Policiales

Cómo fue la investigación que llevó a descifrar el crimen de un psicólogo

El teléfono de la víctima, un perfil de Facebook, fotos de familia y una recorrida para dar con una casa. Todas piezas de un solo rompecabezas.

Lunes 23 de Marzo de 2020

Un llamado al 911, un departamento de edificio de Moreno 365 envuelto en llamas y el cuerpo de un psicólogo asesinado con 34 puñaladas envuelto en una frazada. Esos fueron los escasos datos con los que la Brigada Operativa del fiscal de Homicidios Dolosos Miguel Moreno comenzó a trabajar la tarde del jueves 6 de abril de 2017 para esclarecer uno de los tantos crímenes que ocurren en la ciudad. Una investigación de laboratorio que se prolongó por ocho meses hasta que Miguel Angel "Tota" Sosa fue detenido en su casa de Villa Gobernador Gálvez. El hombre fue condenado la semana pasada a 30 años de prisión como autor de homicidio simple a pesar de que el fiscal había pedido para él la figura de homicidio calificado por alevosía y cometido por medio idóneo para crear peligro común en concurso ideal con incendio agravado.

Rosario es una ciudad que con los años acostumbró su mirada al asesinato sicario por sobre cualquier otro tipo de homicidio. Ese en el cual quien mata lo hace dejando expuesto su fin. Un crimen donde el asesino recibe un pago o lucra consiguiendo un cartel que le sirve en su recorrido por el hampa. Homicidios en el que el odio queda en segundo plano. Esos asesinatos llevan un mensaje decodificable para el que está inmerso en ese mundillo de violencia callejera y narcocriminalidad.

Pero el crimen del psicólogo Daniel Javier Santana estuvo por fuera de ese contexto. Fue asesinado entre cuatro paredes por una pareja ocasional que trató de cubrir sus huellas incendiando el departamento. Cuando eso sucedió, la víctima aún vivía, agonizaba. Fue un homicidio sin testigos directos.

Un solo encuentro

Mucho se habla y se hablará sobre la formación y capacitación policial, pero en ese rebaño identificado por la generalidad existen hombres y mujeres que desafían el prejuicio en base a trabajo a destajo sin más premio que la palmada en la espalda. La Brigada Operativa del fiscal Moreno trabajó al borde de la obsesión en una investigación desde la nada.

Según la acusación, Santana y Sosa se vieron por primera y única vez la tarde del 6 de abril de 2017. Sosa era un ex convicto que había recuperado la libertad en 2011 tras pagar una condena por un homicidio cometido con arma de fuego y que trabajaba de operario en una empresa de limpieza de edificios. Santana, por su parte, era un psicólogo que realizaba exámenes preocupacionales para empresas.

Lo que pasó la tarde del crimen, entre las 18.21 y las 18.57, marcaría la vida de uno y la muerte del otro. A lo largo de la investigación el fiscal Moreno pudo conocer los movimientos de la vida íntima del psicólogo que lo ayudaron a comprender la dinámica de su asesinato. Así supo que Santana era homosexual activo. El año anterior había roto una relación de pareja de 15 años con Mauro, cuyo testimonio fue vital para entender la vida íntima de la víctima. Un hombre que no pasaba por su mejor momento económico.

El cuerpo de Santana, que fue encontrado quemado, exponía golpes y 34 puñaladas: siete le habían perforado la pleura, tres uno de sus pulmones y otras tres lo habían herido en el cuello. Cortes profundos que lo podrían haber matado (homicidio calificado por alevosía y cometido por medio idóneo para crear peligro común en concurso ideal con incendio agravado), aunque la causal de muerte no fueron esas heridas sino el hollín que aspiró en su agonía (homicidio simple). Santana había sido abusado carnalmente antes de morir y la escena de su crimen marcaba indicios de una pelea. Al fallecer tenía rastros de tener puesto un condón y de su cuerpo pudieron extraerse muestras seminales que el calor invalidó para ser peritadas.

Un elemento que primero desconcertó a los pesquisas y luego los orientó hacia el móvil del crimen. La víctima era homosexual activo, un elemento que tiene que haber desconcertado a Sosa en aquel primer y último encuentro. La teoría del caso es que Santana fue mortalmente apuñalado al tiempo que era abusado. Su victimario estuvo a un paso de dar el golpe perfecto, un termino que disgusta a los investigadores. Antes de generar el incendio lavó el cuchillo con el que había herido de muerte a Santana. Pero el arma dio positivo a la pericia de Luminol y en la escena del crimen dejó el celular de la víctima, que estaba en un placard empotrado en el living comedor del departamento.

