Policiales

El valor de la vida detrás de las paredes de un quiosco de drogas

Los menores que venden están recluídos en lugares infrahumanos por unos 70 pesos diarios. En algunos barrios, familias enteras viven de la comercialización de estupefacientes.

Domingo 29 de Abril de 2012

La geografía siempre es igual y duele a la vista. Un búnker o quiosco de venta de drogas es una casa con aspecto de tapera, en un barrio cruzado por calles rotas de pedregullo y tierra. Son de ladrillo a la vista, sin reboque, con doble pared y muchas veces con aberturas electrificadas. Adentro, una bombita de luz poco ilumina a un vendedor que suele ser una mujer o un menor. La paga es en droga o efectivo, unos pocos pesos para aguantar la olla. Y siempre los vigila un soldado que cuida la mercancía y mira las posibles travesuras.

En una de las paredes un agujero marca el lugar por el cual entra plata y salen bolsitas o bochitas. Por estar detrás de la pared, en condiciones infrahumanas, se gana unos 70 pesos por día. Aunque, según el nivel del negocio, se pueden levantar 2 mil pesos en la semana. El riesgo que corren es ser marcados como transas y perder el respeto en el barrio, estar rodeados de pistolas cargadas y vivir encerrados unas seis horas. Están dispersos por Rosario, son un secreto mal escondido.

Los vendedores no salen del búnker, están atrapados en una ratonera fortificada con poco aire. Un excusado sirve de baño, aunque a veces usan botellas rotas para orinar. Son autómatas que esperan el reemplazo de otro autómata o que un soldadito traiga mas mercadería.

Los chicos. La presencia de menores en los quioscos no es casual. Al respecto, el juez federal Marcelo Bailaque comentó que la imputabilidad es relativa, según la edad. "Si el menor encontrado en un búnker tiene entre 16 y 18 años es imputable. Pero en los Tribunales Federales no hay fuero de menores".

Pero esos chicos difícilmente queden detenidos "Cuando nos encontramos con un chico avisamos a los Tribunales provinciales y los entregamos a sus padres. La causa sigue y se los cita a declarar según los casos", dijo el magistrado. Y mostró su preocupación: "El chico es víctima a partir de la desprotección en que se encuentra, ya que no hay aún una política de diseño de programas y mayor grado de contención de estos casos".

Todo parece igual. Las direcciones de los búnkers son muchas y sabidas. Hace menos de un mes, en Tupac Amaru y Garzón, la villa de Ludueña, los vecinos quemaron dos quioscos en menos de una semana. "Venían de todas partes a comparar, hasta en Mini Cooper llegaban", decían las vecinas indignadas,

Entre las casas humildes, la sola mención de estos búnker mueve al insulto. En 24 de Septiembre y Río de Janeiro sobran amarguras. "En éste quiosco, a la tarde o a la noche, se escucha cómo les pegan a las chicas. O si no gritan mucho por que no quieren más, se quieren ir", comentó un vecino del negocio.

Germán O., un ex dealer de zona sur que ahora trabaja en una organización para sacar a chicos de las calles, recuerda los malos viejos tiempos. "A los pibes los enganchan por que están perdidos. Algunos no tienen ni donde vivir. Hay más pibes que antes en los búnker, está lleno. Antes, para fumar un faso se ocultaban, hoy fuman en cualquier esquina. Es tremendo".

Germán se siente en paz en su casa. "A los menores los buscan por distintos factores. Tienen que ser de confianza y, de ser posible, no se tienen que drogar por que uno que se droga te caga". La competencia entre los vendedores es cruel, insoportable. "A veces les piden bajar a otro narco y les dan tanta plata para que maten que los pibes no dudan y van", agrega.

"El tema es así. El transa les da un kilo de merca (cocaína) y los pibes trabajan cortando. De un kilo pueden sacar hasta dos kilos y medio. A cada uno de ellos les corresponde un pedazo para vender, y la plata no puede faltar", cuenta Germán.

Secuestrados. Alrededor del negocio se cuentan demasiadas historias. El 15 de agosto del año pasado, Franco R., de 17 años, permaneció 48 horas retenido contra su voluntad en un quiosco ubicado en una villa de barrio Godoy. Según la madre del menor, el hombre que le pagaba lo secuestró y le cobró a ella 800 pesos para liberarlo. Eso obligó a la mujer a abandonar la casilla en la que vivían, en Cerrito al 7500, por miedo a las represalias. Es decir los tiros y la muerte.

La semana pasada Claudio Iván T., de 22 años y herido de un balazo en una pierna denunció a policías apostados en el Distrito Oeste que los dueños de un quiosco de Lima y Godoy habían secuestrado a su mujer. En su desesperación, el joven admitió vender en ese lugar. Al llegar la policía al búnker encontró a un joven de 16 años, Gustavo C. La chica embarazada, Eva C., había sido liberada poco antes.

"A los chicos les ofrecen un arma, protección y defensa ante otros pibes. Empiezan como pistoleros, como soldaditos", pero esa es otra historia, dice Germán. Pero en los barrios se cuenta que la comercialización no sólo queda para los menores. "Hay familias enteras a las que les dan plata por día, pero no cualquiera pone el cuerpo. Los narcos apuntan a conocidos y no todos se involucran, es un negocio de matar o morir y quedas quemado", dice German.

De esas rencillas, de esos negocios de sangre, surgen los "ajustes de cuentas" que a menudo no se explican más que por mejicaneadas o robos. "Es bueno que el pibe que atienda no se drogue porque sino, saca un poquito de cada bocha y cuando te querés acordar te hizo 200 gramos", dice Germán, al que le cuesta y a veces no quiere recordar su antigua vida de cárceles, robos y encargues de bandas.

Entre calles olvidadas y autos viejos, los vecinos ven pasar motos cero kilómetro y chicos con plata en las manos. Se sabe de donde viene esa plata pero no si los chicos seguirán vivos el fin de semana. Algunos vecinos queman los búnker, otros los denuncian y los más, simplemente miran cómo en las zanjas de agua mugrosa aparecen polvos blancos descartados de algún quiosco bajo la lupa policial.

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