Lunes 13 de Octubre de 2008
La vida de Nicolás Santiago F. no vale nada. Así lo sienten, con desesperación, su madre y su padrastro, que ya no pueden contenerlo. El chico, de 17 años, está atrapado en el fondo de un círculo vicioso. Es consumidor permanente de drogas. La búsqueda de sustancias para su adicción es un resorte que lo impulsa de modo desenfrenado al delito. Sus padres entienden el problema pero no encuentran la forma de frenar esa rueda endemoniada.
Nicolás tiene prontuario abierto por robo. Su vida no fue fácil: a los diez años, los golpes del padre lo empujaron a abandonar su casa de Empalme Graneros y a dejar la escuela. Desde entonces, vivió en la calle y comenzaron sus problemas con drogas.
El chico está viviendo desde el lunes pasado con sus familiares en un Fonavi de la zona sur, bajo la tutela de un programa de libertad asistida. Antes había estado 15 días alojado en el Instituto de Recuperación del Adolescente (Irar). Fue a parar a ese centro luego de cometer un robo en una casa del centro rosarino. "El juez me lo entregó a mí, pero no puede estar conmigo porque también nos roba a nosotros", se angustia la madre, Graciela Ferroni. La mujer vive con su actual pareja, Ricardo Azuzar, de 49 años.
El legajo prontuarial de Nicolás ya recorrió los cuatro juzgados de menores. El muchacho pasó por diferentes centros de rehabilitación para chicos con problemas con las drogas, pero nunca pudo completar un tratamiento porque, según la madre, se escapaba de las granjas. A los diez años dejó su casa cuando todavía no había completado sexto grado en una escuela de Empalme Graneros. Entonces busco refugió en los artesanos que ofrecen sus piezas en la plaza Montenegro y con ellos realizó algunos trabajos.
La otra escuela. Tres años después, incursionó en el mundo del delito, donde se especializó en escruches (los atracos que se concretan cuando los dueños de propiedades están ausentes). A esa edad aspiró pegamento y fumó cigarrillos de marihuana. Ahora consume cocaína.
Por los robos que cometió conoció los calabozos de las comisarías 1ª y 11ª. Graciela recuerda los momentos en que llegaba a su casa con billetes de dólares, euros y pesos. Era el botín que había obtenido en sus salidas nocturnas.
Por su adicción estuvo internado en una granja de rehabilitación de General Lagos y en la asociación benéfica Remar. También fue atendido en el marco del programa Andrés y recibió el cobijo de la entidad que preside el padre Tomás Santidrián.
Todos los intentos fueron vanos. "Yo lo internaba, pero siempre se escapaba", se lamenta Graciela. La mujer y su marido dicen que ya no tienen fuerzas para controlar sus conductas delictivas. Graciela atraviesa en forma abrupta estados depresivos combinados con sensaciones de euforia por los que recibe tratamiento psiquiátrico. El hombre trabaja en el sector de mayordomía de la municipalidad.
Bajo el desconcierto. Graciela tuvo trece hijos con su primer esposo y asegura que el único "descarriado" es Nicolás. Ella dice que también es una víctima de su propio hijo. "El año pasado, hizo un agujero en la puerta y nos robó 4 DVD, teléfonos celulares, 400 pesos y una bicicleta", contó Ricardo. La pareja denunció el atraco en la comisaría 11ª, pero los policías sólo recuperaron el rodado. Graciela asegura que se "siente presa" en su propia casa. "Tenemos que guardar todo bajo llave para que no nos robe", se queja.
Graciela no puede disimular la angustia que la invade. "A veces, tengo miedo de que me mate porque odia a mi marido", se lamenta. El muchacho cometió el último atraco en jurisdicción de la comisaría 1ª. Irrumpió en una casa cuando los dueños estaban viendo un partido de fútbol y se llevó alhajas, pero la policía lo prendió cuando escapaba. "Alguien lo mandó a robar, porque fue a buscar directamente las joyas", comentó.
Lo llevaron a la comisaría 1ª, y allí un sumariante, dicen ellos, lo apremió a golpes para que le entregara el botín. "El no tenía nada porque los policías que lo detuvieron se llevaron las joyas", comentó. Abatidos, Graciela y Ricardo, el jueves, se reunieron con un funcionario judicial para plantearles la desventura que los aqueja. El expediente judicial en el que está involucrado el adolescente ahora está en manos del juez de Menores Nº 4, Juan José Carmona. Ellos dicen que están desbordados, que se sienten incapaces de encontrar una solución y ruegan por ayuda.
—¿Qué respuesta esperan del juez?
—Que lo emancipe y que lo interne en un instituto. l