Opinión: Cosas de la lógica, siempre que uno lleve armas

Lunes 29 de Septiembre de 2008

Los hechos se repiten y están desnudos: ocurren a veces a oscuras, a veces a la luz del sol o del alumbrado público, a veces frente a terceros, a veces sin testigos. A veces son intimidaciones, otras llegan al homicidio.

Los hechos se repiten evidenciando algo que no se discute tanto: que en Rosario circulan de modo usual conductores armados. La riqueza informativa del suceso violento nubla o hace invisible su causa. Que una persona baje de su auto, le apunte a otra y la mate tiene alto valor noticioso. Pero eso relega algo que podríamos preguntarnos cada vez que pasa algo así. ¿Por qué un automovilista sale con un arma de fuego?

La respuesta admite matices, podrá incomodar, pero es una sola: para usarla. En el momento propicio, por los argumentos que sean, para empuñarla. Llegada la ocasión, para exhibirla de modo de amedrentar al rival ocasional o para apretar el gatillo. No pocas veces el que intenta solo lo primero, por accidente o por decisión, termina haciendo lo segundo.

Estos sucesos, diversos, pasaron en los últimos 60 días. El 10 de este mes, en Reconquista y Alberdi, un taxista de 36 años liquidó una discusión de tránsito apoyando en el pecho de un conductor una Bersa Thunder 9 milímetros cargada con 16 balas. El 5 de agosto, según la imputación judicial, Andrés Soza bajó de su auto con una pistola de calibre bajo que solía trasladar allí y le disparó en la cabeza a Gabriela Núñez en Sucre y San Juan, matándola.

El 31 de agosto un panadero sacó un revólver 38 de abajo del asiento de su Renault Kangoo, que su padre lleva siempre ahí, y mató a dos jóvenes que lo asaltaban. El 29 de julio Marcelo Mazzola, empleado de General Motors, denunció en la fiscalía en turno que tras tomar un taxi en barrio Rucci fue rodeado por otros taxistas que, sospechando que era un ladrón, lo forzaron a bajar apuntándolo con un arma en la cabeza.

Son todos casos muy diversos. Pero todos de conductores rosarinos que viajaban armados. Si argumentos sobre el derecho civil a portar un arma para la defensa personal o a estar protegidos ante la inseguridad se reivindican con naturalidad, que alguien termine matando a otro al bajar de un auto en un barrio o en el centro debería ser aceptado como una consecuencia más o menos lógica de nuestros principios de vida.

Pero no es algo razonable. La presunta sensatez de ese argumento queda a la vista por ejemplo ahora, cuando un hombre como Darío Novillo lo demuestra al precio de su vida.