Policiales

Cuatro ladrones asaltan una parrilla, golpean al dueño y saquean la caja

“Más que el dolor físico, lo que más angustia es la impotencia que siento porque me hayan asaltado cuatro pibes y se hayan ido tranquilamente”, afirma Fernando Ferrer mientras exhibe el golpe que uno de los ladrones le asestó en la cabeza, cerca de la nuca.

Lunes 07 de Enero de 2008

“Más que el dolor físico, lo que más angustia es la impotencia que siento porque me hayan asaltado cuatro pibes y se hayan ido tranquilamente”, afirma Fernando Ferrer mientras exhibe el golpe que uno de los ladrones le asestó en la cabeza, cerca de la nuca. Al mediodía de ayer el comerciante estaba aún dolorido a pesar de que habían transcurrido casi doce horas desde que cuatro muchachos irrumpieron en su parrilla del barrio Alberdi y se llevaron los dos mil pesos de la recaudación, después de inmovilizarlo a él y a los siete empleados que estaban en ese momento. También los trabajadores fueron víctimas de los maleantes: les quitaron el poco dinero que tenían y los teléfonos celulares.
  La parrilla Don Pichón está ubicada en Maciel 493, a pocos metros del cruce con Mazza. Es una construcción de madera, con rasgos coloniales, contigua a una pequeña plaza que en el mapa figura como Plaza Gálvez, aunque es conocida por los vecinos de Alberdi con el peculiar nombre de “plaza De los Locos”.
  A las 2.30 de ayer ya se habían ido los últimos comensales y los mozos entraban las mesas ubicadas en un patio delantero. Detrás de la barra, Ferrer, de 33 años, contaba el dinero de la recaudación y se disponía a pagarles los sueldos a los empleados. Junto a él estaban cuatro mozos, el parrillero y dos ayudantes de cocina.

En el mostrador. Ensimismado en su tarea, el comerciante no distinguió el paso acelerado de dos muchachos que entraron al local. Uno de ellos se dirigió al mostrador. “Dame la guita”, le ordenó el recién llegado mientras lo encañonaba con un arma de fuego. Sorprendido, recién en ese momento, se percató de que había recibido la visita indeseada de ladrones.
  Mientras esto ocurría, el socio del ladrón inmovilizó a los siete empleados. El golpe estaba bien planeado. Otros dos muchachos irrumpieron por la puerta que se conecta con el depósito. Por allí habitualmente ingresan los proveedores. Para Ferrer, los maleantes ya conocían los movimientos del comercio. “El lugar estaba marcado”, señaló el comerciante.
  El dueño de la parrilla y los trabajadores quedaron a merced de los malhechores. “Vamos para atrás”, gritó uno de los ladrones. Las víctimas fueron obligadas a introducirse en la cocina. Un rato después, todos terminaron tirados en el suelo. En ese momento, uno de los ladrones pronunció la frase de rigor. “¿Quién es el encargado?”. Entonces Ferrer se incorporó y le pidieron la recaudación.
  El comerciante regresó a la barra y el ladrón que lo acompañaba miró secamente a la caja registradora. Estaba vacía. Es que Ferrer ya había guardado la plata de la recaudación, unos dos mil pesos, en su billetera. Entonces, la plata fue a parar a manos del maleante.

A patadas. El intruso guardó la billetera en su bolsillo y, sin contar los billetes, le exigió más dinero. “No tengo más”, le dijo el comerciante. La respuesta enardeció al malhechor. Entonces, un culatazo dio de lleno en la cabeza de Ferrer. Quien, aturdido por el golpe, no pudo evitar que lo arrojaran al suelo. “Mientras me pegaban patadas me pedían más plata”, recordó el comerciante.
  En ese momento, los otros dos maleantes despojaban a los empleados de sus pertenencias: dinero y teléfonos de los trabajadores también engrosaron el botín. Diez minutos después, convencidos de que no había más efectivo, los ladrones se marcharon en dos motos que habían dejado estacionadas en la plaza. Pero según el dueño del local recorrieron el trayecto que los separaba de los rodados con parsimonia. “Me llamó la atención que se hayan ido caminando tranquilamente”, comentó el comerciante.

Una saga de robos en lugares de buen comer

Las parrillas y restaurantes suelen ser blanco de robos en banda. Los últimos y más resonantes que se produjeron en Rosario fueron tres. Ocurrieron entre 2003 y la Navidad pasada y en ellos los maleantes se alzaron con botines de 3 mil a 19 mil pesos.
u La noche del 25 de diciembre dos jóvenes ingresaron con armas de fuego a Capri, de San Luis y Rodríguez, cuando cenaban media docena de clientes. Eran casi las 23.30. Los delincuentes no anduvieron con rodeos y sorprendieron a los comensales, entre los cuales había una pareja de turistas italianos y otro grupo de personas llegadas desde Capital Federal.
  Además de los comensales, también estaban tres empleados y el dueño del local. Los maleantes se llevaron unos 3 mil pesos de la recaudación, los celulares de todas las víctimas, un monitor de pantalla plana, dos reproductores de Mp3 y una notebook.
u Otro resonante atraco a una parrilla ocurrió el 19 de enero de 2005 en La Parrillita, de San Martín 4213, en la zona sur de la ciudad. Cerca de las 9 de la mañana sólo se encontraban en el lugar el dueño y tres empleados. El local estaba abierto, pero aún sin clientes.
  A esa hora, el propietario y una empleada comenzaban sus tareas en el local cuando fueron sorprendidos por tres sujetos armados. Cuando la mujer divisó desde el interior del comercio a los tres hombres creyó que eran algunos de sus compañeros de trabajo. Y entonces les franqueó el paso.
  El comerciante y la empleada se percataron de que se habían equivocado cuando vieron los caños de los revólveres apuntando a sus cabezas. “Esto es un asalto”, gritó uno de los intrusos, mientras el socio se daba a la tarea de recoger los dos mil pesos que el dueño del local tenía en uno de sus bolsillos. Los asaltantes dominaron a sus víctimas en pocos minutos y pidieron que les abrieran la caja fuerte desde donde sacaron 17 mil pesos para luego emprender la retirada.
u La parrilla El Establo, de avenida Pellegrini al 1700, también fue escenario de un espectacular asalto. Ocurrió el domingo 30 de noviembre de 2003, a las cuatro de la tarde. Al menos cuatro hombres armados irrumpieron por el sector del estacionamiento y sorprendieron a treinta comensales y clientes. Las víctimas, entre las cuales había niños, fueron encerradas en la cocina del establecimiento y les quitaron billeteras, celulares, relojes y la recaudación del día.

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