Lunes 29 de Marzo de 2010
Son hechos con móviles distintos pero que se parecen: ejecuciones a balazos a corta distancia,
que se ejercitan ante víctimas inermes, sin discusión previa, concretadas por personas con manejo
de armas, que llegan a la escena criminal con un objetivo definido que no suele aclararse. El
asesinato de Roberto Pimpi Camino se incorpora a la lista de otros casos ocurridos en Rosario en el
último semestre que admiten todos o buena parte de esos rasgos.
Las acciones de individuos que actúan como sicarios dieron que hablar
últimamente por la temeridad de sus hechos. Moverse en escenarios públicos y quedar expuestos a una
gran visibilidad no los amedrenta para llevar a cabo sus fines. Con Pimpi pudo ser así: lo hicieron
salir a la calle donde fue un blanco fácil para el que lo liquidó de cinco disparos.
El 29 de octubre del año pasado un joven empresario fue destinatario de
una agresión descomunal en Mitre y Cerrito. Diego Wainberg, de 34 años, guardaba una notebook en el
baúl de su Chevrolet Astra cuando un hombre bajó armado de un auto y se colocó a unos dos metros de
distancia. Fue un fusilamiento: el tirador le efectuó cinco disparos, en plena tarde y ante
numerosos testigos. Wainberg, dedicado a la comercialización de sal, quedó aferrado a la persiana
metálica de su negocio, exclamando que lo que acababa de ocurrirle no había sido un robo. Los
balazos le cruzaron el tórax perforando los pulmones.
Pese al panorama inicial y a la abundante pérdida de sangre, Wainberg se
restableció. La policía no dudó que todo fue producto de un encargo y hasta se conjeturó que los
contratados se habían equivocado de hombre. Luego se supo que el padre de la víctima, Elio
Wainberg, tenía asignada custodia policial a partir de un atentado sufrido un mes antes en su
empresa.
Dos semanas antes del ataque a Wainberg hubo otro similar y con final
fatal. El 11 de octubre a las 22 un Ford Fiesta se detuvo en un semáforo en Ovidio Lagos 1450,
frente al restaurante Patagonia, sobre el pasaje Monroe. Dos personas en moto pararon al lado del
auto y uno le descerrajó cuatro tiros al conductor desde treinta centímetros. Pablo Martín Gómez,
de 29 años, bajó del auto, llamó a su novia y le contó lo que había pasado. Murió doce días
después. Su familia nunca habló sobre lo ocurrido y no hizo aportes en la causa judicial. Gómez
vivía a cinco cuadras de donde lo atacaron, en San Luis al 2800, y había sido seguidor de Pimpi
Camino.
El 14 de diciembre de 2009 Julio Ricardo Tello, hijo de un policía de la
Unidad Regional II, tuvo una muerte terrible. En un Fonavi de la zona oeste donde vivía, fue
acechado por dos individuos que bajaron de un auto con armas. Corrió desesperado intentando
perderse en un pasillo del complejo. Trastabilló, se levantó y cruzó la calle. Con los dos sujetos
detrás intentó escabullirse pero volvió a tropezar. Allí fue ejecutado desde distancia mínima con
ocho disparos a quemarropa. Murió en el Heca.
La crueldad de este fusilamiento quedó opacada por otro hecho: la
policía informó que buscando a los autores del crimen hallaron 19 kilos de cocaína en un chalé de
Funes. Las declaraciones posteriores del padre de la víctima no ayudaron a entender lo ocurrido.
“A mi hijo lo usaron. La policía pidió una orden de allanamiento diciendo que los que lo
habían baleado estaban en esa casa de Funes pero fue una excusa: hacía siete meses que estaban
buscando droga en esa casa pero no tenían elementos de prueba de que allí se vendiera”, dijo
el sargento 1º Julio Adriano Tello. Los autores del crimen de su hijo no fueron localizados.
En los capítulos violentos en la colectividad china en Rosario suelen
intervenir sicarios escurridizos: nunca se pudo atrapar al autor de ninguno de los ataques en esta
comunidad. El último hecho grave ocurrió el 6 de octubre de 2009 en un restaurante de Mitre al 700,
cuando balearon desde un metro de distancia a Lin Guo Sun, de 41 años y residente en Capital
Federal, que cenaba allí. Le perforaron estómago, colon y páncreas y quedó en grave estado.
En este mes de marzo hubo otras ejecuciones. El pasado 12 a las 22.30
dos hombres llegaron en moto a la casa de Juan Alberto “Chaperito” Bustos, de 36 años
y, al igual que Pimpi, con un pasado carcelario y como líder barrabrava. Los visitantes tocaron el
timbre y cuando Chaperito abrió recibió cuatro balazos. Los dos hombres que lo fueron a buscar
huyeron sin ser vistos por nadie.
Llegar, disparar e irse fue lo que hizo el 20 de enero pasado el
ejecutor de Jesús Díaz. Este era un chico electricista de 21 años que estaba sentado en la entrada
al Fonavi de Lamadrid y Grandoli, conversando con amigos sobre una columna de luz caída, cuando lo
asesinaron. Un auto que circulaba por la avenida se detuvo frente ellos, uno de sus ocupantes bajó
y sin más disparó al grupo al menos cuatro veces con una pistola calibre 9 milímetros. Lo mató a
Jesús sin siquiera verle la cara.