente la oportunidad las diferencias de enfoque y de prioridades que separan a su gobierno y al de Mauricio Macri. En sus términos: la solidaridad versus la insensibilidad.

Por el otro, el jefe del Estado buscó —y consiguió— importantes recursos económicos e institucionales para enfrentar las múltiples emergencias. Pero sobre todo logró un objetivo clave para sí mismo: acumular un capital político personal para efectivamente gobernar en cuatro años que aparecen plagados de riesgos y obstáculos.

En su visión, las medidas tomadas en el vertiginoso primer capítulo de su mandato apuntan a un triple objetivo: reparar el daño cometido contra diversos sectores sociales, reactivar la economía y reconstruir el poder político presidencial.

Con lógica, Fernández benefició a los que lo votaron y ajustó a los que no lo hicieron. Se concentró en las situaciones más acuciantes, como el hambre y la anemia del poder adquisitivo de los salarios y las prestaciones de la seguridad social.

En tanto, fue a buscar el agua para apagar el incendio y el combustible para encender la economía a la base social de la oposición: los peldaños superiores de la pirámide social y el mundo agropecuario.

Sin embargo, Fernández también exhibió capacidad para negociar y eventualmente ceder. Así lo hizo en el tratamiento legislativo de la megaley de emergencia: entregó el artículo 85 —que le otorgaba amplios poderes para reformar a su gusto la administración pública nacional sin pasar por el Congreso—, modificó aspectos secundarios del proyecto y obtuvo en Diputados los votos clave de un sector de la oposición.

Esa lectura realista de la correlación de fuerzas y de las tareas necesarias (muchas veces ingratas) para cumplir sus metas distingue a Fernández no sólo de Mauricio Macri sino también de la otra estrella de la galaxia oficialista: Cristina Fernández de Kirchner.

Tanto Cristina como Macri pusieron los ladrillos de la grieta que ahora Fernández pretende desmontar. La polarización que atraviesa a la Argentina empobrece el debate público y tensiona relaciones personales en las familias y grupos de amigos pero sobre todo bloquea cualquier tipo de transformación profunda del país.

Consciente de que la política de minorías intensas no alcanza para resolver los problemas complejos y graves que enfrenta, Fernández lanzó convocatorias como Argentina contra el Hambre y el pacto social, que involucran no sólo a empresarios, sindicatos, gobernadores, intendentes y movimientos sociales sino también a figuras de la sociedad civil.

Esa visión más ecuménica y consensualista del ejercicio del poder debería llevar al presidente a dosificar el uso de las poderosas herramientas que le entregó el Congreso. Un segmento de la sociedad —el que se identifica con las posiciones más radicalizadas de Juntos por el Cambio— está en un virtual estado de alerta y movilización ante lo que perciben como posibles avasallamientos de la institucionalidad.

Fernández es el primero que quiere evitar un conflicto a gran escala como el de la resolución 125. Ese episodio, que parió al kirchnerismo más intenso, significó para el actual mandatario un largo vagar por el llano hasta su reencuentro en 2018 con la ex presidenta.

Hasta ahora, la división del trabajo político entre CFK y Alberto funciona. Ambos cumplen sus roles: mientras atiende cuestiones judiciales y familiares la vicepresidenta consolida el núcleo duro; el presidente gobierna e intenta ampliar la base de sustentación política.

Sin embargo la relación entre ambos conductores del Frente de Todos (FdT), así como la estabilidad de la heterogénea coalición y la propia legitimidad del presidente, dependerán de la marcha de la economía. En este campo, Fernández enfrenta un desafío geométrico: debe encajar un círculo virtuoso de consumo y la inversión en el triángulo endiablado que forman la deuda, la recesión y la inflación.

Pero no todo fueron éxitos. En un contexto que obliga a pensar y actuar rápido, Fernández dio algunos pasos en falso.

El tratamiento de las emergencias se concentró en la rosca parlamentaria y descuidó la comunicación de cuestiones clave del proyecto, como el impacto de la suspensión de la fórmula de movilidad jubilatoria.

También las recientes idas y vueltas sobre el aumento de combustibles de YPF desnudaron cierta improvisación, e incluso expusieron al Estado a un juicio por parte de los accionistas privados que controlan el 49 por ciento restante de la compañía.

Con todo, Fernández cumplió sus objetivos. De ahora en más, dependerá de su capacidad para administrar recursos escasos, alinear tiempos y expectativas, elegir sus batallas, aliados y adversarios.

En definitiva, ejercer el poder.

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