Martes 13 de Octubre de 2009
Una descomunal balacera estremeció al grupo de jóvenes que la madrugada del domingo estaba en la puerta del canto-bar El Rey, en pleno centro rosarino. Un pibe que un rato antes había sido expulsado del local, regresó sobre sus pasos y vació el cargador de una pistola 9 milímetros contra el frente del boliche. Atónito, uno de los muchachos giró el cuerpo e intentó entrar al bar, pero no pudo hacerlo. Un balazo le atravesó la espalda y lo derrumbó. Malherido, lo llevaron al Hospital de Emergencias, pero su vida se apagó ayer a la tarde, doce horas después del ataque.
Matías Fernando Vaudagna tenía 18 años y era el hijo de Ana María, la dueña de El Rey, un local que según la policía está habilitado por la Municipalidad como bar con amenización musical y está situado en Urquiza 1134, entre Mitre y Sarmiento.
A las 4.30 del domingo, Matías estaba con un grupo de jóvenes en la puerta del boliche y, al parecer, planeaban regresar a sus domicilios. En la vereda del local también estaba el sargento Oscar Daniel Velázquez, que revista en la subcomisaría 20ª. "El policía había ido a tomar algo al boliche porque conoce a la dueña ya que allí realizó servicios adicionales de custodia", explicó una fuente de la investigación policial.
El vocero consultado señaló que cerca de las 4 un patovica había "sacado" del local a un muchacho porque había tenido una "conducta inadecuada". Antes de que traspusiera la puerta, el pibe (vestido con campera y vaquero) había respondido al custodio con una intimidación por su decisión de echarlo del boliche. "Voy a volver, ya van a ver", le exclamó.
Regreso fatal. Media hora después, el muchacho cumplió con su promesa. Su silueta emergió por calle Sarmiento y cuando estaba a unos diez metros de la puerta de El Rey, desenfundó una pistola 9 milímetros. Entonces, sin decir una palabra, gatilló el arma contra el frente del local.
La balacera fue tremenda, dijeron los investigadores. Algunos tiros perforaron la fachada del comercio y otros impactaron en un Fiat Regatta y un Fiat Uno que estaban estacionados a pocos metros de alli.
En ese momentó Matías sólo atinó a protegerse de la lluvia de balas. Se dio vuelta y se encaminó para reingresar al canto-bar de su mamá. Apenas pudo dar un paso. Un balazo que le atravesó la espalda lo desplomó al suelo. El sargento Velázquez, que había presenciado la escena, sacó entonces su arma reglamentaria y abrió fuego contra el agresor. Le disparó dos balazos cuando corría hacia calle Sarmiento.
Ninguno de los proyectiles hizo blanco en el cuerpo del atacante. El muchacho trepó a una moto de color blanco guiada por otro hombre y se esfumó en dirección al sur. En ese momento, el suboficial se topó con una patrulla de la comisaría 3ª y salieron tras los pasos del atacante, pero no lo encontraron.
El final. Después regresó al boliche y vio a Matías tirado en el suelo. Más tarde, una ambulancia del Sies trasladó al pibe al Heca. En el centro asistencial los médicos lo operaron a raíz de que el balazo le había perforado la aorta abdominal, la principal arteria del ser humano.
El muchacho quedó internado en la sala de terapia intensiva pero su vida se apagó cerca de las 16.30 de ayer. En ese momento, los numerosos amigos que habían acudido al Heca estallaron en llanto. En el primer piso, en la sala de terapia intensiva, sus familiares se abrazaban con los ojos inundados de lágrimas. Y afuera, algunos de los pibes tenían la mirada clavada en el primer piso y parecían no entender la absurda muerte de Matías.
Silencio
Ayer a la tarde, tras conocerse el deceso de Matías Vaudagna, sólo una de sus amigas pudo quebrar el silencio frente a este diario. Y fue para confirmar que el muchacho “recibió un balazo” mortal. Después se disculpó y se sumó al abrazo desesperado junto a los otros jóvenes que la acompañaban.