Martes 27 de Octubre de 2009
“Vos sos rati: no hagas nada y dame tu pistola”, fue la intimidación que recibió el
subcomisario Timoteo Aranda, subjefe de la comisaría 10ª, el domingo a la noche, de boca de uno de
los tres maleantes que irrumpieron en una parrilla del barrio Sarmiento mientras cenaba con su
esposa. El oficial no fue la única víctima del atraco. También a los 50 clientes que estaban en el
local los intrusos les robaron el efectivo y los teléfonos celulares que tenían encima.
El atraco ocurrió en la parrilla El Parral, un coqueto local situado en
el cruce de Sorrento y Mazza, enfrente del club Argentino. El negocio tiene un patio con mesas bajo
una pérgola cerrada con hojas de enredadera. Cerca de las 22 del domingo, el subcomisario Aranda
finalizó su trabajo en la seccional 10ª luego de concretar los últimos trámites de rutina, entre
ellos la requisa de los presos alojados en esa comisaría.
Aranda se encontró con su esposa y fueron al restaurante El Parral. Se
sentaron en una de las mesas. Entre los comensales estaba Piero Sommadossi, un comerciante de 44
años del rubro gastronómico. Lo acompañaba su esposa y sus dos hijas de 7 y 11 años.
A las 22.30, unos 50 clientes le entraban de lleno a sus platos cuando
tres hombres armados con revólveres llegaron al local. Sommadossi contó que los malhechores se
movieron con rapidez y movimientos bien coordinados. Uno de los ladrones se quedó en la puerta del
local oficiando de campana mientras que los otros dos ingresaron al local. Una vez adentro, uno de
los asaltantes, un muchacho de unos 27 años, se ubicó en el centro y su socio —un hombre de
unos 40 años— en uno de los extremos.
Entonces se dividieron las tareas previstas. El intruso más joven que
parecía “asustado” encañonaba a los parroquianos con un revólver mientras que el otro
maleante comenzó a barrer las mesas levantando las pertenencias de los clientes. “Tírense al
suelo, solamente queremos la plata”, exclamó el recién llegado. El subcomisario Aranda
también debió arrojarse al piso.
La duda. La situación le impuso una dramática duda al oficial: ¿Qué hacer con el
arma? Primero creyó oportuno sacar la pistola 9 milímetros reglamentaria, pero entrevió en un
instante que esa conducta podría colocar en riesgo la vida de los comensales. “No esgrimió el
arma para evitar que alguien salga dañado”, explicó el comisario Sergio Santayana, jefe de la
comisaría 10ª, que controla la zona donde ocurrió el suceso.
Uno a uno, el ladrón fue despojando a los clientes de las billeteras y
los teléfonos celulares. Cuando el malhechor estuvo frente al oficial Aranda —no tenía el
uniforme— no dudó en reconocerlo. “Vos sos rati. Quedate tranquilo y dame tu
pistola”, le ordenó el asaltante. El policía le entregó el arma sin brusquedad. En ese
momento se dio cuenta de que la voz y el rostro del ladrón le eran familiares. Y enseguida recordó
que el maleante había estado detenido en dos oportunidades en la comisaría 10ª por robos a mano
armada.
Uno de los momentos de mayor tensión se vivió cuando un cliente sacó su
billetera y quiso entregarle parte del dinero que tenía. La respuesta del ladrón fue cruenta.
“No te hagás el vivo”, le dijo mientras le asestaba un culatazo en la cabeza y le
quitaba la billetera.
La recaudación. Los ladrones vaciaron los bolsillos de todos los parroquianos pero
no se conformaron con el botín. Por eso, uno de los malhechores se acercó a uno de los mozos y le
pidió la recaudación del comercio. Entonces, el maleante fue a la caja y recogió unos mil pesos.
Tras diez minutos el atraco llegó a su fin. Los tres ladrones escaparon
corriendo por Víctor Mercante y el subcomisario Aranda salió tras sus pasos, pero los asaltantes ya
se habían esfumado.