Policiales

El silencioso dolor de una mujer condenada por matar a sus dos hijas

La luz entra a raudales por la ventana del pequeño cuarto de la cárcel de mujeres. Pero María Elisa Bárzola ni una vez entornará los redondos ojos castaños, que se abren incluso más cuando rebusca con sacrificio algo que decir y casi nunca resulta, ella, que parece sin embargo acarrear un costal con cosas atrancadas dentro suyo.

Domingo 17 de Febrero de 2008

La luz entra a raudales por la ventana del pequeño cuarto de la cárcel de mujeres. Pero María Elisa Bárzola ni una vez entornará los redondos ojos castaños, que se abren incluso más cuando rebusca con sacrificio algo que decir y casi nunca resulta, ella, que parece sin embargo acarrear un costal con cosas atrancadas dentro suyo. Intranquila, trémula, con curiosidad también, libra un combate para acomodarse en un mundo que le exige sentido a cada acto y que delega en sus criaturas el mandato de explicar lo que ocurre, como si todo resultara de un proyecto cristalino y voluntario.

Esta mujer de 31 años está condenada a prisión perpetua desde fines del año pasado por matar a balazos a sus dos hijas, de 5 y 9 años. Esto significa que pasará en la cárcel los próximos 35 años. Recién entonces, si mantiene buena conducta, podrá pedir la ejecución condicional de la pena. En ese tiempo se espera que pueda rehabilitarse de un hecho del que, por lo que sea, aún no es capaz de aludir directamente.

Tampoco lo conseguían sus vecinos del barrio Fonavi Parque Oeste en los primeros días de octubre de 2004, aturdidos y perplejos de que una mujer que cuidaba a sus hijas con fervor, las mandaba a danzas y las vestía impecablemente, les disparara a cada una un balazo en la cabeza. La mención de ese descomunal acto suyo la sumerge en un mar de silencio. No sale de ahí, dice que no recuerda. En otro momento, en Tribunales y a poco del hecho, sí pudo narrar lo ocurrido esa noche (ver aparte).

Milagros. Los dichos y los hechos son cosas distintas. Lo que parece haber marcado a Eli, que así la llaman, es una persistencia en el mutismo. Poco antes de los crímenes dejó una carta en la que afirmaba sentirse sola desde muy pequeña y haber sufrido maltrato constante del marido. Anunciaba allí que eliminaría a las nenas y se mataría luego para “estar las tres juntas y no sufrir más”. En ese momento estaba embarazada de tres meses. Eli intentó suicidarse con cortes de cuchillo en los brazos y el abdomen. Sobrevivió, fue juzgada y condenada por doble homicidio calificado por el vínculo. Tuvo una nena que hoy tiene tres años. Se llama Milagros.

La semana que pasó, María Elisa intentó una gestión judicial porque, según dice, su ex marido no acude a llevarle a su hija de visita los miércoles, lo que a ella la llena de desesperación y angustia. ¿Una mujer debe tener contacto con la niña que alumbró estando en prisión por matar a sus dos hijas mayores? Desde luego: tiene derecho legal y humano, aunque tenga aplazada la patria potestad por su acto. Sin embargo la mayoría de las veces, confirman en la cárcel y luego admitirá Eli, Milagros llega a su encuentro. Pero no ocurre siempre y Eli necesita que sea siempre. Una de las dos veces que durante la entrevista dice algo por propia iniciativa es para enfatizar eso.

Palabras cautivas. Eli nació en Paraná y llegó a Rosario hace nueve años con su entonces marido, que es 20 años mayor que ella. Tenía una hija de una relación anterior, Mariana, y con su esposo tuvo a Daniela. El trabajaba de vigilador particular. Con palabras que parecen germinar de un pantano ella dice que su relación de pareja se complicó en Rosario. La violencia de él, dice, le generó una profunda nostalgia de lo que había dejado atrás: su familia, su vida en el barrio paranaense de San Agustín. En especial el contacto con su abuelo Tomás, que la crió y al que adoraba.

La muerte de Tomás, en 2002, fue la entrada a un laberinto que se ahondó, según ella, con la sensación de abandono y el maltrato que recibía de su marido. Algo que, según consta en el trámite judicial, era recíproco, aunque probablemente no simétrico porque en la disputa física entre un hombre y una mujer no suele haber paridad. “No tenía a nadie a quien contarle lo que me pasaba. El no me dejaba irme a Paraná. Acá no podía pedir ayuda a nadie porque a nadie conocía lo suficiente. Cuando las nenas estaban en el colegio, yo vivía acostada llorando”, dice ella.

Sus días son previsiblemente idénticos. Trabaja por la mañana haciendo moldes para pan dulce y por la tarde en limpieza. Recibe a una psiquiatra regularmente. El año pasado completó la secundaria en prisión. Afirma no tener ningún interés en nada particular más que en el contacto de los días de visita con su hija, a quien describe como blanca, gordita, charlatana. “Cuando me ve corre a abrazarme. Me dice mamá Eli. La mayor parte del tiempo vive con la madrina, que es una vecina del Fonavi. Le estoy muy agradecida porque la cuida y la quiere. La aprecio porque sé que tienen bien a mi hija”.

La oportunidad. El 11 de julio de 2006, poco antes de la condena, María Elisa se fue de la cárcel. Estaba junto a otras dos mujeres en un patio del ala norte, donde las detenidas de buena conducta suelen lavar y tender la ropa. De un momento a otro, las tres treparon hasta llegar a la malla metálica que recubre el patio y saltaron a la calle. No fue difícil localizar a Eli, que sólo estuvo afuera unas horas. La encontraron en el escenario del drama de dos años antes, con Milagros en brazos. No opuso ninguna resistencia cuando se la llevaron. Un penitenciario dijo entonces a este diario que pareció como si hubiera pedido su recaptura.

“Yo no había imaginado nunca escaparme, salí porque se dio la oportunidad, no me importó que me agarraran”, se defiende. Admite sin embargo que lo primero que hizo fue concretar algo que en prisión siempre rondó en su cabeza. “Fui al cementerio a ver a las nenas. Quise asegurarme de que estuvieran ahí, porque yo vivo con una fantasía y es creer que ellas están afuera y bien. Por una parte esa fantasía me da esperanzas para vivir. Pero al mismo tiempo me da angustia y por eso quise comprobar si ellas estaban ahí”.

El psicoanálisis postula que un caso de filicidio no tiene nada de normal: ningún acto es más loco que el del padre que mata a un hijo. Cuando Eli intenta dar referencias de su catástrofe subjetiva parece atrapada entre los signos de una gramática que desconoce. Lo más claramente expresado en su vida es que no es capaz de hablar de lo inexplicable. Con el saludo del final de una charla de pocas palabras y sin embargo extensa ella murmura algo más. “Yo tenía todo y ahora no tengo nada”.

—¿Y qué hizo que perdieras todo?

—La desesperación, no podía hablar, no tenía ayuda. Yo era muy sobreprotectora con ellas. Sufrimos mucho todo lo que pasamos, sufríamos juntas.

—¿Te preocupaba una condena dura?

—Nunca pensé en eso.

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