Policiales

Masivo reclamo de seguridad de los vecinos del verdulero asesinado el domingo

Alrededor de cuatrocientas personas se manifestaron en la zona de Tucumán al 3700, donde vivía Damián Lucero, y luego marcharon para seguir protestando frente a la comisaría 7ª.

Martes 03 de Marzo de 2015

Unas 400 personas se manifestaron ayer en reclamo de justicia por el crimen de Damián Lucero, el verdulero de 36 años asesinado el domingo a la madrugada en un intento de asalto a la vuelta de su casa mientras caminaba hacia la terminal de ómnibus. Vecinos del muchacho, domiciliado en el barrio Luis Agote, y también clientes del negocio donde trabajaba se concentraron frente a la casa de Tucumán al 3700 desde donde marcharon hasta la comisaría 7ª.

Allí, lo que hasta entonces era un silencioso pero contundente reclamo mutó en gritos e insultos contra la policía de la seccional de Cafferata al 300, una comisaría cuya mala reputación entre sus vecinos parece crecer. Se arrojaron cosas contra el edificio pero los desmanes no prosperaron.

En ese marco, ayer el fiscal del caso comentó que espera que las imágenes de videocámaras de la zona que captaron el atraco contribuyan a identificar a los homicidas.

Silencio. Pasadas las 19 de ayer cientos de vecinos de Damián se concentraron frente a la puerta de su casa de Tucumán al 3700. Allí estaba Maia, de 35 años y embarazada de seis meses, haciendo equilibrio entre la angustia inconsolable y el apoyo de familiares, amigos, vecinos e incluso desconocidos.

Varios portando velas, todos en un silencio respetuoso, quedaba claro que muchísima gente quería a Damián, padre de cuatro hijos y uno en camino, que tocaba la batería y hasta hace un tiempo daba clases de música. Hasta que su trabajo en una verdulería de Rioja y avenida Francia comenzó a absorber sus horas.

"No todos los que están acá son vecinos, también hay muchos clientes de la verdulería que lo adoraban", sintetizaba con orgullo y dolor Diego, el patrón de Damián, mientras se preguntaba cómo haría para reabrir hoy el negocio que "prácticamente estaba a cargo" del muchacho asesinado.

Pero además del cariño por el muchacho, los vecinos compartían su hastío por una cotidianidad que ya no soportan. Lo decía Maia: "Los robos violentos son constantes, acá sucede cualquier cosa a cualquier hora. No se puede esperar el colectivo ni mandar a los chicos al quiosco. Ya vi de todo, incluso me asaltaron estando embarazada", contaba dolorida e indignada.

Ese mismo testimonio podía escucharse de cualquiera de los presentes, algunos de los cuales ya no escatiman en tomar un taxi aunque sólo sea por tres o cuatro cuadras.

En moto. Un recorrido de tres o cuatro cuadras fue lo que emprendió Damián el domingo, cerca de las 4, cuando fue caminando a la terminal para buscar a su hija y a una hermana que volvían de Buenos Aires. En Constitución al 400 fue asaltado por al menos dos hombres. Se presume que Lucero resistió el atraco y entonces lo apuñalaron.

"Fue un intento de robo por parte de dos hombres que bajaron de una moto. Ello no fue corroborado por testigos, pero están siendo extraídos los registros de cámaras de vigilancia y en una de ellas se puede observar el momento exacto en que bajan del vehículo y se produce el altercado que termina en el homicidio. Este registro va a facilitar la identificación de los agresores como cualquier testigo que pueda acercarse a la fiscalía", dijo ayer Spelta, y añadió: "Se constató que la víctima recibió tres puñaladas: dos en el abdomen y una en el pecho".

Sobre incidentes similares en la zona Spelta dijo, en virtud de consultas a la seccional 7ª, que "no hubo hechos con este grado de violencia".

A la comisaría. Pero para los vecinos el crimen de Lucero fue demasiado. Y así lo manifestaron quienes, luego de evocar a Damián frente a su casa, marcharon hasta la 7ª. Con un reclamo tan obvio que no se podía expresar con palabras, se quejaron por lo que consideran una connivencia policial para con lo que ocurre en el barrio. Algunos arrojaron bolsas con basura y huevos contra el portón de la seccional mientras entonaban cantos al estilo "que se vayan todos". Todos esperaban que saliera algún comisario a hablar; tanto quienes abogaban por manifestarse en calma como los que, conforme pasaban los minutos, querían entrar sin saber para qué.

El inspector de zona Ariel Zancochia se acercó hasta la puerta pero era evidente que no podría hablar ante tamaño griterío. De haber podido, sus palabras —en síntesis, que los ladrones tienen más recursos para robar que la policía para perseguirlos— no habrían hecho más que agregar renglones a un diálogo de sordos.

Un diálogo que muestra cómo se está quebrando no sólo la relación de la comunidad con la policía sino también con la clase política —hubo cantos contra Raúl Lamberto— que ante la problemática de la seguridad pública no parece ofrecer más que cámaras de video y aplicaciones para el celular. Como si un botón de pánico en un teléfono pudiera evitar el poder destructivo de un cuchillo alimentado por esa saña salvaje a la cual la injusticia y la impunidad, en todas sus formas, le está regalando las calles.

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