Domingo 27 de Diciembre de 2009
Lo último que recuerda Fernando L. de la noche en que mataron de varios disparos a su amigo Juan
Manuel Cecchini es el estruendo de un balazo que retumbó como una bomba adentro de un auto y le
atravesó de lado a lado la pierna izquierda. Los dos habían sido raptados tras una discusión en un
bar por la venta de un auto y el entredicho terminó de modo sangriento cuando el vehículo en el que
iban, amenazados por un hombre armado, llegó a Deán Funes al 5700. “El ruido del primer
disparo me shockeó. Me fui corriendo y gritando. No escuché nada más”, contó el joven de 25
años, a tres meses de un brutal ataque cuyo autor material no fue detenido.
El tiro fue el primero de una serie interminable: Cecchini quedó tendido
en el asfalto con nueve orificios de bala en el cuerpo. Lo inusual es que Fernando, al día
siguiente del crimen y tras recibir asistencia por el balazo que le astilló la tibia, quedó preso.
Junto a él fueron arrestadas otras personas que participaron de la
discusión en el bar. Todos obtuvieron la falta de mérito el mes pasado. La jueza María Luisa Pérez
Vara entendió que tres de los cuatro detenidos estuvieron presentes en algún tramo del ataque, pero
ninguno fue el agresor. Mientras tanto sigue en pie el pedido de captura del supuesto autor
material.
Tras la medida que lo dejó en libertad, Fernando relató a
La Capital lo que sucedió esa noche, en presencia de sus abogados Hernán Tasada y Juan
Ubiedo. “Yo soy una víctima. Lo único que hice fue correr por mi vida”, enfatizó el
muchacho, quien pidió reserva de su identidad por razones de seguridad.
Todo se inició el 28 de septiembre pasado a la noche. Fernando era amigo
desde hacía diez años de Juan Manuel Cecchini, un empleado de 32 que trabajaba en una fábrica de
lonas y en la compraventa de autos usados. Estaba casado y tenía dos chicos.
El llamado. “Esa noche yo me estaba por ir a jugar al fútbol. Estaba con la mochila puesta cuando me llamó Pichula”, contó Fernando, quien siempre llamaba a su amigo por el sobrenombre. Cecchini había recibido un llamado de un hombre con quien quedó en encontrarse en un bar de Presidente Perón al 6200, a dos cuadras de su casa. Fue en su Ford F-100 y le pidió a Fernando que lo acompañara en un Daewoo que estaba en pésimas condiciones.
La hecatombe. El motivo del encuentro era que Cecchini le había vendido un Fiat Fiorino a
un hombre que, a su vez, lo vendió a otro comprador a quien se lo incautaron porque tenía un pedido
de secuestro de la policía bonaerense. “Mi amigo le había vendido un auto a este chico, sin
saber que tenía problemas. Se los quiso solucionar. Cuando le ofrece el Daewo se armó la
hecatombe”, relató el joven.
Para la jueza Pérez Vara, la segunda que intervino en el caso, toda la
discusión se desató porque la víctima quiso saldar la deuda con ese auto en mal estado. En el bar
estaban los dos compradores de la Fiorino. “El lío no empezó adentro del bar. Fue en la
vereda, cuando todos estaban mirando el auto”, señaló Fernando.
Según se acreditó en la causa, el primer comprador del auto entonces
obligó a punta de pistola a Cecchini y a Fernando a subir al Daewo. Fernando iba al volante,
Cecchini como acompañante y el homicida empuñando la pistola en el asiento trasero. Fueron por
Presidente Perón hasta Deán Funes al 6700. Allí hubo un forcejeo y luego dos secuencias de
disparos.
Por la ventana. “La puerta del lado del conductor se trabó. Por eso bajé el vidrio
de la ventana del acompañante. Cuando estaba torciendo el cuerpo para salir por la ventana me dan
el disparo en la pierna. Mi amigo ya se había tirado para atrás y estaban forcejeando. Me voy
gritando, pidiendo auxilio. Y nada más. Me fui corriendo hasta la avenida”, recordó Fernando.
El joven planteó que no presenció el momento del homicidio y pidió
aclarar que, por ese motivo, no señaló quién fue el agresor: “Antes de bajarme del auto había
una persona con un arma. Pero después no vi lo que pasó. Yo estaba shockeado, sentí miedo y no
escuché otros disparos. No pensé que iba a pasar esto”.
Tras la huida de Fernando, Cecchini recibió varios disparos. “No,
loco, pará”, escucharon los vecinos que imploró el hombre. Una mujer vio que el homicida le
disparó, lo dejó tirado boca arriba en la vereda y luego le efectuó dos tiros de gracia. Los
proyectiles impactaron en la cabeza, el tórax, el abdomen y las piernas de Cecchini.
Fernando, mientras tanto, fue hasta la casa donde vive con su esposa y
sus dos hijos chiquitos. Su suegro y su cuñado lo subieron a un auto para llevarlo al hospital:
“Les dije que no, que primero fuéramos a buscarlo a Pichula. En el lugar veo la ambulancia.
Mi cuñado me dijo: «Hay uno tirado en el piso. Me parece que es Pichula». Cuando me dijo eso me fui
a mi casa, mi señora llamó a la policía y esperé que llegaran”.
La jueza de Instrucción 1ª, Roxana Bernardelli, dispuso la detención de
Fernando y de otras personas presentes en el bar o que participaron de la transacción del auto.
“Fui al hospital, después vino la gente de Homicidios y me dijo: «Declarás y te vas». Cuando
me llevaron a Jefatura la jueza me dejó detenido, siendo amigo de la víctima. Estuve 40 días sin
atención médica, con un yeso completo y sin recibir antibióticos por la infección”, narró.
El disparo le agujereó la tibia y, por haber corrido, el hueso se
astilló. Ahora se traslada con muletas y realiza una rehabilitación para volver a caminar.
“Soy fletero monotributista. Si quedo mal de la pierna no me va a dar laburo nadie con un
antecedente por homicidio. Lo peor que me pasó fue que mataran a mi amigo y que encima me dejen
preso”.
Recuerdo
“Nos criamos juntos. El vino a vivir al lado de mi casa cuando se casó. Yo tenía 15 años y él me llevaba a todos lados, era más grande que yo. Cuando empecé a salir a la calle me enseñó muchas cosas. Tengo conocidos que compran y venden autos y él siempre me pedía que le diera una mano y lo acompañara”, recordó Fernando a Juan Manuel Cecchini.