Sábado 05 de Enero de 2008
El acompañamiento del cardenal Jorge Bergoglio al reclamo de justicia de los familiares de la tragedia de Cromañón y la manifiesta solidaridad con empleados despedidos que demandan su reincorporación al Casino Flotante tuvieron una connotación más política que pastoral.
Tal la lectura que se hizo en ambientes gubernamentales y eclesiásticos de las recientes intervenciones del primado argentino, sobre todo porque significaron un cambio de actitud en relación con la cautela que guardó en gran parte de 2007. A propios y extraños llamó la atención que la exposición pública de Bergoglio se hizo más evidente después de la audiencia protocolar que mantuvo en diciembre con Cristina Fernández de Kirchner.
Aquella fue una reunión de 40 minutos en la Casa Rosada que marcó, además, un punto de inflexión en la tensa y compleja relación entre gobierno e Iglesia. A partir de entonces, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina volvió al ruedo con gestos y palabras para subrayar cuáles eran sus preocupaciones sociales.
No causó extrañeza que Bergoglio cuestionara nuevamente la falta de autocrítica de los porteños, tanto de funcionarios como de ciudadanos, frente a actitudes y errores que derivaron en el siniestro del boliche del barrio de Once. Para hacerlo apeló a repetir una frase: "Buenos Aires no lloró lo suficiente la tragedia" de Cromañón. Hecho que, a su entender, tiene "intereses escondidos" como cómplices, aunque sin precisar cuáles. En cambio, llamó la atención que el arzobispo haya convocado a hacer sonar las campanas de los templos porteños en memoria de las víctimas, previo a la misa por el tercer aniversario del incendio que presidió en la catedral metropolitana.
Un gesto al que Bergoglio quiso darle un cuidado simbolismo, al punto que sus allegados dejaron trascender cierto malestar con la prensa por presentarlo como "un campanazo", término al que consideraron "agresivo" y "lejano a su verdadero espíritu".
"No se trató ni de una queja, ni de un reclamo a un sector tal o cual, simplemente fue una expresión de solidaridad", aclaró un vocero habitual. Pero el hecho que más comentarios suscitó entre religiosos y políticos fue la decisión del primado de acercarse a trabajadores despedidos del Casino Flotante, alguno de los cuales pasó fin de año encadenado a la pirámide de la Plaza de Mayo. El gesto público reveló la preocupación de Bergoglio por la represión que los empleados sufrieron de la policía al intentar acercar su reclamo a la Casa de Gobierno, y por la negativa –según se evalúa en medios eclesiásticos– del Ministerio de Trabajo a intervenir en un conflicto por intereses gremiales, una vez agotada la instancia de la conciliación obligatoria.
El prelado remarcó esa inquietud política o pastoral al reunirse con el personal despedido en dos oportunidades. Gestos leídos atentamente por la Casa Rosada. l