Domingo 31 de Enero de 2010
Cuando ayer a la mañana don Rogelio Latini escuchó que alguien llamaba a la puerta de su centenaria casa de campo, en la zona rural de General Lagos, ni pensó que ese era el inicio de uno de los momentos más amargos de sus 72 años de vida. Dos hombres bien vestidos, armados y a cara descubierta lo golpearon, lo maniataron y le robaron 36 mil dólares y 20 mil pesos que tenía guardados en el sótano después de haber vendido su propiedad. "Aunque ya no tenga nada para que me lleven, esta noche me voy a dormir al pueblo. Yo aquí estoy muy solo y ya no me quiero quedar", le dijo el hombre a La Capital con los ojos enrojecidos y un dejo de dolor y nostalgia.
Don Rogelio vive solo en una casa bastante derruida que, según sus cálculos, "tiene unos 140 años". Allí llegó junto a sus padres cuando él había cumplido los 18, allá por 1955. La propiedad está enclavada bajo un frondoso monte junto al cual se levantan un cobertizo y un antiguo molino de viento. Todo en el centro de un campo de 20 hectáreas que hoy está sembrado con soja y que está equidistante del peaje de la autopista Rosario-Buenos Aires y el casco urbano de General Lagos. En ese mismo lugar, el protagonista de esta crónica fue forjando su historia "trabajando en la agricultura y criando algunos animales" de sol a sol, según el mismo contó.
Pero hace poco menos de dos años el hombre se quedo sin compañía. "Primero murió mi mamá y en abril van a hacer dos años que falleció mi esposa. Y como no tengo hijos me quedé solo", rememoró. Entonces, don Rogelio empezó a meditar seriamente en dejar de trabajar y alquiló el campo para que alguien lo cultivara. Después le entraron las ganas de irse para instalarse en el pueblo que se ve desde el frente de su propiedad, a unos 1.500 metros.
Con la decisión tomada, el hombre empezó a buscar un comprador para el campo. Lo encontró en una ciudad cercana, en Arroyo Seco, y cerró trato. Hace pocos días había recibido parte del dinero de la operación: 36 mil dólares y 20 mil pesos. "Cuando fui a cobrar la plata el gerente del banco me dijo que la depositara. Pero que se yo, la escondí en el sótano y pensé que ahí estaba segura porque en todo el tiempo que llevo viviendo aquí jamás me habían robado ni una gallina", dijo Rogelio.
Sorpresa violenta. Lo cierto es que alguien se enteró de la operación comercial que había realizado Latini y vendió el dato. Ayer, cuando habían transcurrido algunos minutos de las 10 de la mañana y el día pintaba más fresco que los anteriores, don Rogelio estaba recostado en su cama esperando que se haga el mediodía. "Estaba descansando porque ayer me había acostado muy tarde y me iba a ir a almorzar al pueblo con unos conocidos", aseguró. Fue entonces que alguien se anunció con las manos en la puerta de la casa y el hombre salió a atender sin preocuparse, casi ingenuamente, de la misma forma que horas más tarde atendió al redactor y al fotógrafo de La Capital.
Rogelio se asomó hasta la puerta de la casa, bajo una frondosa enredadera, y sólo pudo decir buen día. Entonces, "un muchacho joven me pegó con la culata de un revólver en la cabeza", dijo mientras señalaba la venda que ahora le cubre la herida. Enseguida apareció otro maleante en escena. "Un tipo más grande, cuarentón, que tenía otra arma", recordó Latini. Y entre ambos lo llevaron a los empujones hacia el interior de la casa mientras él chorreaba sangre. Afuera, a bordo de un viejo Ford Falcon "medio gris", se quedó un tercer hombre.
"Decinos donde está la plata", le gritaron un par de veces a don Rogelio los violentos visitantes a la vez que lo empujaban sobre la cama y le maniataban las manos con precintos plásticos. "Primero les dije que tenía unos pesos en el dormitorio y les señalé dónde estaban. Cuando uno de los ladrones estaba agarrando el dinero, el dueño de casa zafó del precinto "haciendo mucha fuerza" pero lastimándose las muñecas que aún conservan profundas marcas. Entonces, el toro asaltante lo golpeó, lo dio vuelta en la cama y, boca abajo, lo volvió a atar con precintos. Esta vez piernas y manos. En el mismo momento, el ladrón que había juntado el dinero le retrucó: "No te hagas el boludo que vos tenés más". Y el hombre se asustó. "Pensé que me podían matar", reconoció.
A don Rogelio no le quedaron alternativas y tuvo que ventilar el escondite del dinero. Así, mientras uno de los atacantes lo cuidaba y amenazaba con un arma, el otro bajó a un pequeño sótano y se hizo del botín. "Enseguida empezó a gritar «vamos, vamos» y se fueron. Me dejaron tirado sobre la cama, atado, solo y sin el celular", relató.
Sin ayuda. Lo peor ya había pasado, pero don Rogelio no tenía a quien pedirle ayuda. "Acá nadie te escucha si gritás. El vecino más cercano está a unos 400 metros, el celular me lo habían robado, así que no me quedó otra que revolcarme y tirarme al piso desde la cama", recordó el hombre que como consecuencia de eso quedó con toda la espalda amorotonada y dolorida.
Así, atado y boca arriba, se fue arrastrando por el piso y causándose más lesiones hasta encontrar un pedazo de cemento que sobresaliera. "Tenía que encontrar una saliente para hacer serrucho y poder romper los precintos. Menos mal que me ataron con plático, porque si usaban cable no me desato más y me muero aquí sin que nadie se entere", dijo Rogelio.
Cuando al fin quedó liberado, se subió a su vieja Volkswagen Saveiro que los ladrones no vieron porque estaba guardada en un cobertizo y se fue al pueblo como estaba, en ojotas y calzoncillo, para que le curen las lastimaduras y hacer la denuncia en la subcomisaría 13ª.
"El hombre al que le vendí el campo todavía no sabe lo que pasó, pero la semana pasada me había ofrecido que me quede a vivir acá", contó ya en la despedida don Rogelio. Pero con lo que le ocurrió ayer, su decisión de irse del lugar terminó por confirmarse: "No quiero saber más nada. Esta noche me voy a dormir al pueblo. Aquí estoy muy solo".
Riesgo
“Este tipo de hechos revelan el excesivo riesgo que implica llevarse a casa el dinero tras concretar un negocio y que se reduce si se utiliza una entidad bancaria. Cuando se cierra una operación de esta clase se enteran más personas que el vendedor y el comprador. Con la plata en casa los riesgos crecen”, dijo ayer un alto jefe de la Unidad Regional II.