Policiales

La ejecución de Camino fue un acto no premeditado y por viejos rencores

No pudo probarse que al ex líder de la barra rojinegra lo hubieran matado por encargo. El presunto tirador fue René Ungaro, de 23 años. Hubo otros dos procesados.

Martes 15 de Junio de 2010

No hubo un plan para matar a Pimpi Camino. Los cinco tiros que fulminaron al ex líder de la hinchada de Newell’s resultaron de un impulso del momento, una decisión súbita de un grupo de agresores, con un móvil común a tantos crímenes de personajes con menos fama que inundan la crónica policial: viejos rencores. Eso es lo que dedujo el juez de Instrucción Javier Beltramone al procesar a tres personas por el ataque a balazos contra el anterior mandamás de la barra brava rojinegra. Para el magistrado, la desesperación con la que se movieron los atacantes en los minutos posteriores al crimen, y la falta de una coartada seria, evidencian que no hubo un acuerdo previo ni premeditación homicida.

La conclusión se desprende de un minucioso análisis de testimonios, horarios, cruces telefónicos y los desplazamientos que realizaron la noche del 19 de marzo pasado los implicados en el homicidio, que se despliega en una resolución de más de cien páginas.

Los procesados como ejecutores del asesinato de Roberto Camino integran el grupo detenido el 25 de mayo al salir del bar El Sótano, de Mitre y Córdoba. Son René Daniel Ungaro, de 23 años, quien mantenía una rivalidad histórica con Pimpi, y Carlos Alberto Betito Godoy, de 24, un allegado directo a Diego Panadero Ochoa, actual conductor de la hinchada leprosa. Los acusan de homicidio agravado por uso de arma de fuego, con una pena mínima que ronda los diez años. No se pudo probar que actuaran por encargo.

El tercer procesado es Emanuel Suárez, un joven de 23 años detenido días después que dio detalles de la ejecución y fue considerado un partícipe secundario. El juez cree que estaba en el auto en el que los agresores esperaron agazapados la salida de Pimpi del bar Ezeiza para acercarse y rociarlo a tiros la madrugada del 19 de marzo.

El mayor de los Ungaro, Lelio, de 31 años y más conocido como Chapita, zafó de la acusación por homicidio al comprobarse que estaba en su casa la noche de la ejecución. Pero lo procesaron por la tenencia de una pistola calibre 22 encontrada en su auto el día del arresto. Y lo llamaron a indagatoria por apretar por teléfono a testigos desde la cárcel.

Otro que obtuvo la falta de mérito fue Jonathan C., alias Cachorra, un amigo de los Ungaro que no aparece comprometido en la escena del crimen. Los integrantes del otro grupo de acusados, ocho personas que estaban en el bar o ligadas al local, fueron desvinculadas de la acusación por encubrimiento (ver aparte).

Riesgosa jactancia. ¿Cómo terminaron los tres jóvenes ligados a un crimen que parecía imposible de desentrañar? De la resolución surge que distintos indicios se fueron uniendo en su contra. Pero un dato decisivo fue que se ufanaron en distintos ámbitos, sin reserva alguna, de ser los responsables de la muerte de su histórico rival.

Así, al poco tiempo del ataque, un vecino de los Ungaro denunció haber sido amenazado por ellos en estos términos: “Te vamos a matar como lo matamos al Pimpi”. A eso se sumó la intimidación que recibió tras la muerte de Camino su hermana Rosa, quien denunció que René Ungaro y Cachorra (luego procesados por esa amenaza) le exhibieron un arma de fuego desde un auto. “Todos saben que los Ungaro hacen alarde de haber matado a mi hermano”, dijo la mujer. Un empleado del boliche Mogambo contó que los vio brindar con champán jactándose de que entre ellos estaba el asesino del barrabrava. Todo terminó de cerrar con las intervenciones telefónicas.

