POLICIALES

Cuando despedir a un familiar asesinado se transforma en trágica pesadilla

Desde septiembre pasado se produjeron al menos tres ataques, uno de ellos fatal, en velatorios o sepelios de jóvenes acribillados a balazos.

Viernes 23 de Abril de 2021

Que haya muertes violentas en el departamento Rosario ha dejado de ser noticia. Ocurren casi a diario y las cifras, con subes y bajas, se incrementan año a año. Sin embargo, los últimos meses están dejando al desnudo nuevos hechos tan violentos como los mismos asesinatos que le dan origen. Las historias de crímenes no terminan con ellos, sino que tienen un rebote inmediato y tan brutal como los homicidios en sí. Ocurre cuando los deudos de los muertos le dan el último adiós a sus familiares. Pasó el miércoles frente a una cochería de la zona sudoeste cuando estaban velando a Brian Calegaris y dos hombres encapuchados pasaron frente al local en una moto y dispararon con armas de grueso calibre contra la gente que estaba en la puerta. Pasó también el 23 de febrero cuando Marcelo Procopp estaba frente a la puerta del cementerio de Villa Gobernador Gálvez esperando el cortejo que llevaba el cuerpo de su hermano Javier, asesinado a balazos frente a su casa cinco días antes, y recibió una descarga de tiros que terminaron con su vida frente a la necrópolis. Y también el 14 de septiembre de 2020 cuando dos autos pararon frente a las puertas del cementerio La Piedad al terminar el sepelio de Iván Leguizamón, un joven de 24 años asesinado tres días antes en barrio Santa Lucía, y desde su interior descargaron una lluvia de balas. Como consecuencia de ello Leandro R., un primo del joven sepultado, recibió un disparo en la cabeza y quedó gravemente herido.

La tarde del miércoles los familiares y amigos de Brian Calegaris le daban su despedida al muchacho de 28 años asesinado el martes en Biedma y Espinillo en un ataque a tiros perpetrado en Biedma y Espinillo. Estaban reunidos en una cochería de Matienzo al 3300 cuando dos hombres encapuchados y a bordo de una moto pasaron por el lugar y efectuaron al menos cuatro disparos. Ni el padre del joven asesinado ni los empleados de la funeraria se podían explicar ayer los motivos de por qué semejante ataque.

La mañana de ayer unos quince efectivos pertrechados y con escopetas y una decena de patrulleros debieron acompañar el cortejo fúnebre hasta el cementerio La Piedad en resguardo de la familia. Sebastián Calegaris, padre de Brian aseguró a La Capital en medio de sollozos: “No estamos amenazados ni tenemos problemas con nadie. Mi hijo se juntaba con unos pibes del Fonavi y en las calles del barrio se venden drogas, pero Brian era un chico excelente y nosotros somos una familia de trabajadores, nunca estuvimos ligados a eso. No sé por qué balearon la cochería”.

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A su turno, empleados de la funeraria se mostraron “asombrados como todos. No tuvimos ningún tipo de amenazas ni cosas por el estilo. Al momento de los disparos había poca gente dentro del salón por una cuestión de protocolo por la pandemia de Covid como porque llovía demasiado. Cuando se escucharon los impactos la gente se puso mal, lloraron y se preguntaban el por qué del ataque”, aseguraron.

Los pesquisas dijeron que “podría ser un amedrentamiento contra la familia del joven asesinado. Se escucharon al menos cuatro disparos. El auto, un Peugeot 307 de una empleada de la funeraria, recibió solo un balazo y en el frente de la casa fúnebre impactó otro proyectil”.

Inmediatamente después se cerró la casa mortuoria y a los deudos se los invitó a retirarse. “En enero sufrimos un ataque similar. Era un velorio por una muerte violenta, al igual que en este caso, tal vez fue un alerta para la familia. Suele suceder”, admitieron desde la funeraria. “Las empresas fúnebres tienen la obligación de ofrecer el servicio de sepelio, no el velorio, si la persona a velar no tiene recursos. Esto se logró por medio de una acuerdo con el municipio de Rosario”, aseguraron desde la firma.

“No sé que pasa. Mi hijo ya está muerto y no sé por qué lo mataron, me lo sacaron así. Y siguen con estas cosas. No sé si será un problema de la cochería o se confundieron. Ni a mí ni a mis otros dos hijos, que son chiquitos, nos amenazaron. Yo soy camionero y pagué el sepelio sin deberle nada a nadie. No se que pasó”, dijo ayer Sebastián Calegaris.

