Policiales

Piden justicia por el crimen de un joven a mano de oficiales que lo confundieron

La mañana del 24 de mayo dos agentes pensaron que Carlos Vicente Godoy era un ladrón y lo acribillaron en Sorrento y Cavia, en la zona noroeste de Rosario.

Jueves 04 de Junio de 2015

A los costados del puente de avenida Sorrento, a la altura de calle Cavia, hay dos largas y empinadas escaleras que los vecinos de los barrios bajos utililzan a diario para cruzar de un lado al otro del viaducto. La mañana del 24 de mayo Carlos Vicente Godoy, de 25 años, antiguo vecino del barrio, padre de un pequeño hijo y con dos trabajos fijos, cruzaba el puente mientras unos muchachos, a metros de allí, intentaban robarle a los automovilistas que pasaban. Eran las 7 cuando pasaron por el lugar dos policías en sendas motos: un agente del Comando Radioeléctrico y otro de la Policía de Seguridad Vial. Según voceros de Jefatura iban a prestar un servicio adicional y vieron a los ladrones. Entonces los enfrentaron y éstos les dispararon. Mientras los asaltantes escapaban hacia un lado, Carlos Godoy vio la escena e intentó correr hacia el otro, pero los policías lo confundieron, lo persiguieron y le dispararon en medio de la escalera. Carlos suplicó por su vida, ligó varios tiros de los doce que se escucharon, y murió allí, rodando escalones abajo. Su padre ahora quiere saber qué pasó. Sus vecinos también. Su mujer, su hijo, su madre. Todos quieren saber y por eso ayer estuvieron 15 horas cortando el puente donde mataron al muchacho, aguantando el fuego de las llantas. Nadie se acercó a ellos ni les dio respuestas. Carlos “nada tenía que ver con eso, no era ladrón”, dijeron los suyos La Capital.

De un trabajo a otro. María Soledad tiene 23 años y fue la mujer de Godoy en los últimos seis. Juntos tuvieron a Benjamín, de 3 años, y juntos apostaron a una familia. “Tenía dos trabajos y estaba poco en casa, los dos trabajos eran en blanco”, dijo la viuda. Y explicó que Carlos trabajaba en la distribuidora alimenticia JyR a la mañana y en un taller mecánico a la tarde. También jugaba al fútbol con sus amigos en una canchita de Parque Casas. “Era cariñoso, alegre, un gran tipo”, lo recordó junto a los amigos que cortaron Sorrento y Provincias Unidas. Es más, jugaron un partido en su nombre porque lo quieren. No aceptan que se murió, que lo mataron.
  El muchacho vivía en Garzón al 1300 bis desde siempre. Allí sus vecinos lo van a extrañar. Varios vieron  cómo lo mataban y compartieron con la familia Godoy las penas, el encuentro del cuerpo maltrecho en la morgue y la impotencia.
  Vicente Godoy, un pastor evangélico de 61 años y padre de Carlos, contó ayer: “Lo velamos en el templo. La gente venía, lloraba, nos abrazaba. Todo el barrio está conmovido. Nadie lo puede creer. Estamos todos muy doloridos. Él era incapaz de usar un arma. Hasta tenía miedo de tirar cohetes en Navidad”. Y recordó que al ser revisado por los policías, encontraron en los bolsillos de su hijo todos sus documentos: “Nadie roba con documentos y recibo de sueldo en el bolsillo. Esos milicos nos destrozaron la vida y le plantaron un arma. Sé que hay un Dios y habrá Justicia”, dijo junto a  sus otros hijos y su mujer, Deolinda.
  Varios vecinos vieron lo que pasó y testificaron en Tribunales. Para ellos todo es más simple que  la historia en la Justicia. Dicen que los policías siguieron a Carlos por la escalera, que le dispararon una vez y el rodó malherido. Y que en el piso y golpeado les dijo: “No me maten, tengo familia”. Pero “el milico sacó el arma y lo remató”.
  Carlos no tenía antecedentes y su padre justifica: “No tenía tatuajes, ni gorrita, ni nada”. Los dos empleadores de Carlos también fueron a Tribunales a prestar testimonios. Tampoco lo pueden creer.
  “El día que lo mataron los vecinos no sabían que era él. Fuimos a la seccional 20ª y ahí sólo nos dijeron que el muerto era uno que se llamaba Garay, que no tenían documentos. Entre las 7 de la mañana y las 13 no supimos nada. Después, en la morgue, no nos dejaron verlo. Y cuando nos entregaron el cuerpo fue terrible”, dijo su hermana Mariana. “Estaba golpeado y hasta le faltaban los ojos, las cuencas estaban vacías”, dijo.
  Nadie les dijo qué sucedió. En Fiscalía les recomendaron no hacer notas con la prensa y hasta ayer mismo debieron soportar, en el corte de calles, que un móvil del Comando intentara desalojarlos. “No es justo”, dice su padre, orgulloso de Carlos. Ruega, y no cree en nada, sólo en Dios “que juzga todas las cosas y que sabe bien cómo pasó todo”.

Un laburante, padre y compañero

Carlos Godoy trabajaba en una distribuidora y en un taller mecánico. “Sabía de autos porque le gustaban, y tenía sólo la primaria terminada”, contó Deolinda, su madre. Era compañero de su mujer, María Soledad, y amaba a Benjamín, su hijo de 3 años. Los lunes a la nochecita y los miércoles despuntaba el vicio jugando al fútbol con amigos. Los domingos iba al templo en que su padre es pastor.

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