Policiales

Un chico de 13 años herido en un tiroteo tras robar un celular

Tiene 13 años y el último día de 2007 recibió un balazo policial en una pierna cuando huía tras robar un celular en la parte más pobre de barrio Ludueña, en jurisdicción de la comisaría 12ª. Se llama Cristian pero los vecinos lo reconocen por el apodo de Mostrito, y es hermano de otro conocido de las polvorientas calles de la zona...

Jueves 03 de Enero de 2008

Tiene 13 años y el último día de 2007 recibió un balazo policial en una pierna cuando huía tras robar un celular en la parte más pobre de barrio Ludueña, en jurisdicción de la comisaría 12ª. Se llama Cristian pero los vecinos lo reconocen por el apodo de Mostrito, y es hermano de otro conocido de las polvorientas calles de la zona: Tierrita, un pibe de 15 años en conflicto con la ley que acumula en su foja al menos 14 antecedentes.
  El día a día de estos hermanos, hijos de un peso pesado del delito apodado Checu, dejan al descubierto la problemática de los pibes sin calma que deambulan sin contención familiar y con frágil respuesta de las instituciones del Estado.
  “Este es bravísimo. Te enfrenta. Es mucho peor que Tierrita”. Con esa decena de palabras definió a Mostrito —una deformación de monstruito para el desprevenido— un experimentado pesquisa con años en barrios como Ludueña, Empalme Graneros y los asentamientos que los rodean. El hecho que llevó al pibe de 13 años a la crónica policial ocurrió el lunes, pasadas las 17. A esa hora, cerca de Vélez Sársfield y Cullen, caminaba Gladys, una mujer de 27 años, cuando en su destino se le cruzó Mostrito.
Bala por un celular. De acuerdo a lo confiado por fuentes policiales consultadas, el pibe la apuntó con un revólver calibre 22 y le robó un celular. Pero un vecino, cansado del accionar de pibes como el protagonista de esta historia, alertó a la policía.
  Mostrito se había alejado unos pocos metros del lugar del atraco, cuando los vigilantes le dieron la voz de alto. Fuentes policiales indicaron que hubo intercambio de disparos en el que el pibe de 13 años llevó las de perder: recibió un plomo policial en una pierna. Los vigilantes le secuestraron un revólver calibre 22 y, tras recibir las curaciones, y estar unas horas detenido en la seccional 12ª, fue entregado a sus padres. Ayer debía ir ante la juez de menores María del Carmen Musa.
  Mostrito comparte con su hermano Tierrita —llamado Sergio— varios rasgos. Ambos son hijos de un pesado del delito local: Sergio Checu S. Pesquisas consultados recordaron que este hampón estuvo mencionado, entre otras causas, por el golpe al Cóndor Group el 31 de mayo de 2003, el copamiento a la comisaría de Coronel Arnold y el posterior robo de 30 mil pesos y 4 mil dólares en la sucursal del banco Bisel de esa localidad el 8 de enero de 2003. También está bajo la lupa por los atracos al blindado frente al Banco Municipal de Villa Hortensia, en julio 2004 y el golpe al Galicia de Fisherton, en septiembre del mismo año.
Falta de contención. También comparten la adolescencia, la jurisdicción —seccionales 12ª, 14ª, 17ª y 20ª—, el arrebato y el robo a repartidores y los métodos. También los amalgama la falta de contención a ambos lados del mostrador. A las claras está que no la encuentran en su casa. Se mueven por un circuito delimitado por la calle, el tribunal de menores y, en el caso de Tierrita, los institutos de detención para pibes en conflicto con la ley y la restitución a sus padres.
  Mostrito entró en las crónicas policiales en la lista de los pibes cuyas biografías están ligadas al conflicto con la ley. Ahí también está Tierrita; el Cuyi de barrio Tablada; Pelo Duro en República de la Sexta o Pablo, el pibe de 13 años que vive en la zona sudoeste que el sábado pasado se metió en el edificio Escasany, de Sarmiento al 700, para robar equipos de comunicación.
  “¿El problema más grave? Que los vecinos ya están cansados de los arrebatos de carteras, que los proveedores no quieren llevarles mercadería y el afano de bicicletas. Están hartos de todo eso. Estos pibes andan caminando al filo de la muerte. Un día los van a matar o van a matar a alguien. Porque la imagen progre del pibe excluido, al que la sociedad expulsó, se olvida cuando lo tenés enfrente apuntandote con un fierro para chorearte la gorrita”, analizó un investigador policial.

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