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Cerca de las 16.30 del martes Brian estaba en la esquina de Biedma y Espinillo cuando desde una moto uno de sus dos ocupantes gatilló contra él. El muchacho fue llevado por su padre al Hospital de Emergencias donde fue operado por dos heridas de arma de fuego, una en el corazón y otra en la axila izquierda. Unos 40 minutos después Brian falleció por la complejidad de las heridas.

“Era un pibito bueno”, fue el comentario en común de los vecinos de Brian, quien creció en esa zona del sudoeste rosarino. También varios coincidieron en la preocupación por el tema drogas, tanto por el consumo en la juventud como por los problemas que surgen a partir de la venta al menudeo en las calles del barrio. “Esto es todo tema drogas, no sé cuál habrá sido el problema ahora. Acá no hay búnker, es todo delivery”, agregó otra vecina.

Cuando lo balearon, Brian estaba sentado junto a su hermano sobre el cordón de la vereda de Espinillo al 3600, a metros de un kiosco. Los comerciantes de ese local dijeron a este diario que escucharon los disparos y al asomarse alcanzaron a ver el momento en el que Brian intentó huir y cayó a los pocos metros. Ahí quedó un escueto charco de sangre.

Los Procopp

El domingo 21 de febrero pasado Javier Alejandro Procopp, de 36 años y ex empleado metalúrgico, estaba sentado frente a su casa de Edison al 800 de Villa Gobernador Gálvez. Entonces apareció una moto con dos personas que se le acercaron y sin que él sospechara de lo que se avecinaba, uno de los motociclistas extrajo un arma de fuego y lo acribilló.

Desde ese mismo momento, con voz resuelta y de mando, Marcelo Daniel Procopp destrabó el temor familiar tras el crimen y contó a La Capital sobre la muerte de la que había sido víctima su hermano Javier. “Yo no vi nada porque no estaba. Había salido a hacer un mandado y la semana pasada estuve de viaje. No sé por donde vendrá lo de mi hermano. Él no se metía con nadie. Era como el más temeroso de andar en la calle por las cosas que pasan y por el Covid. Estaba siempre en mi casa con mis padres”, explicó.

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Tres días después, cuando el propio Marcelo estaba en la puerta del cementerio de Villa Gobernador Gálvez a la espera del cortejo fúnebre que trasladaba el cuerpo de su hermano para ser sepultado, un par de sicarios en dos motos fueron sobre él y lo asesinaron frente a sus parientes con una docena de disparos 9 milímetros. Así, una familia de cinco hermanos fue despedazada.

Los investigadores dijeron que los hermanos Procopp estaba ligada al clan liderado por Luis “Pollo” Basi, un narco de Villa Gobernador Gálvez apresado y condenado por varios delitos.

Frente a La Piedad

El lunes 14 de septiembre la familia de Iván Leguizamón, un joven de 24 años asesinado a balazos tres días antes en Colombres al 1700, había sepultado al muchacho en el cementerio de Provincias Unidas y 27 de Febrero.

Habían pasado pocos minutos del mediodía cuando los allegados al muchacho muerto se agolpaban en la puerta del cementerio, con el acceso restringido por la pandemia. Adentro, los padres y la novia de Iván presenciaban el entierro. Entonces un auto estacionó cerca de la entrada de La Piedad y quien estaba sentado como acompañante bajó y compró un clavel rojo en una florería. Tras ello arremetió a tiros contra los deudos, que casi tiran abajo el portón de la necrópolis desesperados por buscar refugio. Fueron más de veinte balazos que dejaron gravemente herido a Leandro Ezequiel R., de 27 años y pareja de una prima del joven fallecido.

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Leandro R. fue derivado al Hospital de Emergencias donde fue operado y estuvo al borde de la muerte por varios días en terapia intensiva. Además, dos autos estacionados en el lugar fueron baleados.

Según fuentes de la pesquisa, “hubo un montón de disparos de los dos lados”. Y abundaron en que “los dos grupos que se enfrentaron mantendría una disputa por la venta de drogas en la zona donde ocurrió el homicidio”. “Yo no se nada”, dijo el padre de Iván Leguizamón, dueño de uno de los vehículos baleados. Y aseguró no saber si su hijo tenía enemigos.

Lo cierto es que el nivel de violencia en Rosario ya no se limita a las calles de los barrios o las localidades vecinas. También los cementerios, el lugar de la última despedida a las víctimas de esa violencia, se han convertido en escenario de tiroteos que ya se han cobrado una víctima fatal.

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