Lunes 31 de Enero de 2011
“A mi hija le mataron el marido y da la triste casualidad de que el que lo hizo es el hermano de ella”. Quien pronuncia la sentencia es Marta Cano, la madre de Ezequiel Osvaldo Rodríguez, un muchacho de 26 años acusado de haberle disparado el sábado a la noche cinco balazos a quemarropa a su cuñado Fructuoso Roberto Muga, un chagarín de 36, en un cruce del barrio San Martín Sur. El hombre se derrumbó ante la mirada desesperada de su esposa y sus dos hijas y murió poco después en el hospital Roque Sáenz Peña.
La historia de Muga estaba cargada de dramatismo. En diciembre pasado tuvo que abandonar la casa de la cortada León al 1000, en la zona sur —a dos cuadras de Circunvalación—, donde vivía con su familia por una disposición judicial. La medida de exclusión de hogar fue dictada luego de que una sobrina de 15 años lo denunciara por abuso sexual. “La chica dijo que la manoseaba”, explicó una fuente policial.
Precisamente, esos presuntos abusos sexuales, según coincidieron los pesquisas y los familiares, fueron la motivación que tuvo Rodríguez para terminar con la vida de su cuñado. Marta transmite en sus palabras bronca y dolor al mismo tiempo. La mujer no puede aceptar que Ezequiel haya recogido un revólver calibre 38 para balear a su yerno. “Mis otras dos hijas le llenaron la cabeza para que lo matara. Tendrían que haber esperado a que la Justicia dijera si lo del abuso sexual era cierto”, dijo. Tampoco puede disimular la angustia que la invade. “Mi hija quedó desamparada y está destruida”, balbucea.
Lo concreto es que Muga y su ex esposa, Ana María Rodríguez, de 24 años, habían decidido continuar el vínculo tras la separación forzosa.
La cita. En rigor, según Marta, la relación se limitaba a que el jornalero pudiera ver a la hija del matrimonio, de 7 años. A su vez, el hombre tenía una hija de dos años de otra pareja. El sábado habían pactado un encuentro. Cerca de las 9 de la noche, el hombre llegó en un Peugeot 504, de color negro a la colectora que bordea la Circunvalación hacia el sur y se detuvo a pocos metros de Previsión y Hogar para esperar a Ana María y las nenas.
Era otro de los tantos encuentros rutinarios de la pareja, pero al parecer Muga nunca imaginó que sería la última vez que vería a su mujer y sus hijas. Su cuñado Ezequiel se había enterado de la cita y él no lo sabía. Quien se le había contado, según Marta, era la madre de la adolescente que había denunciado los abusos sexuales.
Entonces, el muchacho recogió un revólver calibre 38 y se subió a una moto Yamaha Cripton roja guiada por su sobrino, Gonzalo, de 16 años. Mientras esto ocurría, Ana María caminaba con las nenas en dirección al lugar del encuentro. Muga estaba en el interior del Peugeot cuando distinguió el arribo de sus familiares. “El abrió la puerta del auto y se bajó para que subiera una de las nenas. Y, en ese momento, mi hijo le tiró a sangre fría”, comentó Marta.
El vocero consultado señaló que Rodríguez llegó a la escena del crimen y le indicó al adolescente que manejaba la moto que se detuviera. Después saltó del rodado y abrió fuego. Cinco certeros balazos atravesaron el cuerpo de Muga. Tres proyectiles impactaron en el cuello y otros dos perforaron el tórax. Tras el ataque, el agresor se alejó del lugar a bordo de la Yamaha Cripton. Los dos hombres recorrieron un trayecto juntos, pero en el camino Gonzalo se bajó frente a un dispensario y el atacante continuó el escape solo. Hasta anoche, no había sido localizado por la policía.
Sin embargo, el adolescente fue detenido poco después por efectivos de la Sección Homicidios en la casa de la cortada León al 1000, una humilde vivienda de pasillo de chapa y material. Pasado el mediodía de ayer, Marta estaba parada en la puerta de esa casa acompañada por unos familiares, una pareja joven y un bebé en un cochecito. Parece golpeada por la vida, pero no está dispuesta a aceptar el crimen que cometió Ezequiel. “A mi hijo lo eché de mi casa. Para hacer lo que hizo tiene que haber estado drogado”, comenta con un dejo de resignación.