Un crimen rodeado de misterio, con sello mafioso y que aún sigue impune
La reiteración de señales mafiosas convirtió al crimen del farmacéutico Fabián Llinares en un hecho absolutamente inusual que aún permanece rodeado de misterio. Hoy se cumple un año de la ejecución del hombre de 40 años, quien apareció atado y con un bollo de papel en la boca dentro del baúl de su auto, en barrio Alvear. Lo habían estrangulado con una soga y junto al cuerpo, como un mensaje, había una bolsa con cocaína y psicofármacos.

Domingo 28 de Septiembre de 2008

La reiteración de señales mafiosas convirtió al crimen del farmacéutico Fabián Llinares en un hecho absolutamente inusual que aún permanece rodeado de misterio. Hoy se cumple un año de la ejecución del hombre de 40 años, quien apareció atado y con un bollo de papel en la boca dentro del baúl de su auto, en barrio Alvear. Lo habían estrangulado con una soga y junto al cuerpo, como un mensaje, había una bolsa con cocaína y psicofármacos. Tres meses antes el comerciante había sido baleado, y lo que entonces se tomó como un delito contra la propiedad cobró otro sentido a partir de su asesinato, por el que aún no existen sospechosos.

La escena del crimen estaba sembrada de elementos que convirtieron el asesinato de Llinares en un episodio distinto a los otros 112 homicidios que hubo en Rosario a lo largo de 2007. Poco después, durante la investigación del homicidio, se produjo un hecho inusitado: el desplazamiento de uno de los encargados policiales de la pesquisa, al descubrirse que estaba implicado en una relación con la esposa de la víctima. Eso provocó malestar en el juzgado, que delegó el caso en la Tropa de Operaciones Especiales.

Por encargo.En un primer momento, para los investigadores estaba claro que se trató de un crimen mafioso ligado a la venta de estupefacientes. Con el correr de los días, sin embargo, surgió la hipótesis de que alguien habría encargado el crimen de Llinares por circunstancias personales o pasionales. En ese caso, los signos "mafiosos" podrían haber sido plantados para confundir la investigación. Pero nada de eso, pese a numerosas medidas juidicales dispuestas al respecto, encontró sustento en una acusación concreta.

El hallazgo de psicofármacos en el baúl llevó a pensar que se trataría de una venganza por el posible tráfico de esas sustancias por parte de la víctima. De hecho, al declarar a horas del asesinato, su viuda dijo que Llinares incursionaba en la venta al menudeo de fármacos sin receta. La inspección del Colegio de Farmacéuticos, sin embargo, no detectó ninguna irregularidad en la farmacia que la víctima administraba desde hacía ocho años en Alem y Garay. "El negocio estaba en regla y era correctísimo en todo sentido. Sólo se encontró una cajita de Lexotanil sin justificar", dijo la semana pasada a este diario una fuente judicial.

Como se desconoce en qué lugar mataron al farmacéutico, el juez Jorge Eldo Juárez buscó rastros de sangre en su casa con un reactivo que la detecta hasta meses después de haber sido limpiada. Pero no se halló ni una marca. Una de las medidas más recientes fue el pedido de copias de un expediente que se abrió en julio pasado en el juzgado Correccional Nº 5, luego de que la viuda de Llinares denunciara en la comisaría 16ª haber sufrido amenazas.

Mientras tanto, la Justicia tramita la herencia de los bienes que el padre de Llinares había cedido al farmacéutico y que, según fuentes judiciales, se repartiría entre su viuda y el pequeño hijo de ambos.

En el baúl. El 29 de septiembre de 2007 un llamado anónimo condujo a la policía a calle 24 de Septiembre entre Cafferata y San Nicolás, en barrio Alvear. Allí, junto a una columna y sobre la vereda, estaba estacionado desde hacía varias horas un Volkswagen Bora color gris con las luces encendidas.

Lo que no era más que una escena extraña se convirtió en macabra cuando uno de los efectivos abrió el baúl del vehículo. Boca abajo, con las manos atadas hacia atrás y las piernas flexionadas, estaba el cuerpo del farmaceútico Fabián Llinares, quien entonces tenía 40 años. La autopsia reveló que murió por asfixia por estrangulación y se detectó que presentaba un traumatismo en el pómulo izquierdo y otro en la nariz.

Del vehículo no se habían robado nada y junto al cuerpo se halló una bolsa de nailon repleta de troqueles y blísters de psicofármacos, varios gramos de cocaína y un paquete con picadura de marihuana. Lo que pudo reconstruirse es que Llinares había cerrado su farmacia de barrio Tablada a las 19.30 de la tarde anterior. El lugar donde apareció muerto doce horas más tarde está a 35 cuadras del negocio. ¿Qué pasó en ese lapso? Aún es un misterio oscuro.

La mujer del farmacéutico dijo entonces que no se alarmó por su ausencia porque su marido solía ausentarse por varias horas sin llevar su celular, salidas que según ella atribuía a "cosas de trabajo". El día del hallazgo del cuerpo ella le dijo a los investigadores, en una declaración filmada, que a su marido lo habían mandado a matar.

Un balazo. Por eso se interpretó que había sido una advertencia el ataque que Llinares había sufrido el sábado 9 de junio del año pasado. Ese día la pareja de Llinares salió a realizar algunos trámites y en un momento llegó en bicicleta un joven de unos 18 años. A los pocos minutos se escuchó una detonación desde el interior de la farmacia y testigos vieron escapar a un muchacho. Llinares recibió un impacto calibre 9 milímetros que le entró por el brazo izquierdo, le atravesó la zona intercostal y le fracturó el antebrazo derecho. En su recorrido por el cuerpo, la bala le afectó el hígado y un pulmón.

Llinares estuvo muy grave. Perdió dos litros de sangre y estuvo varios días en terapia intensiva bajo asistencia de un respirador mecánico. Los vecinos reaccionaron indignados ante lo que atribuyeron a un hecho de delincuencia común y ente los medios de comunicación rezaron el bendito eslogan de la inseguridad barrial. Con la muerte del farmacéutico tres meses después, ese ataque previo se consideró parte de otra trama, aún oscura, y que a un año de la ejecución permanece sin develar.

Triple crimen

El crimen de los empresarios Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina en General Rodríguez y su presunta conexión con el tráfico de efedrina llevó a los inevstigadores a indagar si la muerte de Llinares tenía relación con ese negocio ilegal. Hasta el momento ningún elemento respalda esa posibilidad.