Domingo 03 de Junio de 2012
Ceferino Reato (director de la revista Fortuna y periodista del diario Perfil) se considera un hombre con suerte. Asegura que pudo entrevistar a Jorge Rafael Videla en la celda cinco de Campo de Mayo (purga cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura que él inauguró y comandó desde 1976 a 1981) porque el dictador, ya viejo y aburrido, tenía ganas de hablar y con sólo animarse a romper el paradigma de lo políticamente correcto podría cumplir su cometido. El resultado es “Disposición final, la confesión de Videla sobre los desaparecidos”, un libro que condensa nueve entrevistas con el represor, más otras charlas con jefes militares de la época y abundante bibliografía que ayuda a completar el contexto social y político de la década del 70.
En el libro, Videla admite por primera vez que hubo un plan para hacer desaparecer personas, no se muestra arrepentido por eso (Dios lo guió y lo sigue guiando, afirma) y aporta una cifra aproximada de entre siete u ocho mil personas aniquiladas por motivos políticos. “Cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de una muerte”, le confiesa el ex teniente coronel a Reato, quien ya había buceado sobre los acontecimientos de los 70 con dos libros: “Operación Traviata”, sobre el asesinato del jefe de la CGT José Ignacio Rucci a manos de Montoneros, y “Operación Primicia”, que documenta el debut militar de la guerrilla peronista contra un cuartel de Formosa durante el gobierno de Isabel Perón.
—¿Por qué justifica de manera excesiva en el prólogo una entrevista a Videla?
—Es una introducción larga, absolutamente necesaria, porque yo escribo pensando en los lectores y no en mis colegas. Y al lector le interesa saber cómo es el trabajo periodístico y por qué se toma tal decisión. En ese sentido, entrevistar a Videla no es un hecho común: es la primera entrevista que se le hace en décadas. Un poco porque él no quería hablar, y otro poco porque ningún periodista había querido entrevistarlo. Hay colegas, son pocos pero ruidosos, que señalan que ellos no le harían una entrevista a Videla. Para mí hay que entrevistar a todos los que tienen información, más allá de lo que pensemos de ellos.
—Usted dice que se da cuenta que puede llegar a Videla cuando entrevista a Harguindeguy, a quien notó aburrido y con ganas de hablar.
—Ellos están en la cárcel o con arresto domiciliario, y con mucho tiempo libre. Si bien lo visitan familiares, no hay interés periodístico. Si tanto nos interesan los 70, por qué no tratar de reconstruir la historia no sólo a partir del testimonio de las víctimas, que es muy importante, sino también entrevistando a los jefes militares de entonces, que son los que más información tienen de esos hechos.
—¿No cree que Videla le da la entrevista por sus libros anteriores (“Operación Traviata” y “Operación Primicia”), que narran crímenes de Montoneros?
—El leyó esos libros, y creo que la suerte que yo tuve es que tenía ganas de hablar. La otra fortuna que tuve es que no había otro periodista argentino que le hubiera pedido una entrevista.
—¿Por qué cree que ningún otro periodista se animó a solicitarle una entrevista?
—Primero, porque no hablaba; se había autoimpuesto el silencio, que lo empieza a romper en 2010 con los alegatos en los juicios de Córdoba y con la entrevista a Cambio 16, de España. También creo que los periodistas nos movemos dentro del paradigma de lo políticamente correcto. Sobre los 70 parece que hay un listado de personas habilitadas para hablar, que son más afín al oficialismo y a los organismos de derechos humanos. Creo que el periodismo debe ser autónomo de todos los grupos, también de los organismos de derechos humanos. Lo más curioso es que no haya interés de entrevistar a Videla. Hay algo fuerte que los inhibe. Es como que los alemanes lo tuvieran a Hitler a disposición y nadie se le ocurriera ir a hacerle preguntas.
—¿Por qué cree Videla elige hablar ahora?
—Está viejo, tiene 86 años, dice que no está arrepentido pero que tiene un peso en el alma, que es explicar a la sociedad qué ocurrió con los desaparecidos. Creo que él y otros militares presos tenían la expectativa de que si las elecciones las hubiese ganado otro candidato en vez de Cristina Fernández tal vez habrían tenido la posibilidad de ser amnistiados. Perdieron esa expectativa y quieren dar su versión.
