Viernes 30 de Abril de 2010
La historia de un muchacho de 21 años con un pasado tormentoso y plagado de infortunios se cerró el miércoles a la noche en una comisaría céntrica. La vida de Alan Carestía quedó trunca en la seccional 2ª donde apareció ahorcado en la celda donde estaba alojado. Unas dos horas antes lo habían detenido en su casa del radio céntrico por dañar el auto de un vecino en el final de una discusión acalorada. Una de sus desventuras era su adicción profunda al alcohol y las drogas. Al parecer, en ese estado y fuera de control, atacó el vehículo. Según un vecino, fue tras protagonizar una gresca con el dueño del auto.
La jueza Roxana Bernardelli abrió un expediente para deslindar las responsabilidades de lo ocurrido. Desde la Coordinadora de Trabajo Carcelario (CTC) se advirtió sobre la reiteración de muertes de este tipo en comisarías que presuponen como mínimo una falta de deberes de cuidado de parte del Estado provincial hacia las personas detenidas (ver aparte).
Dura vida. Alan vivía con su hermana de 17 años y su abuela en una casa interna situada a una cuadra de Tribunales, en Dorrego 1578. Allí había llegado unos tres años atrás con su vida quebrantada por la muerte de la madre en 2006. Cuando falleció, la mujer solamente tenía 38 años. Con el padre, que se gana la vida como peluquero —coincidieron fuentes policiales y vecinos— el chico no tenía contacto.
Desde entonces era frecuente verlo caminar una y otra vez por Dorrego al 1500. En algunas oportunidades su mirada parecía perdida y los movimientos expresaban lejanía y obnubilación. En otras se lo notaba lúcido. Solía sentarse en la puerta de un edificio contiguo a contemplar el paso de los automovilistas sosteniendo un vaso de fernet en sus manos. A veces se acercaba a conversar con Marcelo, el cuidacoches que frecuenta la cuadra del Sanatorio Plaza.
Algunos vecinos se mostraban hostiles con Alan por sus conflictos reiterados y no resueltos. Sin embargo, tenía un amigo que lo contenía en sus momentos más dramátícos cuando la cocaína hacía estragos en su cuerpo y su mente. Juan Olivera, un vigilador privado que vive en una casa situada en Dorrego 1549, era su confidente. "Era flor de pendejo, pero cuando tomaba o se drogaba se perdía y se volvía agresivo", contó Juan ayer a la tarde frente a la vivienda del muchacho fallecido. A esa hora los restos de Alan eran velados en una cochería de Mendoza al 5600 y los familiares estaban allí.
Las lesiones. En tanto, Marcelo ayer recordaba a este muchacho "menudo y alto" como un pibe inteligente, que solamente había completado el tercer año de la escuela secundaria. "Se paseaba por el barrio con un pantalón y una camisa de color negro, botas y un cinturón con tachas", comentó el cuidacoches. Los dos hombres contaron que se infligía daños físicos luego visibles. "Cuando estaba mal se cortaba los brazos, el pecho y el cuello", comentaron Marcelo y Juan.
El muchacho estaba desocupado y era común verlo pedir dinero a los vecinos "para comprar una cerveza", aunque no abordaba a nadie de manera amenazante. Al parecer, había trabajado en una fábrica de la que lo habían despedido. Con el dinero de la indemnización compró una moto pero también la había perdido. "Se la habían robado el sábado a la noche frente a la puerta del boliche El Muro", contó Juan.
El miércoles a la tarde, el muchacho salió a la calle para comprar una cerveza. Caminó los pocos metros que lo separaban de un salón de ventas ubicado en la misma vereda para conseguir el porrón, pero, según contó un vecino, el comerciante se negó a vendérselo. Ofuscado primero discutió con el dueño del local aunque la cosa pasó de palabras. "Se agarraron a las trompadas", contó Marcelo. Fuera de sí, Alan se alejó del comercio, pero lejos estuvo de tranquilizarse. Entonces atacó el VW del comerciante que estaba estacionado en la calle. "Abolló la puerta delantera y rompió la luneta trasera", explicó el subcomisario Mariano Govi, subjefe de la comisaría 2ª, que controla la zona donde ocurrió el incidente.
El arresto. Tras el suceso, el propietario del negocio denunció el episodio a la policía. Un rato después, una patrulla de la Brigada Motorizada llegó a la casa de Alan con la intención de detenerlo. "Para que no lo agarrara la policía, el pibe salió corriendo por el pasillo de su casa, pero igualmente lo detuvieron, aunque lo tuvieron que agarrar entre cuatro policías para llevárselo a la comisaría", recordó Marcelo.
Cerca de las 19 del miércoles, Alan llegó detenido a la seccional 2ª. En la dependencia policial fue alojado en una celda, donde permaneció en soledad hasta el momento de su muerte. Según el oficial consultado, se cumplieron con todos los requisitos para las personas que son apresadas. "Le sacamos el cinturón, los cordones y el encendedor", explicó el subcomisario Govi. Unas dos horas después, cuando un oficial fue al calabozo para anunciarle que iba a ser liberado, el muchacho ya se había quitado la vida. El jefe policial sostuvo que Alan se quitó las vendas que cubrían las heridas en sus brazos y las anudó. Luego se envolvió el cuello, aferró el extremo libre a la malla metálica que revisten los barrotes de la celda y se colgó.