Miércoles 21 de Junio de 2017
Silva A., de 69 años, fue engañada por dos ladrones el lunes al mediodía, cuando la interceptaron en la zona de las cuatro plazas del barrio Belgrano y al entablar una conversación con ella se hicieron pasar por amigos de su sobrino Cristian. Tras convencerla, se ofrecieron a llevarla a su casa y una vez allí, después de varios trucos, se dieron a conocer como delincuentes; le pegaron, la amenazaron y huyeron llevándose un botín de alhajas, "recuerdos y un de poco dinero". El escape se produjo cuando Diego, otro sobrino de Silvia, llegó a la casa y según ella, "eso evitó que me mataran".
Ayer a la tarde Silvia estaba en su casa de Neuquén al 5700, en barrio Belgrano, donde vive desde hace 44 años. Es una mujer lúcida y de cuerpo pequeño que representa unos años más de los que tiene. Su cuello tiene marcas de ahorcamiento y su cara presenta golpes y hematomas que le propinaron los maleantes.
5 minutos de estupidez
El engaño a Silvia sucedió, como ella dice, en "cinco minutos de estupidez". Fue mientras hacía trámites y pagaba unos impuestos en un local de Mendoza y Fraga. Al terminar emprendió el regreso a su casa y en esas circunstancias fue abordada por "dos personas de entre 30 y 35 años. Me dijeron que eran amigos de mi sobrino Cristian, con quien tengo una excelente relación, y poco a poco fueron entrando en confianza", cuenta a La Capital.
"Yo estaba cruzando las cuatro plazas (Mendoza y Provincias Unidas) cuando se me acercó el más flaquito de los dos y me dijo: «como le va, ¿usted no se acuerda de mí?, Soy amigo de su sobrino. ¿Quiere que la acerquemos a su casa?» Y yo acepté. Eran personas normales, bien vestidos y no estaban drogados". La mujer subió al auto, un Volkswagen Gol Trend color gris.
Al llegar a la casa de Neuquén al 5700 los dos hombres acompañaron a Silvia hasta el comedor. Le dieron charla, le contaron que su sobrino había comprado una cabaña y que les dijo que ella no iba a ir porque era "muy arisca". Y la mujer acotó: "Es que es verdad, no me gusta mucho salir", y siguieron conversando sobre "cosas, pavadas".
En un momento los muchachos le dijeron que se tenían que ir y que vaya a buscar un papel para envolver una mercadería que su sobrino le iba a enviar. Ella fue hasta una habitación y los dos intrusos se quedaron en el living, pero ahí se terminó la mentira. Uno de ellos, "el mas gordo", entró al dormitorio, la tomó de atrás por el cuello y le gritó: "¿No te das cuenta vieja de mierda que estas robada?"
La mujer se trastabilló y el ladrón, grueso y de casi un metro setenta, la sostuvo con sus manos mientras le presionaba el cuello. Después la tiró contra el placard y la movía como a una escoba, sus piernas golpeaban contra los muebles y la cama. "Pensé que me mataba. En un momento vi todo oscuro y me soltó. Me dejaron sobre la cama y entre los dos comenzaron a tirar todo el ropero abajo, a dar vueltas muebles y a gritarme y amenazarme", contó la mujer sin miedo en la voz.
Silvia se dedicó siempre a la costura y la casa es una típica vivienda de barrio, sin lujos ni carencias y de unos cincuenta años de antigüedad. Ella vive sola, aunque varias veces en la semana familiares directos y hasta vecinos le hacen compañía tanto de día como en las noches: "En realidad nunca estoy sola", aseguró.
Una cajita con el botín
Los delincuentes avanzaron sobre otros espacios, fueron a otro dormitorio y en un placard encontraron una "cajita con una alianza de mi padre, un pañuelo con dinero, unos 5 mil pesos que tenía de la jubilación y una par de alhajas. Poco", aclara.
Silvia no tiene muy en claro el tiempo que los delincuentes estuvieron con ella y en su casa, pero recuerda que "escucharon un bocinazo y dijeron «cagamos»". Y era que otro sobrino había llegado a casa porque el muchacho guarda el auto ahí. "Así que agarraron la plata, en el apuro se les cayó la alianza, se guardaron las alhajas y salieron corriendo por la puerta, tan apurados que se olvidaron el saco de uno de ellos. Mi sobrino los vio salir de casa y los corrió, pero se subieron al auto que los esperaba por Neuquén y ya no los vio más", dijo Silvia. Y aseguró que "por más que estuve con ellos, fue tanto el miedo a que me mataran que no los reconocería".
Cuando su sobrino Diego ingresó a la casa se encontró con Silvia golpeada y atada a la cama con una sábana. Los vecinos del barrio se conmocionaron y llamaron a la policía, que en cuestión de minutos estuvo en la casa. "La gente del barrio y mi familia me cuidan mucho, lo mío fueron los cinco minutos de estúpida no más", se lamentó.