El aprendiz de político que se mantuvo 30 años en lo más alto
El atributo de ídolo deportivo de Reutemann se proyectó a su condición de dirigente. Indudablemente querido, los claroscuros de sus gestiones jamás dañaron un prestigio blindado

Miércoles 07 de Julio de 2021

En el diario El Litoral cada tanto recordaban la anécdota. Ocurrió a fines de 1990 o a inicios de 1991. Un periodista importante de la Redacción que lo conocía desde mucho antes se sentó frente a él con un afiche en blanco en el que dibujó tres cuadrados. “El Estado provincial se divide así: Legislativo, Judicial y Ejecutivo, en el que estarás vos si ganás”, comenzó. Le explicó someramente las atribuciones de cada Poder del Estado, los mecanismos de sanción de leyes, las interacciones entre las partes, las competencias de un gabinete. Y le dio ejemplos con noticias de actualidad.

Para ese momento Carlos Reutemann no disimulaba un desconocimiento absoluto sobre los asuntos de la administración. Pero con esa capacidad de los hombres intuitivos y rápidos fue aprendiendo. Lo hizo aceleradamente y en la práctica. Porque a los pocos meses lo elegirían gobernador. Derrotó de una manera inesperada a un Horacio Usandizaga, quien tras dos opacas gestiones del PJ lucía invencible. Ganó esa elección. Y todas las demás en las que participó con su nombre al tope.

Fue un hombre de actos más que de palabras, que en realidad desconcertaban. Desde que aceptó la propuesta de Carlos Menem de ser candidato se ciñó a un libreto empecinado: sugerir antes que actuar, insinuar antes que decir, prender la mecha de la discusión así fuera para negar luego los implícitos flotantes de sus pocas palabras.

Dos veces fue gobernador y las dos veces se retiró con su prestigio blindado. Cuando era senador en 2002 desairó el operativo clamor que lo postulaba a la Rosada con una frase hermética de la que renegaría. A pocos días de declinar aquella chance arrancó con metáforas artilleras. “Aviones, misiles, cualquier cosa. Vamos a tener represalias y debemos estar atentos”, dijo, temiendo venganzas del presidente Duhalde. A ocho días de la elección que consagró a Kirchner en 2003, tras una prolongada indefinición sobre su esperado respaldo terminó sacándose una foto con Menem en la casa de Alberto Gollán. El kirchnerismo no se olvidó más de esa postal, que el Lole explicaría luego como una concesión inevitable a una especie de juego de tenazas que lo tenía sitiado.

La imagen de austeridad personal y el ascetismo que lo hicieron distinguible en medio del visible dispendio de poder y dinero del menemismo fue su gran capital. Es injusta y pueril la visión de que arrugaba. Ni en el deporte ni en la política: cuando llegó en el 90 para contender con Usandizaga parecía encarar una empresa perdida. Pero ganó para desmontar un sistema de poder -el de la Cooperativa peronista con la UOM, Vernet, Reviglio, Rubeo y Gurdulich a la cabeza- que espantaban de hartazgo al electorado.

La contrapartida sería que sobre que ese mundo que desarmó edificó otro donde también hubo arbitrariedad y favoritismos. Procuró alzar un esquema de poder hegemónico que se notó, en especial, en la articulación de una estructura judicial de cercanos. Propició el ingreso a la Corte Suprema de su primo político, su abogado personal, una notable dirigente tres veces electa diputada del PJ desde el sublema Creo en Santa Fe y de un electo en razón de su acuerdo con Usandizaga. Como procurador de la Corte, jefe de los fiscales que deben controlar los actos de gestión, propulsó a quien había sido su ministro de Gobierno.

El patronazgo político del conservador que fue no lo delegó nunca. En 1995 postuló como candidato para sucederlo a Rolando Echeverría, un senador provincial desconocido más allá de Roldán, su origen. Se peleó con su primer vicegobernador, Miguel Robles, y ninguneó con hábito consecuente a Jorge Obeid. Pero impulsó a Obeid y con ello mantuvo distancia con el candidato de Menem que era Héctor Cavallero.

Esa parquedad algo lunática de un hombre despierto e inflamado de vocación de poder fue la mejor cobertura para borrar las huellas de actos cuestionables de los que quedan marca débiles. Auspició privatizaciones como la de la Dipos en 1995, que terminó desastrosamente, absorbida por la provincia once años después y con un claro perjuicio a los usuarios. No pudo, pese a su intención, entregar la EPE. Defendió en el Banco de Santa Fe a los hermanos Rohm, juzgados por vaciamientos financieros, que controlaron el mayor banco provincial desde 1998. Las exiguas inversiones en infraestructura en Salud y Educación en sus dos gestiones cayeron en el olvido.

También queda disipada en el tiempo la designación de jueces comunales que ostentaban como antecedentes ser amigos o allegados. Entre los favorecidos estaban la esposa del cuidador de su campo “Los Aromos”, su masajista y una hija de la senadora Roxana Latorre. Avaló una concepción militarizada de la seguridad pública desde las designaciones del teniente coronel de la dictadura Rodolfo Riegé en el primer gobierno, y del ex Side Enrique Alvarez. La conflictividad social del tendal que dejó el cambio del modelo de acumulación de la convertibilidad la mandó aplastar con las fuerzas de seguridad. La fortaleza que construyó en la Justicia le sirvió para evitar responder, siquiera informando, por la tragedia de las siete muertes de la represión en Rosario en diciembre de 2001.

Fue claro que tuvo una relación muy poco afectiva hacia Rosario. Venía a la ciudad cuando no tenía más remedio. Y en cuanto a asignación financiera fue elocuente en cifras la falta de proporción entre coparticipación a la ciudad según su número de habitantes. Lo defenderán diciendo que instaló la General Motors en el departamento Rosario. Pero era una prioridad logística por la mayor cercanía de la planta para los fletes de ultramar. Fue hostil a los pedidos económicos de la ciudad para financiar un sistema de salud muy vasto que recibía pacientes de localidades vecinas. Una vez que accedió a un pedido de apoyo, recuerdan colaboradores de Hermes Binner, respondió: "Me imagino que no lo usarán para financiar el Heca". Una muestra de su visión hacia un servicio público de los más ponderados por la ciudadanía.

Todo eso que existió convivió con la imagen de una persona dueña de un magnetismo innegable y que fue genuinamente querido. Mucho procede del piloto magnífico y respetuoso que apasionaba a un país como ídolo deportivo pero que excede eso largamente. Las muestras de respeto y cariño expresadas en redes sociales tras el anuncio de su final reflejan una adhesión inmensa. La llama de su potencia de político sin ningún caso de corrupción y de cuentas ordenadas la conservó hasta el final: si su salud lo hubiera permitido la posibilidad de un triunfo, si repetía para senador, suena completamente lógica. Era muy seductor para sectores transversales de votantes a los que no les importaba que en los últimos ocho años en la Cámara alta apenas hubiera hablado dos veces. Y que no solo incluyen a los estratos más acomodados ya que sin el voto popular no se ganan elecciones. La difuminada luz de esos contrastes despide a un hombre singular, sigilosamente carismático, el político más vigoroso de la provincia de manera sostenida en los últimos treinta años.