—¿Por qué habría de pensar Videla que su confesión podría aliviar la situación de otros militares si no rige más la ley de obediencia debida?
—No sé que pensará él. Yo tengo la sensación de que está congelado en el pasado. El se sigue asumiendo como el comandante en jefe de una “guerra victoriosa contra la subversión”. Videla considera que el deber de un comandante es asumir la responsabilidad más allá de lo que haga la Justicia. Además, ellos no tienen confianza en la Justicia y se consideran presos políticos.
—¿En qué momento habla de los desaparecidos y dice que fueron “siete u ocho mil”?
—En la primera y en la segunda entrevista (fueron nueve) relata que él y otros jefes militares habían llegado a un consenso de que había una cantidad grande de gente que debía ser eliminada. Dice “pongamos que fueron siete mil, ocho mil” que no podían ser llevados a la Justicia, porque no funcionaba. No podían ser fusilados porque hubiera habido protestas. Dice que se eligió la figura del desaparecido para que la gente no se enterara de lo que estaba pasando. Por eso dice que cada desaparición puede ser entendida como el disimulo de una muerte.
—Se ha equiparado a la dictadura argentina con el nazismo, y el nombre del libro incluso se lo da el mismo Videla cuando refiere a la “disposición final”...
—Utilizando la definición del estatuto de Roma, un genocidio es la eliminación de un grupo por razones raciales, étnicas, no políticas. Ahí está la diferencia con la dictadura argentina, y es una diferencia importante, pero no alcanza a negar el parecido en cuanto al método salvaje de eliminación de las personas.
—Tras la aparición del libro la Justicia allanó los domicilios de Videla y Menéndez buscando documentos de la dictadura. ¿Cree que puede haber una lista?
—Estoy seguro. Es imposible una matanza de miles de personas sin un listado. En otras entrevistas a jefes militares queda claro que ya en enero o febrero de 1976, antes del golpe, tenían la lista de las personas que iban a detener. Pero en 1983, Bignone (el último dictador) ordenó la destrucción de todos los documentos. Lo que dice Videla es que puede haber listas parciales. Y eso se está buscando. Llama la atención que no se hubiera allanado antes. El libro sirvió para eso, y me parece bien.
—¿Por qué cree que Videla luego se rectificó de lo que sale en el libro, sobre todo sobre los desaparecidos, en una carta al diario La Nación?
—Yo le había dicho a Videla que el libro no lo iba a dejar satisfecho. Tengo todas las pruebas de lo que dijo en las entrevistas. Con esa carta a La Nación está respondiendo al frente interno de él, a sus familiares y amigos. De todo lo publicado lo que peor cayó en la gente es el tema de la cifra de los desaparecidos y no mostrarse arrepentido de nada.
—Desde hace tiempo hay todo un debate sobre la cifra de desaparecidos. ¿A usted le parece relevante esa discusión?
—Sergio Schoklender (ex apoderado de la Fundación Madres de Plaza de Mayo) dijo que la cifra de 30 mil desaparecidos fue un invento de Hebe de Bonafini. Graciela Fernández Meijide afirmó que eso surgió en el exterior para dale más impacto a lo que sucedía en Argentina. Según Videla no, porque dice que lo importante es el hecho y que no importa la cantidad. Yo ahí discrepo. Creo que debería ser un objetivo del Estado, no del gobierno, encontrar los restos de todos los desaparecidos, porque este tema no se va a superar nunca porque la tragedia fue muy grande, pero el Estado les debe a las víctimas y a los familiares. Y para encontrarlos hay que tener una lista, y la lista debe ser exacta. La desaparición es una doble muerte. Yo creo que el gobierno tiene todos los materiales para poder hacerlo. Tiene todas las listas de las indemnizaciones pagadas, y eso es un buen punto de partida. Lo que dicen el gobierno y los organismos de derechos humanos es que hay muchos familiares que no hicieron la denuncia, pero ya nadie cree en eso. En realidad, la cifra de 30 mil no la defiende nadie. Es una bandera política, no hay nadie que diga sensatamente que son 30 mil los desaparecidos.