Miércoles 15 de Octubre de 2008
"El chacal de Nahueltoro", de Miguel Littin, film de 1969 basado en hechos reales, aborda el caso de Jorge Valenzuela, un indigente alcohólico que va a la cárcel por matar a su pareja y los cinco hijos de ésta en Chile. La prisión ofrece en él un inusual ejemplo de redención: el asesino se alfabetiza, empieza a trabajar, aprende a fabricar guitarras y a tratar de manera amable a los otros. Pero el esfuerzo que lo transformó en persona humana se interrumpe cuando lo ponen ante el pelotón de fusilamiento. Le conceden la última palabra y él dice: "He aprendido a conocer la vida. Ahora soy otro". Recién entonces lo ejecutan.
Los casos que se presentan en esta página y la siguiente están enlazados: fueron delitos de gran conmoción pública, tuvieron un aplicado abordaje judicial y el trámite concluye con el común denominador de que los jueces, al dar el veredicto, se detienen en explicar el sentido que tiene aplicar una pena.
Los casos de Germán Owsianski y Carla Palma reproducen un debate criminológico sinuoso y sin saldar: la relación entre el propósito comunitario de sancionar los ilícitos y recuperar para la sociedad a quien los comete. La pregunta implica una incomodidad. ¿Qué ocurre cuando alguien que según está probado cometió un ilícito dio a la vez evidencia de que modificó favorablemente sus hábitos de vida? ¿Es razonable imponerle una pena si lo que la ley proclama, la recuperación, es un objetivo logrado?
Responder supone una decisión ideológica. Responder es incómodo porque hay que elegir. Y con la elección habrá segmentos de opinión que no quedarán conformes. En estos casos la Cámara Penal de Rosario, aún condenando, elige subrayar que castigar no tiene sentido si el único propósito es retribuir el daño causado. Si la pena se desentiende de rehabilitar, aquella idea queda asimilada a la venganza.
Por los crímenes de Carla y de Germán no se agotará el dolor por la pérdida injusta e irreparable. Pero no se podrá hablar de impunidad. Los autores fueron identificados, sometidos a proceso y sancionados. En ese largo trámite, creen los jueces, los jóvenes implicados mostraron un comprobable cambio de conducta. Hubo escarmiento porque de hecho están privados de libertad. El paso del tiempo convirtió a Brahian, Aarón y Juan Mauricio en personas distintas a las que cometieron los delitos. Lo que no creen los jueces es que la pena más dura beneficie más a la sociedad o a ellos mismos.