Policiales

"Mauro tenía códigos antiguos y no aceptaba lo que le parecía incorrecto"

Leonardo, el mayor de los Mansilla, habló de su hermano con La Capital. A veces entre susurros y llantos ahogados, contó que lo criaron entre todos porque era el mas chiquito de la familia. 

Domingo 13 de Marzo de 2016

Los Mansilla eran cuatro hermanos. Leonardo, Sara, Abelardo y Mauro, que había nacido el 14 de mayo de 1981 y era el menor. Como la madre de todos ellos trabajaba, al más chiquito lo criaron entre todos. Y todos lo velaron el 9 de marzo de 2016, a los 34 años. Un prófugo de la Justicia lo baleó en la cabeza y le quitó la vida dejando sin papá a una pequeña de 3 años. Leonardo, el mayor de los Mansilla, habló de su hermano con La Capital. A veces entre susurros y llantos ahogados. Dijo que cada uno de ellos hizo algo por Mauro. Uno lo bañaba cuando era chiquito. Otro lo llevó a la escuela en su niñez y adolescencia; y el otro lo llevó con su auto a distintas pistas de carrera, ya de adulto, para cumplir con su primera vocación: el periodismo deportivo. Luego se convirtió en policía tras pasar un año en el Instituto de Seguridad Pública de la provincia.

Mauro Mansilla cayó la tarde del martes con un tiro en la cabeza que le disparó un delincuente que debía, en ese momento, estar encerrado en una prisión y cumpliendo una condena a 37 años de cárcel por otro homicidio y una serie de robos calificados. El hampón se llama Ricardo Albertengo y había salido en julio de 2015 con el beneficio de una salida transitoria, pero nunca regresó a prisión. Mauro era un apasionado de su mujer, Betiana, y de su hija, Costanza Abigail. También era fanático de la Fórmula 1 y de Rosario Central. "Un hombre con códigos antiguos, que no aceptaba lo que no le parecía correcto, que escribía cartas a su familia, a sus compañeros de armas y hasta al propio ex gobernador Antonio Bonfatti para reclamarle por sus condiciones de trabajo", recordó ayer Leonardo en relación a la misiva de la que dio cuenta este diario en su edición del pasado jueves.

Leonardo Mansilla es morocho y corpulento. Sabe de trabajo y esfuerzo y sus manos lo delatan. Conoce la calle. Trabaja en el hipódromo como cuidador de caballos y herrero. Fue taxista durante el turno noche y le es difícil hablar demasiado. Recuerda a su amado hermano y a lo largo de la entrevista contó hechos que parecen anécdotas de otra vida, de un mundo que desapareció mientras avanzaba el siglo XXI. Interrumpe sus frases por sus ojos desbordados de lágrimas contenidas y por su mirada que busca que el dolor se vaya, que sea más soportable. No va a lograrlo.

—¿Cómo era Mauro, cómo fue durante su vida?

—Era una persona excepcional. Un hombre de bien que no hacía nada que no le pareciera correcto. Nosotros somos cuatro hermanos, bueno ahora tres. Mauro nació en Suipacha y Lavincha (en la zona sur de la ciudad) aunque la familia es oriunda de la localidad de Las Rosas. El fue a la escuela de barrio Acíndar y después a la de Ovidio Lagos y Rueda. Allí su maestra era la señorita Mirta. Ella lo llevaba de su mano y seguro que mucho de lo que era lo aprendió con ella.

—¿Su adolescencia fue de mucho trabajo?

—De trabajo y estudio. A los 13 o 14 años descubrió las carreras, la Fórmula 1. Era fanático de Carlos Reutemann (el ex gobernador santafesino que corrió en la máxima categoría del automovilismo entre 1972 y 1982) y sabía de memoria las campañas de Schumacher y de todos los corredores de esa época. Nació el 14 de mayo de 1981, así que lo que sabía lo sabía por curioso. Ya de grande trabajó unos años en una pizzería y terminó la secundaria en una escuela media para adultos, el EMPA del Normal 3.

—¿Cuáles eran sus pasiones?

—Su hija, su familia, los autos de carrera y Rosario Central. Además abrazó la vocación por ser policía cuando empezó a trabajar en eso y tenía la particularidad de ser un tipo derecho y de ayudar a todos. No sabía nada de mecánica y comenzó a manejar de grande. Yo lo hice de Central, porque nuestro padre es de Boca Juniors.