Un teléfono, un nombre

Ese fue un primer golpe de suerte para los investigadores. Pero efímero. Cuando estaban extrayendo información del celular, el aparato dejó de funcionar. Lo único que pudieron recabar fue que el asesino estaba agendado como "Miguel". Los pesquisas tenían una videofilmación de una casa lindera en la que podía verse llegar a Miguel en una moto Motomel 150 sin patente, portando un casco con el número 22 en la nuca y líneas refractarias. Originalmente la grabación tenía media hora, pero a la Fiscalía llegaron sólo 15 minutos. Los restantes habían sido borrados accidentalmente por el dueño de casa.

Así los pesquisas tenían al principal sospechoso llegando al edificio donde vivía Santana a las 18.21. Pero la filmación se cortó a las 18.42. Lo tenían ingresando pero no en el momento en el que se retiraba.

Los peritos criminalísticos de Fiscalía ingresaron el número agendado a un sistema para ver si estaba asociado a alguna red social. Así llegaron al Facebook de Miguel Sosa, que estaba prácticamente inactivo, sin fotos y con pocos amigos para consultar. Pero un "me gusta" en una foto llevó a los pesquisas hacia el hermano del hombre buscado. Y en su perfil una foto de familia: "Acá con mi hermano Miguel y mi hija, comiendo algo". Hasta ese momento los investigadores y el fiscal tenían un rostro en una foto sin poder cotejarla con otro elemento.

En el perfil del hermano de Miguel Sosa dieron con otra foto del hombre parado frente a una vivienda tipo Fonavi. Uno de los integrantes de la Brigada pidió hacer horas extras en el Comando Radioeléctrico para patrullar por barrio Ludueña, en donde vivió. Así se concentraron en el Fonavi de Solís y la vía, a metros de la comisaría 12ª. Mirando las casas con detenimiento dieron con un negocio en el que estaba parado el hermano de Miguel Sosa. Era la casa de la foto. A partir de ese momento la investigación se encausó. Habían pasado poco más de cuatro meses.

Con la certeza que les dio haber encontrado al hermano de Miguel pudieron obtener otro dato para ir confirmando sospechas. Los nombres de los padres. Un dato no menor ya que el sistema de búsqueda Cóndor permite conocer, a partir de los datos maternos y paternos, si alguno de sus descendientes tienen o tuvieron condenas. Así se supo que Miguel Sosa tenía una condena por homicidio (había sido penado en 2004 por el crimen de José Luis Vallejos, de 32 años, baleado tres años antes en un potrero de Campbell y Juan José Paso), una privación ilegítima de la libertad y un robo calificado. Por esos días Sosa había sido demorado por una averiguación de antecedentes en la seccional 26ª. Ese incidente les dio a los brigadistas un barrio donde buscar: Las Palmeras, en Villa Gobernador Gálvez. Así saltó que vivía en Los Paraísos al 400.

Un golpe de suerte

Las piezas del rompecabezas investigativo se iban acomodando, pero aún no aparecía el hombre y el peligro de una filtración que permitiera su fuga era un riesgo que aumentaba al mismo ritmo que el cerco se iba cerrando. Cuando comenzaron a realizar tareas de inteligencia dieron con que Miguel Sosa tenía 40 años, era un hombre de familia, con una esposa profesional en medicina, dos hijos adultos y nietos.

Mientras lo observaban vieron que Sosa no utilizaba su moto Motomel 150 y tampoco el casco negro con el número 22. ¿Qué había hecho con la moto? ¿La había vendido?

Como en la vida, la investigación necesitó de un golpe de suerte. Y eso estuvo dado cuando un agente de otra área de la ex Policía de Investigaciones (PDI) pudo estar lo suficientemente cerca de Sosa como para comprobar que se trataba del buscado, que aún tenía la Motomel y el casco con el 22. La orden de allanamiento fue rubricada por un juez de Garantías el 6 de diciembre de 2017, ocho meses después del asesinato. Sosa fue apresado, le secuestraron una moto 150 negra y un casco del mismo color con el número 22.

A los investigadores les quedó la íntima convicción de que la tarde del crimen el asesino miraba como el fuego devoraba evidencia. A lo largo del proceso nunca declaró. Ni aún cuando el fiscal pidió para él la prisión perpetua. Ahora fue condenado a 30 años de cárcel, sentencia que aún no esta firme y será apelada al menos por el fiscal Moreno.

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