Política

El conflicto por Vicentin expone los límites del manual de Fernández

Otra vez se agitó el fantasma de la chavización del PJ, un miedo que el macrismo supo explotar en las elecciones de 2015.

Lunes 22 de Junio de 2020

Las idas y vueltas de Alberto Fernández con Vicentin expusieron los límites de un modelo de construcción política que, hasta ahora, había sido exitoso. Las múltiples emergencias —económica, social y sanitaria— y la necesidad de despegarse de la sombra de Cristina Kirchner ayudaron a centralizar el poder en el presidente. Pero así como el primer mandatario concentra los beneficios, también sufre el monopolio de los costos.

   Las palabras y las cosas. Hace exactamente dos semanas, Fernández usó un concepto cáustico para el agro: expropiación. De vuelta se agitó el fantasma de la chavización del peronismo, un miedo que el macrismo supo explotar en 2015 para derrotar al último kirchnerismo, que intentaba compensar con radicalidad ideológica su debilidad política.

   Es llamativo que un operador político de raza como Fernández no haya previsto el tsunami de reacciones que generaría una iniciativa de ese tipo y la compleja arquitectura administrativa y legislativa que debía montar en poco tiempo. Más, cuando una de sus tareas históricas es expandir la frontera de apoyos, también hacia el campo.

   En un tuit incisivo, la abogada Alessandra Minnicelli, ex número dos de la Sigen y esposa del ex ministro Julio De Vido, recordó que en 2012, en sólo dos horas, se anunció la decisión de intervenir YPF, los funcionarios nacionales tomaron control de la petrolera y se envió el proyecto al Congreso. Y que menos de un mes después se sancionó la ley.

   Si bien el Frente de Todos (FdT) es heterogéneo y algunas figuras de entre 2003 y 2015 están en el llano, es el kirchnerismo el único sector cohesionado detrás de un liderazgo (Cristina) y con un proyecto de poder. El resto de los socios —gobernadores, intendentes y sindicatos— podrán aparecer en las fotos, pero están replegados en sus territorios.

   En ese marco, suena lógico que Fernández adopte el lenguaje más belicoso del socio con más peso de su alianza, aunque haya delegado la gestión de la cuestión en el gobernador Omar Perotti, quien diseñó una estrategia un poco más amigable pero que busca llegar al mismo lugar que la expropiación: que Vicentin se transforme en una empresa mixta, con capital estatal nacional y provincial y las cooperativas adentro.

   También Perotti debe hacer equilibrio entre la línea que bajan desde la Casa Rosada y el malestar que emerge en una parte de su electorado. En esa clave, los diputados cordobeses que responden a Juan Schiaretti habían adelantado su negativa a acompañar un eventual proyecto de expropiación del gigante exportador y la iniciativa entraba en zona de riesgo en el Congreso. Ahora, el futuro de Vicentin está en manos del juez Fabián Lorenzini, un magistrado al menos permeable a los pedidos de la cerealera.

   De todos modos, estaba claro que los niveles récord de aprobación presidencial, que superaron el 80 por ciento al comienzo de la cuarentena, no iban a durar demasiado tiempo.

   La cuestión era en qué asunto Fernández podía invertir parte de su capital político. De vuelta, costos y beneficios. Y cómo ocurrió con el tan discutido aporte extraordinario a los grandes patrimonios, con Vicentin el gobierno paga costos, pero los beneficios aparecen lejanos en el horizonte, o se evaporan.

   Vicentin podrá ser un caso testigo, menos por su eventual rol en el entramado agroexportador y más por el carácter anticipador de los conflictos pospandemia. Como se vio el sábado pasado, hay sectores de la sociedad muy reactivos a las medidas del gobierno y, a pesar del riesgo sanitario, están dispuestos a desarrollar verdaderas protestas a la canasta, donde confluyen demandas que van del rechazo al comunismo a la denuncia de un nuevo orden mundial liderado por magnates como George Soros y Bill Gates.

   La debilidad política que revela el caso Vicentin en un sentido muy primario, como es la incapacidad de imponer una voluntad, se magnifica también porque es el propio Fernández el que se pone en la primera línea de combate.

   Después del anuncio de la expropiación, el jefe del Estado emprendió un raid mediático —en medios amigos y no tanto— en el que defendió la posición del gobierno.

   Es notable la ausencia de ministros de volumen político que puedan reemplazar, o al menos complementar, al presidente en la batalla comunicacional. En términos del ajedrez, le faltan alfiles y caballos. Fernández parece necesitar un Alberto Fernández. O, al menos, un Aníbal.

   Otro dato curioso: en lugar de compararse con Néstor Kirchner, de quien fue jefe de Gabinete, en las últimas horas Alberto subió a las redes sociales un video en el que se identificó con Raúl Alfonsín, un presidente bienintencionado y exitoso en algunas áreas (como los derechos humanos) pero que no pudo terminar su mandato, en medio de un golpe de mercado y un profundo caos social.

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