Policiales

Breve historia de un pibe asesinado de un tiro cuando quería cambiar

Roque Fernández tenía 20 años y tres hijos. Según su familia alguien se equivocó con él el lunes pasado. De chico había tenido dos antedecentes, pero se estaba esforzando para salir adelante.

Domingo 11 de Septiembre de 2011

“Alguien se equivocó con él. Fue a comprar y esa zona es peligrosa. Acá estamos rodeados de todo eso. Pero yo quiero decir que la policía sabe todo. Para ellos es más fácil decir que fue un ajuste de cuentas, pero mi familia vive del trabajo, no somos gente que vende (droga), reduce (objetos robados) o vive a los tiros todas las noches. ¿O porque vivimos en la villa nos quieren meter a todos en el mismo problema?”. Carmen Aguilera no se quiebra. Será que aún no puede llorar a su cuarto hijo, Roque Fernández, el pibe de 20 años y tres hijos que el lunes a la noche cayó muerto de un balazo en Presidente Quintana al 100 bis, una oscura cuadra de Tablada.

  En principio la policía enmarcó el hecho en un “ajuste de cuentas”. Se basó, entre otras cosas, en los antecedentes de la víctima. Sin embargo, su familia negó lo abultado de esa foja oficial —especialmente dos condenas que, “por su edad, no podría haber recibido”— y enfatizó que desde hacía un par de años Roque se estaba “rescatando”. Eso fue corroborado por vecinos y referentes del barrio que se sumaron al reclamo de que todo se esclarezca y no engrose las estadísticas de ajustes que no distinguen víctimas de victimarios.

Media hora. “Me dijo «mami, necesito (plata) para ir a cargar mañana al mercado». Le dije que no, «vení mañana, a eso de las 12.30, que mamá te va a dar». El compraba un día pimientos, un día limones, frutillas y después a la tarde paqueteaba. Cenó conmigo y se fue. El vive (sic) acá cerca, en Biedma y Beruti. Me dijo «le voy a llevar gelatina y yogur a las nenas y me voy a acostar»”. Cuando Carmen reconstruye la última charla con su hijo, la mezcla de tiempos verbales da cuenta de que la ficha de su muerte aún no cayó. Ni para ella ni para el resto de su familia y vecinos que se refieren a Roque en presente, mientras comparten el duelo en la humilde vivienda de Convención al 3700, donde comienza uno de los tantos pasillos de ese sector de Tablada al este de Grandoli.

  “Cuando llegó a la casa, me contó mi nuera, ella lo estaba esperando para comer. Pero él le dijo «ahora vengo». Y se fue a comprar faso (marihuana) para dormir. Si no, no dormía”, recuerda Carmen en referencia a “ese veneno” al que le adjudica los problemas que su hijo había tenido de adolescente y que, de modo tangencial, le tenía tendida una última trampa fatal.

  “A los 10, 15 minutos —sigue la mujer— mi nuera escuchó unos tiros y pensó «uy, a quién le habrán tirado». No podía creer que fuera a él. Al rato vino una nenita corriendo y me dijo que mi hijo estaba ahí, tirado. «No puede ser», le dije, «si hace media hora estaba acá». Me visto y voy a ver. Era mi hijo con un tiro en la espalda”.

Sin problemas. Quienes dicen en el barrio que Roque “no tenía problemas con nadie” esbozan un argumento: la cuadra donde lo asesinaron es demasiado peligrosa a la noche para caminar desarmado, como él iba. Su familia y algunos vecinos coincidieron en que él andaba “tranquilo” por Tablada.

  “Si hubiese tenido un problema con alguien yo lo habría sabido porque me contaba todo”, asegura Carmen, y remarca: “A mí en el barrio me conocen todos y alguien me habría advertido si Roque tenía un problema. Porque acá si alguien tiene que decirte «te voy a matar a tu hijo, viene y te lo dice»”.

  Es por eso que la versión del ajuste de cuentas no convence a la familia, que mostró su bronca por los antecedentes que la policía dio a conocer sobre Roque negando que haya sido condenado dos veces y que en su prontuario figuraran diez delitos.

  “Tuvo sólo dos antecedentes cuando era menor. Uno fue grave, cuando cayó con un arma, creo que un cuchillo. Lo de las condenas no es cierto. Estuvo un día en el Irar, pero cuando se juntó con esta chica (su última pareja) y tuvo los hijos, salió de todo”.

Como perro. Roque tenía tres hijos aunque era padre de dos de ellos: una nena de 3 años y un bebé de 14 meses. La más grande, de 4, era hija de su pareja y él planeaba darle su apellido. Quienes lo conocían coinciden en que la paternidad lo había cambiado y parecía haber dejado atrás una adolescencia difícil —marca registrada para muchos pibes en Tablada— y por momentos tormentosa.

  “Tuvimos que internarlo en Santo Tomé por la droga”, revela su hermana Rita, de 29 años, la mayor de los cinco hijos de Carmen. Y recuerda dos intentos de suicidio, “uno con pastillas y otro con una puñalada en el abdomen”. Pero más allá de esos problemas que atribuyen a la droga, la familia niega que su adicción lo convirtiera en un delincuente.

  “De mayor yo no tuve más un problema con él”, afirma la mamá, y defiende férreamente la memoria de su hijo. “La casita que tenía, las zapatillas, la ropa, todo lo que mi hijo tenía salió de la verdura que vendía, de mi trabajo en un geriátrico, del de su hermana en un sanatorio, del trabajo de mi yerno. Y tengo un hijo con problemas psiquiátricos que recibe una pensión de 700 pesos y con eso colabora para ayudar a sus hermanos. No puede ser que porque vivimos en la villa nos quieran ensuciar así”.

  “¿Qué queda para mí? —prosigue la mujer—. A mi hijo me lo mataron como a un perro, que al menos digan cómo fue. Dicen ajuste de cuentas para no decir quién lo mató y así esto termina en la nada. Pero en la comisaría 16ª saben todo. Estamos rodeados de todo esto, pero nosotros no somos transeros por vivir acá. Si mi hijo fuera un transero no va a vivir como vive” (sic).

  Para Carmen, el esclarecimiento del crimen de Roque servirá para aclarar que no fue un problema entre delincuentes. “Cuando se encuentre al culpable mi hijo va a descansar en paz. Que la policía se haga cargo de resolver esto, yo tengo más hjios, nietos, y ahora tres chiquitos más para ayudar”, dice. Su voz suena firme y dolorosa. Pero ella no llora, no se quiebra.

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