Un joven mató a un vecino y dijo que lo encontró robando
José Alberto Flores, un interno de la cárcel de Piñero bajo el régimen de salidas transitorias, fue asesinado ayer a la madrugada de un escopetazo en el pecho en Güiraldes y Cepeda. Le disparó un pibe de 18 años sin antecedentes quien, según la versión oficial, disparó contra el convicto al encontrarlo robando en un taller de chapería de su padre. Por otro lado, los familiares del hombre asesinado aseguran que se trató de una ejecución y que Flores no había ingresado al taller...

Lunes 18 de Enero de 2010

José Alberto Flores, un interno de la cárcel de Piñero bajo el régimen de salidas transitorias, fue asesinado ayer a la madrugada de un escopetazo en el pecho en Güiraldes y Cepeda. Le disparó un pibe de 18 años sin antecedentes quien, según la versión oficial, disparó contra el convicto al encontrarlo robando en un taller de chapería de su padre. Por otro lado, los familiares del hombre asesinado aseguran que se trató de una ejecución y que Flores no había ingresado al taller, sino que estaba orinando contra el portón. También aclararon que el muchacho no estaba armado.
  “No se qué le pasó a este pibe por la cabeza. A lo mejor se comió que mi hermano se le quería meter. Pero nada que ver. Lo mató cuando estaba afuera del taller. Nadie con un escopetazo como tenía mi hermano puede saltar un portón de 2 metros”, explicó Fernando, uno de los hermanos de la víctima.
  “Soy la mamá del chico que disparó. No queremos saber nada con la prensa. Somos gente trabajadora y lo único que te puedo decir es que el pibe (por Flores) estaba adentro del taller”, dijo por su parte la madre de Miguel Angel B., el único detenido y acusado del crimen.

Area clave. Y así en ese rincón de villa del Tanque las diferencias entre las partes se redujeron a si Flores estaba adentro del taller o afuera al recibir las perdigonadas mortales. La mirada de ambos grupos, entonces, estaba puesta en la franja de un metro de largo ocupada por el portón de chapa de 2 metros de alto.

Para todos igual. “No matarás” es el quinto mandamiento para los fieles de la religión católica. Y el homicidio intencional de un ser humano —la muerte de un hombre a manos de otro— es un delito con una de las penas más severas del Código Penal argentino. En pocas palabras, dentro del Estado de Derecho no hay un asesinato más justificado que otro. El crimen está mal y, salvo un supuesto de legítima defensa, es penado por la ley. Más allá de la cantidad, o no, de antecedentes policiales de la víctima o el victimario.
  Tanto los protagonistas como la escena del crimen que se relatan en esta crónica están ubicados en un radio de cien metros. La víctima, a quien todos conocían en el barrio como Beto, cada vez que tenía una salida transitoria paraba en la casa de su abuela, a unos 40 metros del lugar del crimen, sobre Güiraldes al 400 bis.
  El matador, Miguel Angel B., de 18 años, vive junto a sus padres a unos 70 metros del taller, por Cepeda al 4000. El taller de chapería está ubicado en una construcción de chapas oxidadas, con dos autos desvencijados en su interior. Se accede por un portón de chapa celeste que está justo en la esquina de Cepeda y Güiraldes.
  Los familiares del Beto Flores contaron que el sábado a la tarde salió de la cárcel de Piñero y se instaló con su familia en la casa de su abuela. La vivienda está ubicado frente a otro lugar que tiempo atrás fue escenario de un crimen: el pasillo donde en julio pasado Horacio Gabriel Peña, alias el Gordo, mató a puñaladas a su hermano Miguel Angel, apodado Gato.
  Al Beto Flores las estadísticas lo condenaban. Desde el año 2000 acumuló una veintena de antecedentes que le valieron tres condenas: una de 9 meses en 2002; otra de 11 meses en 2003 y la que estaba cumpliendo en Piñero, de seis años, impuesta en 2007. Sus amigos y familiares aseguran que el pibe estaba tranquilo.

Un relato. “Mirá, nosotros somos tipos que salimos a chorear y no nos gusta el chamuyo con los periodistas del diario o de la tele”, anticipó uno de los muchachos ante el cronista de La Capital. Sin embargo contaron su verdad: “Beto estaba orinando contra el portón del taller y vino este, que se la pega de berretinudo (pesado), y le pegó un escopetazo a quemarropa cuando estaba afuera”, relató uno de ellos. “Le pegó acá en el pecho”, dijo llevándose la mano entre la tetilla y la axila derechas.
  Flores caminó trastabillando unos cien metros hacia Presidente Quintana, donde viven sus padres, y cayó en brazos de sus amigos. Ese peregrinar podía seguirse ayer por el reguero de sangre que dejó sobre el pavimento. En un auto lo llevaron al hospital Roque Sáenz Peña y de ahí al Clemente Alvarez, adonde llegó muerto. “Yo no sé qué se le cruzó por la cabeza a este pibe”, dijo ayer el hermano del muchacho acribillado. “En el taller hay un sereno, que duerme ahí, y el tipo anoche decía que no había escuchado nada. Ningún ruido. Además acá hay códigos. ¿A quién se le ocurre ir a robar a la casa de un vecino? Este es un barrio donde nos conocemos todos”, explicó.