Política

"Alberto es un líder relativamente débil, carece de territorio y no fue gobernador"

Sergio Berensztein es Doctor y Master en Ciencia Política (University of North Carolina) y licenciado en Historia (UBA). Preside la consultora Berensztein® y dirige el Instituto de Neurociencias y Políticas Públicas de la Fundación Ineco.

Lunes 17 de Febrero de 2020

El politólogo y consultor Sergio Berensztein traza un balance crítico de los primeros 60 días como presidente de Alberto Fernández: asegura que la compleja herencia de Mauricio Macri “requería un plan muy bien diseñado, un equipo afilado y evitar los errores no forzados” y que, “lamentablemente, ninguna de las tres cosas existen”.

   El también columnista político de radio y televisión cuestiona la estrategia del gobierno en cuanto a la deuda, analiza las tensiones al interior del oficialismo y destaca a La Capital que Macri tiene dos reglas de la historia argentina en contra para recomponer su liderazgo: ningún presidente fue competitivo luego de dejar el poder y un candidato que pierde una elección presidencial nunca más la gana.

    —¿Cómo evalúa los primeros dos meses de Fernández como presidente?

    —Es poco tiempo para hacer una evaluación profunda y rigurosa, pero hay varios elementos que saltan a la vista. En primer lugar, la situación heredada era muy compleja y requería un plan muy bien diseñado, un equipo afilado y evitar los errores no forzados. Lamentablemente, ninguna de las tres cosas existen. No hay un plan, algo que el gobierno dice abiertamente, el equipo no es ni muy experimentado —en muchos casos son debutantes— ni homogéneo. Se pelean mucho y han cometido muchos errores, lo de la deuda fue bastante obvio. La segunda cuestión es que hay un problema no resuelto de liderazgo: hasta ahora, salvo con la transición de Eduardo Duhalde, los presidentes peronistas han sido gobernadores con experiencia ejecutiva y territorio. Ambas cosas fueron fundamentales para construir su liderazgo. Cristina Kirchner siempre es un caso excepcional, pero de hecho ella tenía un territorio, que era el Gran Buenos Aires, y por su peso electoral ejerció un liderazgo y lo sigue ejerciendo, por más que no haya sido gobernadora. Eso lo vuelve a Alberto un líder relativamente débil. Él carece de territorio, de hecho el peronismo en su distrito siempre fue derrotado, y no es un líder que tenga experiencia como gobernador. Fue jefe de Gabinete y es muy válida como experiencia de gestión, pero no fue gobernador. Hay un problema porque el presidente no es el jefe partidario.

    —¿Cuáles son los errores que, a su entender, el gobierno cometió con la deuda?

    —El gobierno venía pagando sistemáticamente todo lo que le vencía. Pagó un montón de deuda hasta ahora, para mostrar que tenía voluntad de pago, y de pronto con este bono se puso duro y generó un problema serio. Segundo error: empezó diciendo “arreglemos con los privados, después con el FMI”, y se dieron cuenta de que no hay arreglo con los privados si no lo hay con el Fondo Monetario. Perdieron un montón de tiempo. Tercero: al no tener un plan, y con el problema de credibilidad que tiene la Argentina, ¿quién le puede creer a un país que es un defaulteador serial, que en general no cumple con el presupuesto? Al menos tené un presupuesto, un papel, algo que le diga a la gente qué vas a hacer. Luego están los tiempos: Fernández dice “en marzo resolvemos todo” y una reestructuración amigable de deuda tarda de seis meses a un año. Se afirma que el plan es para después de que se arregle la deuda, ¿quiere decir que vas a estar un año sin un plan de nada? Hay unas contradicciones enormes.

    —Dos recientes polémicas tensionaron a la coalición de gobierno: el cruce con Sergio Berni por la seguridad y la discusión presos políticos/detenciones arbitrarias. ¿Cómo hay que leer esos conflictos?

    —Los conflictos son inherentes al género humano. La pregunta es cómo se contienen, mitigan y evitan esos conflictos. Sobre todo, cuál es el control de daños que tenés de algo que va a existir, que es la conflictividad. Estamos viendo una combinación de cosas. Hay algunos problemas ideológicos, inevitables e inocultables, en particular, pero no sólo en el área de seguridad. También hay problemas de competencias, de intereses y de falta de coordinación. Además, hay problemas de experiencia, de curva de aprendizaje, en algunos funcionarios. Tampoco tenés un Estado profesionalizado, que funcione al margen de la política. En la Argentina todo depende de la política y así tenés parálisis en el comienzo. Después, el propio gobierno dejó sin designar un montón de lugares. Parte de los problemas están incentivados por propias decisiones o no decisiones del gobierno. Lo ves en distintos temas, pero es algo más general que particular.

    — ¿Cómo imagina a futuro la relación de Fernández con Cristina?

   —No lo sé, pero parto de un principio: Cristina necesitaba ganar y ganó. Ahora bien, Cristina sabe que si fue difícil para ella gobernar entre 2007 y 2015, imaginate ahora, con una región y un mundo más difícil, con una sociedad en crisis y sin financiamiento. Ella difícilmente hubiera podido ganar sin Alberto o sin un candidato moderado, pero claramente no iba a poder gobernar. Seguro que habrá fricciones, puede haber ruptura, pero: ¿le conviene a ella? Claramente, no. Si a ella no le conviene, no habrá, excepto que se registre un hecho que se les vaya de las manos, que puede ocurrir. Como suele suceder en esos casos, las disidencias eventuales entre Alberto y Cristina son mucho más acotadas y menos significativas que las que puedan existir entre el albertismo y el cristinismo. Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín se abrazaron, entre los peronistas y los radicales se reputeaban. Cuanto más abajo vas en la escala de responsabilidad, mayor es la grieta.

    —Justamente, Fernández se planteó terminar con la grieta. ¿Es posible en una región y en un mundo cada vez más polarizado?

    —Me consta que Fernández quiere ser recordado como el presidente que solucionó esa pelea. Lo dijo la noche en que ganó las primarias, lo repitió en su discurso de asunción. Es un eje en su forma de entender la Argentina, pero en la práctica de su gobierno alimenta la grieta. Lo que dijo Cristina en Cuba sobre los antepasados de Macri, que es una ofensa a la comunidad italiana, pone de manifiesto que la lógica y el día a día de la política argentina es grieta pura. Una parte de la oposición salió a la calle el 18 de enero pasado, cuando se cumplía el 5º aniversario de la muerte de Alberto Nisman, a gritar “Cristina asesina”. Nadie favorece el cierre de la grieta.

    —¿Cómo ve a futuro el liderazgo de Macri?

    —Macri tiene problemas con su liderazgo hasta en la Fifa, imaginate en la Argentina (risas). Hay dos tendencias históricas para tener en cuenta. La primera es que ningún presidente argentino fue particularmente competitivo luego de dejar el poder: Raúl Alfonsín y Cristina fueron segundos en elecciones para senadores, Carlos Menem no pudo volver a la presidencia, Kirchner perdió en Diputados. Ser presidente de la Argentina te otorga poder por un tiempo, no demasiado, pero después te deja bastante limitado. Cristina volvió y tiene popularidad, pero no para ganar. La otra regla de la historia argentina dice que un candidato que pierde una elección presidencial nunca más la gana. Macri tiene esas dos reglas en contra, así que dudo que pueda recomponer su liderazgo. La pregunta es qué clase de liderazgo demandará el país de acá a tres años y medio. ¿Quién pensaba, a mediados de 2016, que Fernández iba a ser presidente?

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