Martes 15 de Julio de 2008
Los muchachos bailaban con unas chicas en una whiskería de Zavalla. Acodados en la barra, entrada la madrugada, otros cinco jóvenes los miraban moverse al compás de la música. Los que habían salido de trampa disfrutaban de las bondades de sus acompañantes, pero los arrumacos que se prodigaban tuvieron una abrupta culminación cuando los muchachos que presenciaban la escena exhibieron armas de fuego y encañonaron a los bailarines.
Resignados a su suerte, los muchachos quedaron inmóviles mientras los malhechores vaciaban sus bolsillos y se apoderaban de sus teléfonos celulares. Conseguido el botín, los ladrones decidieron irse. Lo hicieron en el auto de uno de los clientes que, un rato después, dejaron abandonado en el barrio Cabín 9, donde lo encontró la policía.
Suave era la noche. Una fuente policial contó que esta historia de diversión trunca ocurrió en la wiskería El Molino, en el cruce de las rutas 33 y la A-012, en Zavalla. A las 3 de ayer, unos diez muchachos habían llegado al boliche en busca de una noche placentera. Habían partido desde Villa Gobernador Gálvez, Pujato, Coronel Arnold y Casilda. El local estaba en penumbras y, desde afuera, no se distinguían los movimientos de los parroquianos.
Los jóvenes charlaban con unas alternadoras mientras sus manos recorrían los cuerpos voluptuosos de sus acompañantes. Mientras esto ocurría, tres mozos les alcanzaban tragos desde la barra. Ya para entonces, otros cinco muchachos habían arribado al cabarulo y tomaban algunas copas. Los recién llegados husmeaban, pero no se acercaban a ninguna de las chicas.
Todo transcurría con normalidad y parecía que nada podía alterar la fiesta. Sin embargo, los cinco muchachos caminaron desde la barra hasta las mesas esgrimiendo armas de fuego e inmovilizaron a los parroquianos y sus acompañantes. La encargada del local y los mozos corrieron igual suerte. "Esto es un asalto", gritó uno de los ladrones mostrando el caño de su arma a uno de los clientes.
Con la situación controlada, los malhechores fueron saqueando los bolsillos de los parroquianos y de las damas. También les quitaron los teléfonos celulares. Embolsaron unos 800 pesos, pero como no tenían un vehículo para escapar decidieron que utilizarían el de uno de los clientes. "Le quitaron la llave del coche a un muchacho de Casilda", comentó el portavoz consultado.
El automóvil. Los maleantes se subieron a un Ford Escort y huyeron. Veinte minutos después, el auto apareció en el cruce de Las Palmeras y el bulevar Uriburu, en Cabín 9. Allí lo habían abandonado los ladrones, pero ya para entonces, los muchachos, que habían ido al boliche buscando diversión, paladeaban una sensación de amargura. La jornada placentera se había esfumado junto con el efectivo que tenían encima. Ninguno de los protagonistas de esta desventura se mostró particularmente inclinado a comentar sus detalles con este diario.