De esas pruebas científicas y de relatos de personas que estuvieron con René y Betito la noche del ataque se reconstruyó paso a paso lo que hicieron esa madrugada. Según la resolución, la movida arrancó en el Fonavi de Sánchez de Thompson y Grandoli. Alrededor de la 1 un amigo de René lo pasó a buscar en un Chevrolet Vectra para ir a bailar. En el camino, René fue hablando incesantemente por teléfono con Betito Godoy, que iba adelante en un Fiat Uno blanco.

El conductor del Vectra, de 25 años, dijo que se extrañó cuando Godoy tomó por una calle oscura y pasó a marcha lenta frente a Ezeiza, el bar de Servando Bayo al 1400. A esa hora, las 2 de la madrugada, Pimpi estaba adentro con gente de su entorno culminando dos días de farra imparable. A Ungaro y los suyos alguien les había pasado el dato de la presencia de Camino en el lugar, al parecer como comentario casual. Pero los jóvenes pasaron de largo y desde allí fueron a Bonita, un boliche de Iriondo y Santa Fe donde se encontraron con otros amigos.

Está probado que esa noche, por un disturbio en el boliche, dos hermanos del entorno de los Ungaro terminaron detenidos en la comisaría 6ª. René y Betito fueron hasta la seccional a preguntar por ellos. Y desde allí siguieron a las novias de los dos detenidos, que iban en un Clío, hasta una estación de servicios de Francia y Montevideo donde compraron provisiones para los jóvenes presos. En ese lugar se separaron de las chicas, que regresaron al penal policial.

Para el juez, junto a Ema Suárez, desde allí fueron en el Fiat Uno hasta la esquina de Ezeiza y aguardaron la salida de Pimpi. Uno de ellos, presumiblemente René ya que Betito estaba al volante, se bajó con un arma 9 milímetros y tiró cinco veces. Un vecino que vio la secuencia mencionó el auto y fijó la hora de los disparos alrededor de las 5.20. Después, el grupo fue hasta una panchería frente al Heca, se descartaron del auto y llamaron a las novias de sus amigos presos para que los pasaran a buscar.

Teléfonos que arden. El juez encontró muy significativo que, justo entre las 5 y las 5.30, los teléfonos de los implicados permanecieran inactivos. Mientras que a partir de las 6 de la mañana registraron una actividad febril: seis llamados hasta obtener respuesta de las chicas del Clío, René intentó comunicarse con su hermano 25 veces entre las 6 y las 7.10, mientras que Betito llamó cinco veces al Panadero Ochoa, titular del handy que usó esa noche y que fue dado de baja a la semana.

“¿Por qué lo llamó cinco veces? ¿Cuál era la urgencia, justo luego del homicidio?”, se preguntó el juez. “Las 250 llamadas que realizaron luego de las 6 y hasta las 23, continuas, sin interrupción, sin descanso, hablan de un estado anímico: la desesperación”, consideró Beltramone.

Esto lo llevó a concluir que en el ataque a Camino no hubo plan, sino improvisación sobre la marcha. “Esa falta de premeditación se advierte en el desorden posterior al hecho, la falta de una coartada mínimamente seria, la desesperación que se infiere en los numerosos llamados. El hecho aparece de circunstancias no premeditadas y su móvil de un odio de vieja data”.

Ese razonamiento parece encontrar eco, incluso, en la autopsia. Allí se encontraron las heridas y algunos plomos de los cinco balazos que el barra recibió esa noche (en las piernas, el tórax, el abdomen y la cadera). Pero también dos proyectiles “antiguos” que, según el propio Camino contaba a sus allegados, le habían tirado los hermanos Ungaro frente al bar Tokio en el año 2007. Las marcas viejas y recientes de una rivalidad que, según la resolución, condujo a Pimpi a la muerte.

Desligados

Ocho personas que estaban en el bar y fueron acusadas de encubrimiento obtuvieron la falta de mérito. Para el juez, el crimen los tomó por sorpresa. Son el policía Alejandro Angelito Negro Urquiza; Raúl Barrionuevo y Orlando Toro Gutiérrez, dueños del bar; la esposa de Gutiérrez; Víctor Gordo Appio; Diego T. y dos chicas que acompañaban a Pimpi.

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