Policiales

"Dialogamos con el narco mientras el Estado persigue, judicializa y apresa"

Juan Carlos Velásquez Rúa es sacerdote, tiene 39 años y es conocido por su participación en las misiones de paz con las bandas narcocriminales de Medellín (Colombia)

Domingo 16 de Marzo de 2014

Juan Carlos Velásquez Rúa es sacerdote. Se ordenó hace 13 años y 8 de ellos los pasó en la barriada Alfonso López, la llamada Comuna 5 de Medellín, en Colombia. Un lugar humilde, de viviendas pobres que se elevan sobre las colinas formando una sucesión infinita de escalones de ladrillos rojos. Allí se mezclan familias desplazadas, gente de bien, trabajadores humildes, mujeres que ejercen de madre y de padre. Es un lugar sin muchas oportunidades, como los que abundan en Rosario y en los que muchos jóvenes se mueven al filo de sus propios días. En Medellín, ciudad que vio crecer al cártel comandado por Pablo Escobar Gaviria, los que optan por el corte profundo se suman a los "combos", pandillas que aseguran un sustento y un posible final atravesado por balas ligadas al narcotráfico.

El "padre Juan" estuvo en Rosario convocado por el Instituto de Cooperación Latinoamericana de la Universidad Nacional de Rosario y disertó sobre "Juventud, cultura y violencia urbana". Entonces no pudo evitar comparar Rosario con Medellín, ni dejar de observar el fenómeno de la violencia y el crimen organizado que permea esta ciudad. Tampocó esquivó el tema del desarrollo económico al amparo de la ilegalidad y el dinero poco claro, ni la complicidad de la política y la policía con los bajos fondos.

— ¿Los crímenes y la violencia pueden enmarcarse como un fenómeno local?

— Los crímenes que se dan en las calles por medio de bandas o sicarios, o los atentados a instituciones o comercios son locales, evidentemente. Pero es claro que se puede hablar de una red, en términos de expansión, o de un componente o fenómenno internacional de violencia general que en estos momentos afecta a Latinoamerica.

— ¿Cómo se maneja la Iglesia en la negociación con las pandillas en Medellín?

— Lo hacemos por medio del acercamiento. Es posible negociar cuando uno se aproxima al ser humano. Más que una negociación es una charla. Porque nosotros no hacemos ni somos parte del conflicto. En la negociación hay dos que ofrecen y nostros no ofrecemos nada, nosotros mediamos. Damos alternativas de vida y procesos integrales para el ser humano.

— ¿Cómo reclutan jóvenes las bandas y cómo se puede bajar el número de muertes?

— En todas las ciudades se encuentra lo que se llama "la corona de espinas", lo peor de la marginalidad. En este caso la violencia es manifestación de una sociedad en crisis. En los barrios de periferia la violencia se da simplemente porque los jóvenes son presa fácil del narcotráfico, porque la sociedad los excluye y el Estado no los contiene. Hay que ofrecer procesos de crecimiento y alternativas de vida.

— ¿Se puede combatir al narco y el consumo de drogas desde el diálogo?

—Hay que desmitificar al monstruo. Creer que una vez que se instaló ya no hay alterantivas, que no hay vuelta atrás, es parte de un imaginario a tumbar. Lo segundo es un trabajo integral, que es responsabiliadad de todos. El consumo de drogas es la manifestacion de un falencia. Cuando estudiamos el tema del consumo debemos saber que es una suma de cosas que no se puede poner solo en los barrios marginales, permea toda la sociedad y hay que atacarlo desde todos los puntos, desde lo espiritual y desde lo material. No es solo la falta de oportunidades, también pueden ser carencias afectivas familiares. Y eso es más propicio en los barrios marginales, pero está en todos lados.

— ¿Qué elementos tiene el crimen organizado para instalarse en las comunidades y cómo se lo combate?

— El fenómeno es complejo. Lo narco es un virus que está cambiando permanentemente. Cuando tenemos la solución para esa enfermedad el virus ya mutó. Cuando la sociedad llega a acuerdos y se organiza para hacer leyes ellos ya han avanzado y cuando nosotros apenas empezamos a vislumbrar organizaciones eficientes ellos cambián sus prácticas. Ese es el principal elemento a tener en cuenta, la mutación que les permite siempre estar un paso adelante.

