Lunes 28 de Julio de 2008
"Que me amenacen con un fierro fue una de las peores cosas que me pasó en la vida". Marcelo Mazzola aún se estremece al relatar la experiencia que vivió el sábado pasado junto a un amigo cuando iban en taxi a un boliche de la zona oeste. En el camino fueron rodeados por un grupo de taxistas, alertados por un botón de pánico pulsado por el chofer. Uno de los ellos, según cuenta, los apuntó con un arma, los trató de ladrones, los amenazó de muerte y los obligó a bajar del auto, para abandonarlos en una zona desolada.
Esa es la secuencia resumida de lo que Marcelo, de 32 años, y su compañero Walter Fleitas, de 29, denunciarán hoy en la fiscalía en turno. Los operarios, que trabajan a prueba desde hace cuatro meses en la planta de General Motors (GM), designaron un abogado porque pretenden que se investigue el abuso que, según refieren, sufrieron el fin de semana pasado. La denuncia expone una situación grave: la sustitución de la autoridad policial por parte de un grupo de civiles supuestamente armados. A lo que se suma el abandono de pasajeros en un sitio despoblado, por parte de quienes deben prestar un servicio público.
Punto de partida. Marcelo vive con sus padres en el Fonavi Parquefield II. Hasta allí fue a buscarlo la madrugada del sábado su compañero Walter, quien había tomado el taxi en Córdoba y Provincias Unidas. Los dos trabajan de 14 a 2 y esa noche decidieron ir a bailar porque el sábado tenían el día libre.
Habían acordado ir al boliche Década, en el Patio de la Madera, y esa fue la dirección que le indicaron al chofer. Pero, cuenta Marcelo, cuando habían recorrido unas cuadras por Casiano Casas cambiaron de idea y resolvieron ir a Cacique, en Eva Perón y Wilde, por lo que le indicaron el nuevo destino. "Ibamos charlando de cosas personales, al taxista ni le prestamos atención", recordó.
Así pasaron sobre el puente de Sorrento y atravesaron la rotonda de Provincias Unidas. Hasta que unas dos cuadras antes de llegar al cruce con Circunvalación los sobrepasó un taxi Chevrolet Corsa. "Clavó los frenos y empezó a hacer maniobras. Entonces el chofer se detuvo y dijo: «Uy, éste es el del sindicato, loco, ¿qué pasó?». Nosotros no entendíamos nada. El chofer se estaba bajando cuando cayeron dos taxis más que se pusieron adelante, otro atrás y dos de costado en el otro carril", describió Marcelo.
El operario precisó que el conductor del Corsa primero cruzó unas palabras con el taxista del Polo en el que iban ellos y luego se acercó a la ventanilla trasera y los apuntó con un arma. "¿Qué van a hacer? ¿Van a chorear? Los mato, hijos de puta?", contó que les dijo. "Eso me acuerdo bien porque lo repitió dos veces. Nosotros entre el frío y el miedo no atinamos a hacer nada. Este muchacho empezó a girar alrededor del auto con la pistola ya apuntando hacia abajo y nos miraba. Pensamos que nos iban a cagar a trompadas", confió.
El fierro. Luego de guardar el arma en su baúl, según Marcelo, el supuesto sindicalista le abrió la puerta a él, que iba sentado detrás del conductor. En simultáneo, otro taxista hizo bajar a su compañero. "Bájense porque el pibe está cagado y no los quiere llevar", dijo el hombre del Corsa, antes de exigirles que se abrieran las camperas. Marcelo dice que quiso pagar los 24 pesos del viaje y que imploró que los acercaran a una zona más segura: "No nos podés dejar acá", reclamó. Pero tras esa irrupción pseudopolicial que duró cinco minutos, los choferes se esfumaron.
Eran las 3.30 del sábado. Los pibes, muertos de miedo, caminaron unos 200 metros. Estaban por subir el puente sobre Circunvalación que conecta Sorrento con Jorge Newbery, con la intención de llegar a una garita de colectivos, cuando los rodearon ocho patrulleros del Comando Radioeléctrico.
"Otra vez lo mismo". "Nos revisaron y nos pusieron contra la chata. Cuando vieron que no teníamos nada dijeron «están limpios» y nos preguntaron qué había pasado", continuó Marcelo. Al advertir el equívoco, según dijo, uno de los policías comentó: "Otra vez lo mismo. Estamos cansados de esto", lo que él interpretó como una alusión a otros casos similares. Los operarios explicaron lo ocurrido a los policías. Walter les mostró una credencial de GM y los 250 pesos que tenía en la billetera.
"Temblábamos un poco de frío y un poco de la desesperación. Los policías nos dijeron que nos tranquilizáramos porque como el taxista tocó la luz de pánico a ellos les figuraba el procedimiento. Nos tomaron los datos y nos dijeron que hiciéramos la denuncia", contó. Fuentes del Comando confirmaron anoche que efectivos de esa repartición fueron al lugar entre las 3.30 y las 3.40 por un alerta de taxistas.
"Salí para relajarme y mirá cómo terminó todo. Con los taxistas sentí miedo. Y cuando los policías nos revisaron como sospechosos sentí vergüenza", expresó Marcelo.
Datos. Entre los datos que Marcelo y Walter tienen para aportar a la denuncia figuran detalles del arma y de los autos que intervinieron. Los operarios dicen que el arma tenía tambor y sería un revólver calibre 38 o 32. Walter, mudo en el taxi, memorizó la patente y la matrícula del Corsa, que tenía "una calco amarilla en el vidrio trasero". También apuntó el número de licencia del Polo. El hombre armado, dijo Marcelo, era "de unos 55 años, un metro setenta, canosito y morrudo".
"Los taxistas no pueden salir con una pistola a arreglar las cosas ellos. ¿Y si se les escapa un tiro? La actitud fue desmedida y nos abandonaron en un lugar peligroso. Que tengamos miedo no nos da derecho a salir con un arma a defendernos de la gente que consideremos sospechosa", reclamó, indignado, luego de la frustrada noche de diversión que relatará hoy en Tribunales.