El poder de la cacerola

Miércoles 18 de Junio de 2008

Hubo un tiempo que fue hermoso para el kirchnerismo, pero el lunes se terminó. Las cacerolas, nuevo ícono de control social, les pusieron freno a un estilo de gobernar crispado, intolerante, que generó angustia. Néstor tomó debida nota y, después de 5 años, llamó a una conferencia de prensa; Cristina decidió que era hora de enviar el proyecto sobre las retenciones al Parlamento. Tras el 2001, la sociedad reemplaza el vacío que dejan los partidos de la oposición.

  El gobierno —que leyó mal el potente acto realizado en Rosario el 25 de Mayo— entendió esta vez que el conflicto con el campo fue el disparador del malestar existente en gruesas capas de clase media, pero no el único imán que las adhería a la confrontación. La falta de diálogo hizo interminable una pelea más cercana a arrebatos adolescentes que a una cuestión de Estado. Pero la cerrazón ya se siente en los bolsillos, en las góndolas, en las estaciones de servicio, en la cadena productiva. Y las cacerolas volvieron a sonar.

  La detención de Alfredo De Angeli pareció un acto provocador. El efecto fue el primer sábado negro para la Casa Rosada. La aparición en escena de Luis D’Elía frivolizando la resistencia y (aunque parezca un oxímoron) defendiendo que grupos de choque se "armen" ante una imaginaria y fantasiosa cruzada golpista derramó el vaso y la paciencia colectiva.

  El clima deliberativo que se vive en el justicialismo repiqueteó como las cacerolas durante la jornada del lunes. Muchos gobernadores de probada impronta K se negaban a ir detrás de los pasos que les marcaba el piquetero más famoso. La tensión en Olivos puso furioso al ex presidente. Miles de personas desafiaron la posible presencia de patotas y cercaron la Quinta con un mensaje claro.

  Raro país aquel en el que decenas de miles de personas se movilizan un día feriado para pedir "diálogo, tolerancia y paz", consignas, a priori, poco convocantes. La memoria colectiva, sin embargo, está atravesada de autoritarismos dialécticos que después derivaron en crisis institucionales.

  El gobierno hizo una verónica: no tocó el monto de las retenciones y le cargó la mochila al Congreso: los legisladores serán ahora mirados con lupa. El campo debe dar también un gesto contundente y desensillar hasta que amanezca.

  Que no es poco.