— ¿Por lo que conoció de Rosario podría compararlo con Medellín?

— Conozco de Rosario a Fito Paez y la veo próspera. Del fenómeno narco sé lo que dicen los medios y la preocupación de la gente por una violencia creciente. En cuanto a comparar la situación con Medellín es imposible. Las circunstancias cambian. Ustedes ya saben de qué se trata este tema. Nosotros no sabíamos qué era la mafia, qué eran los narcos. Eramos ingenuos frente al fenómeno narco. Antes de 1985 Medellin era un pueblo grande, sólo con algunos edifcios. Luego aparece el narco y es tan despampanante el desarrollo económico en edificios y autos de alta gama que nos eclipsa. Nadie imaginaba lo que vendría después, el horror y la estigmatizacion que nos toca cargar.

—¿De qué manera median con las pandillas y cómo garantizan el cumplimiento de los pactos?

—Se negocia con los jefes de cada banda. Hay sacerdotes que hablan con jefes de territorios, otro equipo pastoral habla con los jefes de esos jefes y ahí hacemos una intervención fuerte. Otra alternativa es sacar a los jóvenes de las bandas mediante pactos y códigos de honor. La prioridad es no tocar la población civi. Intentamos trabajar junto a otras organizaciones y ONG's de todo tipo y hasta con la guía de la Convención de Ginebra en guerras declaradas para pactar espacios en los que no debe entrar la violencia: plazas, escuelas, centros de salud y lugares sagrados. En Medellín la Iglesia dialoga mientras el Estado persigue, judicializa y encarcela. Nosotros apostamos al ser humano, le hablamos no al bandido sino al ser humano que él mismo es. Le quitamos el ropaje y la importancia que la sociedad le dio como pandillero. Le preguntamos cómo está, cómo está la familia y no cuántas muertes provocó. Ellos finalmente pactan porque no tenemos ningún interes de carácter político ni económico.

— ¿Se pueden determinar responsables de este fenómeno de violencia y narcocriminalidad?

— Siempre se le echa la culpa al otro: los gobiernos, las iglesias, los medios de comunicación. Pero más que señalar y mirar el tema debo tomar mi responsabilidad ante el hecho. Antes que juzgar la responsabilidad del otro debo observar mi responsabilidad. El primer punto es tomar conciencia y ser responsables: los empresarios, los gobiernos y sobre todo qué hago yo como ciudadano.

— En Colombia, ante el fenómeno Escobar Gaviria y el cártel de Medellín, ¿hubo una ausencia del Estado?

— Más que ausencia del Estado se notó que el terreno estaba abonado por tres movimientos sociales: la guerrilla, la iglesia imbuída de la Teología de la Liberación y los movimientos sindicales. Cada uno planteó la disconformidad con el sistema pero no dio respuestas. Escobar aprovechó ese terreno. En Colombia, a diferencia de otros lugares, los movimientos crearon la conciencia del inconformismo pero no dieron respuestas.

— ¿Cuál es la situación hoy en Medellín?

— Ahora el tema es que las bandas hacen de todo: microtráfico de drogas, extorsión y tráfico de armas. Para combatirlo hicimos procesos en donde se aborda a la persona. Hace unos años en el programa Fuerza Joven planteamos lo sicológico, lo espiritual, el empleo y la reivindicación dentro de la esfera social. Esa es la respuesta.

— ¿De qué manera actúa el narco en relación a la política y la policía en Medellín?

— La relación siempre es conflictiva. En el tiempo de los paramilitares la conexión era directa en muchos casos. Ahora hay más depuración en la relación de la política con esa realidad ilegal. Sin embargo todavía no está curado el sistema del todo

— ¿Se puede tener microtráfico en una ciudad sin tocar a la población civil?

— Sí, se puede. Es difícil, pero de la manera que bajaron los homicidios se comprueba que se puede.

Como dato relevante hay que saber que en Medellín (ciudad con algo más de 3 millones de habitantes) hubo el año pasado 920 muertes violentas, 331 menos que al finalizar 2012. En el contexto de esa histórica bajada que cubrió todo el país (el año pasado cerró con 1.251 menos que en 2012 según el balance de la Policía Nacional), Medellín es la capital que mejores resultados ha obtenido a la hora de reducir las muertes violentas.

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