Jueves 08 de Enero de 2009
"No me quedó nada. Todo está hecho cenizas y sólo tenemos lo puesto. Necesito que me ayuden aunque nadie pueda devolverme a mi dos hijos". Jorge Díaz habla rápido, como alborotado, y con sus ojos desorbitados pero sin lágrimas. Está en la puerta de su humilde casa de la zona norte de la ciudad. Sólo pasaron unos minutos desde el momento en que la mortera se llevó los cuerpitos sin vida de dos de sus nueve hijos. Nahuel Oscar, de 8 años, y Dolores Anahí, de 4, perdieron la vida entre las llamas que invadieron su dormitorio poco antes de las 4 de la tarde de ayer, cuando ambos estaban al cuidado de una hermanita de 12 años que salvó milagrosamente su vida. Poco a poco el barrio va volviendo a la normalidad y el vecindario se vuelve a recluir en sus viviendas después de presenciar el mórbido cuadro de bomberos, policías y médicos trabajando en el lugar. En tanto, Jorge Díaz y su esposa, Diana Anca Paredes, tratan de buscar explicaciones al destino siniestro que destruyó su familia y reingresan a la nada que quedó de su hogar.
El llamado de auxilio al cuartel de bomberos llegó a las 15.50. Por entonces las llamas estaban consumiendo uno de los dormitorios de la sencilla casa de frente celeste ubicada en Martín Fierro 920 y pronto se extenderían al resto de la construcción. Consuelo Trinidad Díaz, de 12 años, salió gritando a la vereda y pidió ayuda a sus vecinos. Su casa se estaba incendiando y adentro estaban sus hermanitos Nahuel y Dolores. Algunas personas de la cuadra intentaron ingresar a la casa pero el humo y las llamas se lo impidieron. Incluso, un hombre vació el pequeño matafuegos de su auto buscando el milagro. Nada se pudo hacer. Cuando la autobomba llegó al lugar y sofocó el fuego, las dos criaturas estaban muertas en la pieza, una al lado de la otra. El único signo de vida que perduró fue una pequeña zapatilla celeste, intacta, debajo de una de las camas.
Una travesura. "Es muy temprano para saber cómo se inició el siniestro, pero todo indica que fue consecuencia de una travesura de los chicos. Habrían estado jugando con un encendedor y un colchón de gomaespuma se prendió fuego. Después no hubo más nada que hacer", dijo el comisario Daniel Quintana, jefe de los bomberos zapadores, cuando los peritos terminaban su labor entre las cenizas. Es que los colchones de gomaespuma tienen un componente químico altamente venenoso, el cianógeno (derivado del cianuro), cuya inhalación desvanece y mata rápidamente. Después las llamas hacen lo demás y las necropsias a los cuerpitos de Nahuel y Dolores, que se hacían anoche en el Instituto Médico Legal, confirmarán los motivos de sus decesos.
Impotencia.Lo cierto es que en el mismo momento en que los bomberos arribaron a la vivienda de calle Martín Fierro, Jorge Díaz llegaba corriendo desde la peluquería a la que había llevado a otros tres de sus chicos, ubicada a dos cuadras de allí. "Me llamó la nena (Consuelo) desde el teléfono de un vecino y me vine corriendo. Dejé a los nenes en la peluquería y cuando llegué se estaba quemando todo y los policías no me dejaron entrar", contó Jorge, un hombre de 61 años que hasta hace poco tiempo trabajó como sodero y que ahora está desocupado. "Lo único que me quedó es el short que tengo puesto", aseguró desconsolado.
Después, la noticia corrió rápidamente entre la familia y poco a poco fueron acercándose al lugar tíos, primos y abuelos de los niños. Cuando Diana Anca Paredes, de 36 años y madre de los chiquitos, llegó desde su trabajo, nadie la pudo contener. Su llanto estremeció al barrio, su abrazo con la pequeña Consuelo sacudió hasta al más frío de los policías, y sólo sus gritos hicieron que acompañada por un paramédico pudiera ingresar entre los restos de la casa a ver por última vez a Nahuel y Dolores.
En ese marco, los profesionales del Sies apostados en el lugar no pararon de brindar atención. Primero fue la propia Diana, después su hijo Manuel (el mayor de los nueve, de 17 años) y por último la abuela Ana, que fue la última en llegar y se cayó en medio de la calle al enterarse de lo ocurrido. Después, una vez recuperada, tuvo que ser fuertemente controlada por un agente de policía. "¿Quién es usted para no dejarme entrar a ver a mis nietos? ¿Quién se cree que es?", le gritaba con sus ojos cubiertos de lágrimas mientras su nieto y su yerno la abrazaban.
Los Díaz viven en el barrio Alberdi desde "toda la vida", contó Victoria, tía de los chiquitos muertos. Su hermana Diana se gana unos pesos cuidando a una persona mayor y enferma. Junto a Jorge viven en la casa que ayer se convirtió en cenizas desde hace un par de años, aunque antes lo hicieron muy cerca de allí, junto a la abuela Ana. Sólo Manuel , el mayor de sus nueve chicos, ya formó pareja y se fue a otro lugar. Por eso todos los vecinos del barrio los conocen y se acercaron a brindarle sus condolencias. Aunque algunos prefirieron mirar de lejos a "la familia pobre" de la cuadra que quedó destruida por una travesura de chicos.
Quienes puedan ayudar a los Díaz deberán hacerlo a los teléfonos 153-349915 (Victoria), 155-845953 (Ana) o 156-755084 (Manuel).