Pastas

Miércoles 16 de Agosto de 2017

Hay comidas y comidas. Desde que empezamos a volar solos las comidas se dividen en dos. Afuera y en la casa. Afuera hay novias que preparan, suegras que acomodan, amigos que son los mejores asadores, amasadores, cocineros especializados. Sitios donde un pescado, una carne roja, una pasta, una cocina más exótica que la mediterránea puede entusiasmarnos. Discutimos el mal y el bien de la cocina vegana.

   Hay una variante de estos tiempos, tan magros, donde una frase desdibuja las historias: "Aquí se come más barato", por donde los gourmetes terminan siendo distorsionados por la billetera. Un mal de estas épocas y de estos pagos chicos. El rosarigasino, por construcción, como todo self made man inmigrante, es pijotero.

   Del lado de allá de la conversación, los recuerdos, los sabores de un mundo cada vez más ancho, ajeno y McDonalds, con esa "eMe" que se nota en cualquier ciudad del mundo, incluida la nuestra. Del lado de acá la cocina de la vieja. En muchos casos las pastas. En muchísimos casos los domingos.

   No hay un registro detallado de los componentes, en algunos casos una minifritanga de una pulpa con hueso, sin hueso, olla con cinco aceitunas, el modo distinto de dorar las cebollas, la cantidad de poca, mucha o nada de carne picada, el uso discriminado, censurado o abusivo del ajo y de otras especias, no hay una sola receta pero hay una especial. Un huevo por persona, harina de una marca, soda, bicarbonato, levadura, salmuera, secretitos de la conversación. Las pastas de la vieja.

   Los cocineros por televisión, esa ficción para vender productos, matar el tiempo y fabricar equívocos con las personalidades tan diversas de los cocineros, no sirven de nada ante una memoria que entra por los ojos, la boca, la nariz, los oídos y hasta por el poro más cerrado y el más distraído u olvidadizo: no sirven para nada el día que la vieja cocina esas pastas que no tienen repetición ni retroceso. No hay televisión que los defienda a los muchachos y las chicas cocineras de la tele. Kaput. La vieja es el recurso de la historia para negarse a esa ficción cautivante de los 100 usos diferentes del filantro y/o cilantro, o el delicado bouquet de la ciboulette. Andá. Dejá de embromar.

   La vida actual es eso: cocinar en la tele porque pasa lo mismo con el fútbol, el básquet, los jueguitos de la memoria, los candidatos políticos y las novelas de amor, las policiales, las series. Todo pasa en la tele, por lo tanto se entiende que cocinen en la tele de un modo tan virtual como el amor de un jeque árabe por Estrellita, aquella pobre campesina.

   Vivimos en un mundo donde a nuestros hijos le ponemos la camiseta de nuestros amores para ver el partido en el sillón del living. Un mundo donde ese sabor de las pastas de la vieja sigue ganando por goleada en el mejor sitio de la vida: la memoria.