Mauro, el policía, era un hombre leído y por eso ocupó en los últimos años el puesto de sumariante en una par de seccionales de la ciudad y pueblos vecinos. Tenía muchos proyectos, uno de ellos eras el de estudiar italiano para ir a Maranello, en Italia, la cuna de la escudería Ferrari. "Quería hacer una serie de notas periodísticas allí", recordó el hermano. También quería ir a Brasil, en noviembre de 2016, a cubrir la carrera de Fórmula 1. Era un hombre curioso e inquieto y en las paredes de su casa y de su habitación están colgadas fotos de su familia y de autos de carrera.

—¿Cómo fue que se le dio por estudiar periodismo?

—Era muy inteligente, sus cartas lo demuestran, y muy afectivo. Quería ser periodista y se recibió en el instituto TEA (Francia al 1000). Entró a trabajar en la filial Rosario de radio Mitre y yo lo llevaba a cubrir las carreras en los pueblos. Se esmeraba mucho, pero el sueldo era la mitad de las publicidades que conseguía, así que la cosa no anduvo.

—¿Ya estaba casado con Betiana por entonces?

—No recuerdo. Los años parece que se vinieron todos encima. Sé que la conoció en un baile y cuando ella sufrió una enfermedad delicada y la echaron del hotel en que trabajaba, él le escribió una carta maravillosa. Siempre hacía eso, sus cartas. (Leonardo se silencia y sus ojos buscan distraerse, para no llorar).

—¿Por qué ingresó a la policía?

—Fue por una cuestión de trabajo. Hace como ocho años. Lo hizo para tener un empleo fijo y para estar tranquilo, para tener un futuro. El primer tiempo fue a Villa Gobernador Gálvez. Ahí lo cuidó, y se lo agradezco, el jefe Clemente Pérez. Después estuvo un año como personal de calle y luego fue sumariante. Odiaba a los ladrones y a todo lo que pudiera molestar a la gente. Era muy derecho. Le voy a contar algo, que no lo va a creer.

—¿Una anécdota familiar?

—No. Es para que vea cuáles eran sus valores. Una vez, estando en Villa Gobernador Gálvez, fue a cubrir un accidente. Un joven, que parece que estaba borracho, había atropellado y matado a una mujer con su auto. Mauro llegó al lugar y el padre de este pibe le ofreció 40 mil pesos para que orinara en lugar del joven, así no saltaba alcohol en el análisis. Yo lo vi a la hora de cenar y lo noté amargado, le pregunté y me dijo que lo había mandado a la mierda, que él no estaba para eso. Y este hombre después lo volvió a ver ya con un abogado y Mauro no agarró un peso. Ese era mi hermano.

__¿Cual era su principal sueño, su proyecto?

—El odiaba a la mala gente y quería estar tranquilo. Sabía que sería policía toda su vida. Quería irse a vivir a Las Rosas porque decía que era más tranquilo para su hija. Quería ir a Brasil a cubrir la carrera, quería ir a Italia. Quería vivir y yo le dije: "Ojalá que te puedas ir, Gordo". Pero era tan inteligente. A mí me hizo una tarjeta azul para que pudiera manejar su auto y siempre me decía que me cuidara. A la mujer la saludaba y le decía que no sabía si iba a volver, parece una casualidad, pero no es.

—¿Cómo fue el día del final?

—Nos avisaron que estaba grave, que le habían pegado un tiro en la cabeza. Yo fui con Betiana al hospital y luego, cuando murió, nos vinieron a ver a mi casa el ministro (de Seguridad Maximiliano) Pullaro y los jefes policiales. Ellos nos dijeron que Albertengo estaba cercado, que sabían que se ocultaba en pensiones. ¿Cómo puede ser que ese asesino esté libre? ¿Por qué? ¿Tal vez le sirvió a alguien? No sabemos siquiera si lo buscaron cuando se escapó y si está la orden de captura.

—¿Y ahora cómo se sigue?

—En el velorio se acercaron sus amigos y muchos policías jóvenes, las chicas lloraban. El jefe de policía, Marcelo Villanúa, estuvo al lado nuestro y fíjese que la gente de Derechos Humanos ni se acercó. Esta pérdida es un dolor muy grande, terrible, no sé. Insoportable. (Leonardo para de hablar, respira. No quiere llorar, pero sus ojos son sus enemigos. Le cae una lágrima. Hay silencio). Veremos ahora. Yo voy a volver a trabajar en los taxis y hay que ocuparse de la nena y de Betiana, aunque todos nos apoyan y a Mauro todos lo querían mucho. Se verá en el futuro.

 

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario