Domingo 03 de Diciembre de 2023
Como seguramente la mayoría de los colectiveros de Rosario, César Roldán solía trabajar con miedo cuando lo hacía de noche. “Y nunca le había pasado nada en ese turno”, recordaba un tío suyo el domingo a la tarde en la puerta de la cochería donde lo velan sus familiares y más de un centenar de compañeros de trabajo que no pueden entender lo que está pasando. “Y ahora que estaba trabajando de día le viene a pasar esto”, completaba su tío David ante la cámara de un medio porteño, tal como repetían la mayoría de los choferes que ocupaban la cuadra de Córdoba al 2900: “Esto no puede haber pasado de día, es lo más difícil de entender”, decían, palabras más o menos, seguros de conocer los peligros de la noche y atónitos ante una situación que sigue escalando por los peldaños más impensables de las calles rosarinas.
Es que César fue asesinado alrededor de las cuatro de la tarde del sábado en la esquina de Cullen y Eva Perón, una zona donde barrio Belgrano se empieza a fundir con Fisherton hacia el oeste. Estaba al volante del interno 1219 de la línea 116 de la empresa municipal Movi cuando en ese cruce al parecer un chico le hizo una seña para subir a la unidad. No está claro aún si el chofer mantuvo un entredicho con alguien en la parada pero lo cierto es que en ese marco apareció el asesino.
“Desde atrás de la garita aparece otro tipo que le tiró a matar”, relataba un compañero de la víctima en sincro con las versiones que circulan sobre la mecánica del hecho. Y en consonancia con una idea que nadie podría sacarles de la cabeza: al chofer lo mataron porque sí, nadie sabe si para mandar un mensaje de parte de quién a quién, pero no había motivos para matarlo.
Tenebroso
Esa idea tenebrosa respecto del móvil, que remite al crimen de Lorenzo “Jimi” Altamirano para utilizar su cuerpo como un envase del mensaje y su asesinato como un amplificador del hecho, prevalecía este domingo entre quienes investigan el crimen del chofer. La información recabada hasta ayer a la tarde daba cuenta de un hecho perpetrado con el objeto de crear conmoción pública.
El mensaje escrito en una nota que apareció en la escena del hecho no tiene, según el análisis preliminar de los pesquisas, ninguna vinculación con la víctima ni con sus allegados, ni con choferes ni el gremio de los conductores. Más allá de las pistas para esclarecer el caso que puedan contener esas palabras, que a priori se leen —en función de las experiencias recientes— como mensajes entre bandas que mantienen disputas territoriales, asoma claro entre los móviles el de generar un hecho del que hable toda la ciudad. Pero eso sería lo único claro, ya que los elementos colectados no ofrecen ninguna otra pista sobre el motivo: ¿por qué matar de esa manera a una persona que no tiene nada que ver?
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Una pregunta que tal vez no podría responder ni el tirador, un hombre que disparó con bastante certeza al menos siete balazos que perforaron el parabrisa en dirección a la butaca del conductor. César intentó guarecerse yendo hacia la parte trasera del ómnibus pero apenas dio unos pasos y cayó agonizante detrás del asiento. De los balazos recibidos, disparados desde el piso y no desde un vehículo en movimiento, uno en el cráneo terminó con su vida.
Antes de escapar —alguien refirió haberlos vistos huir en bicicleta— los asesinos dejaron una nota escrita en tono amenazante en la que se menciona a una persona y está firmada por un grupito, modalidad que se está convirtiendo en habitual en esta espiral de violencia demencial que asuela a la ciudad. Del primer análisis no surge, según varias fuentes allegadas a la investigación, nada que pueda vincularse con la víctima ni con su entorno.
“No hay ningún hecho que nos permita identificar al chofer en alguna cuestión ilícita, es una persona sin antecedentes penales y con ninguna vinculación al delito. Esto es importante destacarlo a esta hora”, decía ayer a la mañana el ministro de Seguridad de la provincia, Claudio Brilloni. Sobre la nota hallada en la escena, el funcionario sostuvo: “Tiene un texto claro sobre el cual estamos trabajando. Se nombran personas. Tenemos alguna información además respecto de las disputas que puede implicar. Tenemos un direccionamiento de la nota propia de lo que la nota pueda estar implicando en cuanto a personas. Las personas que se vinculan son del narcomenudeo urbano. Es semejante en este sentido a otras notas dejadas en el pasado que implican disputas. Esta parece no ser la excepción”.
La información generada por la pesquisa habría originado una serie de allanamientos que no fueron confirmados por el vocero judicial consultado, más partidario de manejar las novedades con reserva. Esa línea apuntaría a enfrentamientos entre líderes de gavillas de narcomenudeo y obviedades por el estilo sobre las cuales se sabrá —o no— en las próximas horas.
Tampoco se descartaba anoche la posible vinculación de este atentado con el crimen de Elías Gabriel Merlo, un muchacho de 30 años asesinado de varios balazos pasadas las 19 del sábado en Garibaldi y Ayacucho. La cercanía en el tiempo y un posible contexto de narcomenudeo en este caso —lo ejecutaron violentamente cerca de un búnker de drogas como a centenares de personas que matan en Rosario en los últimos años— ya son datos que en principio los conectan solo por eso. También serán las próximas horas lo que despeje o no vínculos entre ambos asesinatos.
Nada será igual
De 43 años, Roldán tenía dos hijos de 9 y 11 que ayer a la tarde lo seguían llorándolo junto con su esposa Belén, y todos los que lo recordarán como un gran padre, hijo, esposo, amigo y compañero. Como si fuera poco tanto dolor, la perversidad que se viene adueñando de Rosario hizo que la familia sintiera que tenía que aclarar —en tal sentido difundieron un escrito la mañana del domingo— que el muchacho fue una víctima a quien mataron sin motivo. Luego su tío pidió ante la televisión que dejaran de hacer circular imágenes en las que se veía el cuerpo del trabajador asesinado.
Porque entre las cosas que están claras de este hecho por ahora inexplicable es que el sábado asesinaron sin motivos a un empleado de un servicio público que estaba trabajando. Que, como decía uno de sus compañeros frente a la cochería, “salió a laburar y no volvió”. Hablaba de César y también de él, que cuando el gremio levante la medida de fuerza tendrá que volver a sentarse al volante de un 116. “¿Qué estábamos esperando? ¿Que hubiera un muerto?”, se lamentaba otro sin saber qué hacer.
“Lo veíamos desde afuera, como se suelen mirar estas cosas, nunca pensamos que podría pasar algo así”, repetían algunos colectiveros mientras intentaba digerir la idea de que sus vidas han cambiado con el asesinato absurdo de uno de ellos. Convencidos de que César podría haber sido cualquiera de ellos. Y abrumados por la idea de que el peligro ya no solo acecha en horas y lugares extremos ni solo en manos de asaltantes más o menos voraces.
“Eran las tres y media de la tarde, había más de diez pasajeros, gente en la calle. No puede ser que haya pasado esto”, murmuraba un veterano chofer, como buscando respuesta a la siguiente pregunta: “Cómo volvemos a sentarnos ahí después de esto”, en alusión a la butaca donde pasan tantas horas de sus vidas. Por lo pronto, se avizora —también en función de las experiencias recientes— que habrá de seguir negando la realidad, hasta ahora el único atajo que los rosarinos están encontrando para poder seguir viviendo en esta ciudad donde la sociedad se partió hace tiempo y nadie sabe cómo leer la historia que se escribe día a día.