Domingo 23 de Mayo de 2010
"No se puede seguir viviendo así. Acá se sigue matando gente y nadie hace nada". La mujer que pronuncia esa frase no quiere que se mencione su nombre ni se presente ningún dato que pueda identificarla. Es una vecina que habita uno de los pasillos zigzagueantes de Ayacucho al 4500, corazón humilde del barrio La Tablada. Y la reticencia tiene una explicación razonable. Las cifras de muertes violentas ascienden mes a mes en el límite por momentos difuso de ese barrio y su vecino Las Heras, en la zona sureste de la ciudad. Una secuencia imparable que combina pobreza, falta de contención de jóvenes expulsados del sistema, peleas entre bandas por cuestiones ajenas en muchos casos a la delincuencia y el tráfico de drogas. Esa realidad es la que se llevó las vidas de tres hermanos, Milton, Ricardo y Aldo Villarreal, asesinados a balazos en menos de seis meses y en circunstancias que hoy la Justicia investiga.
Tres muertes en el seno de una misma familia y en 152 días. Un número que estremece, no sólo por el breve tiempo en el que se produjeron sino también por las edades de las víctimas: 16, 18 y 14 años. Una exhibición clara sobre el nivel de violencia que reina en muchos de los barrios periféricos de la ciudad.
El lugar.El corredor que lleva hacia la casa de la familia Villarreal tiene piso de cemento y las casas levantadas sobre los dos flancos son humildes, pero de material. Es un pasadizo que conecta Ayacucho con el pasaje Médici, a la altura del 4600. La desembocadura en esa última calle ostenta un mural pintado en la pared con la clásica imagen del Che Guevara en blanco y negro y la de un arlequín que tiene toda la pinta de estar furioso. Ese grafiti fue fruto del esfuerzo de un grupo de pibes del barrio (en el que estuvo Aldo) dirigidos por personal del Area de la Niñez del Distrito Sur de la Municipalidad.
A escasos metros de la pintada, sobre la vereda, cayó fulminado de tres tiros Aldo Villarreal, el más chico de los tres, y el último en morir. Eso ocurrió el 12 de mayo último. El pibe pudo sobrevivir unas horas y cuando falleció en el Hospital de Emergencias sus familiares decidieron donar sus órganos. Por ese crimen está detenido y confeso Mauricio Oliva, otro joven vecino del barrio que tiene 18 años.
Las circunstancias que rodearon el crimen son investigadas por la jueza de Instrucción María Luisa Pérez Vara. Pero más allá de los verdaderos motivos que haya tenido Oliva para atacar a Aldo, en la cuadra circulan fotos de otros tiempos no muy lejanos, cuando el mural multicolor quedó terminado. Este diario accedió a un par de esas tomas, que fueron cedidas por vecinos del lugar, conocidos en común que tenían la víctima y el victimario. Allí se los puede ver a Aldo y a Mauricio rodeados de otros amigos. Tal vez festejaban la culminación de la obra callejera.
El mismo grafiti de Guevara y el payaso rabioso, o si se prefiere el mismo pasillo sobre Médici al 4600, fue el telón de fondo para otra muerte violenta de un adolescente. Emiliano Arduvino, de 15 años, recibió un disparo en el pecho la tarde del 16 de marzo. El adolescente, que vivía a unas 20 cuadras de allí, estaba con Ezequiel M., quien sufrió un herida de gravedad en la pierna. En voz baja, los vecinos aseguraron a este diario que los asesinatos de Arduvino y de Aldo Villarreal no están vinculados. Que el destinatario de los plomos que acabaron con Emiliano era un tal Fernandito y que el autor de los disparos sería un hombre que responde al apodo de Tatú. La pesquisa en la cuestión de Arduvino no prosperó.
Una gran familia.Antes de la trágica trilogía de muertes prematuras, los hermanos Villarreal eran diez. Las edades oscilan entre los 5 y los 30 años. Según sus vecinos, siempre vivieron en ese pasillo, a pocos metros de uno de los paredones perimetrales del Batallón 121. El primer cimbronazo de la familia fue la muerte de Eduardo, el padre, que tenía 48 años cuando un cáncer lo consumió en muy poco tiempo.
Aldo iba a 5º grado en la Escuela Nocturna Nº 2.529, de Ameghino al 1000. Antes había cursado en la República del Líbano, de Jorge Cura y Santiago. A los diez años aprendió el oficio de panadero con un tío y poco después entró a trabajar en un taller metalúrgico. En ese puesto se desempeñaba hasta que lo mataron a tiros hace 10 días.
A Ricardo Villarreal, que tenía 18 años, lo mató un policía de civil de un balazo por la espalda. Eso fue el 3 de febrero pasado en Benito Juárez y Patricias Argentinas, a la vuelta de su casa. La versión oficial del homicidio indica que el joven estaba con dos compinches y que los tres quisieron asaltar al agente Juan A., empleado de la Unidad Regional de Villa Constitución, que no vestía uniforme y pasaba por allí. El efectivo resistió el robo y al defenderse de un primer disparo efectuado por los ladrones gatilló su arma y abatió a Villarreal. El caso se investiga en el juzgado de Instrucción Nº 1, a cargo de Roxana Bernardelli. Ricardo, que tenía un hijo de tres meses, trabajaba hasta ese momento en el mismo taller que Aldo.
Milton tenía 16 años y le decían Chancho. El día que lo mataron, el 11 de diciembre del año pasado, le habían entregado la libreta de calificaciones que lo promovía a 6º grado en la misma escuela donde iba su hermano Aldo. Esa tarde, apenas llegó a su casa le dijo a la madre que saldría a cenar afuera con un amigo y sus respectivas novias para festejar el fin de clases. La versión que recogió la policía indicaba que Chancho había cruzado de territorio para comprar droga donde no podía y le disparon en Necochea y Ameghino. Algunas voces en el barrio aseguraron que hubo un entregador que lo habría llevado a un lugar prohibido para que lo maten. En ese sentido, las historias y los personajes en las muertes de Milton y Aldo se entrecruzan.
Gente del barrio recordó ante este diario que durante el velatorio de Milton la
familia recibió la visita de Mauricio Ochoa, el mimso chico que mataría cinco meses después a Aldo.
LLegó para brindarles el pésame.