Domingo 19 de Abril de 2020
Los hechos que convirtieron en intocable a Andrés “Pillín” Bracamonte se extienden más allá de las tribunas de Rosario Central o las instalaciones del club y, aunque muy llamativos, no le implicaron más que la molestia de la divulgación pública. Siempre tuvo la cualidad de mantenerse cerca de dos de los más importantes grupos criminales de la ciudad, enemigos entre sí, en los momentos de desgracia de sus jefes y eso también le permitió crecer.
En mayo de 2013 “Pillín” se acantonó como un centinela y durante varias horas frente al féretro de Claudio “Pájaro” Cantero, el líder de Los Monos asesinado a balazos, en el velatorio realizado en la casa familiar de calle Caña de Ámbar, en el barrio La Granada.
Según los informes de inteligencia policiales “Pillín” compraba a los Cantero seguridad, un respaldo que lo volvió autoridad indiscutible en las tribunas de Arroyito, aunque luego adquirió el rango de socio de la familia de la zona sur de la ciudad. La relación perduró y dos años después estuvo en el cumpleaños de una hermana de “Pájaro” celebrado en Punta Barranca, sentado en la mesa principal de la familia junto a “Monchi” Cantero y Daniel “Chamala” Vázquez, entonces referente de la barra de Newell’s y hoy procesado por lavar dinero de los Cantero.
En ese mismo año 2015 la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) detectó que “Pillín” visitaba en la cárcel bonaerense de Urdampilleta al detenido Esteban “Lindor” Alvarado, actualmente preso y procesado por conducir una asociación ilícita dedicada a la comisión de varios delitos y que desviaba fondos ilícitos en una serie de empresas legales. Así se informó a la Justicia federal de Rosario mediante informes de la PSA en los que constaba que Alvarado estaba ligado a la comercialización de drogas y lo señalaban como socio del asesinado empresario Luis Medina. No hubo jamás nada que imputarle a Bracamonte relativo a esos delitos. Sus investigadores sólo anotaron el rasgo chillón de que mantuviera relaciones tan estrechas con las dos organizaciones criminales más fuertes de la ciudad.
La tribuna y algo más
En 2002, cuando se erigió como jefe de la barra brava canalla tras desplazar a Juan Carlos “Chapero” Bustos, “Pillín” no había cumplido 25 años. Para consolidarse al frente de “Los guerreros del infierno” quedó mencionado, no más que eso, en varios ataques a balazos y delitos contra la vida. Uno de ellos contra el hijo de Elvio “Cato” Molaro, un ex recluso del que siempre aseguró ser ajeno.
Hacia 2010 Bracamonte había afirmado su predominio indiscutido. Se lo veía más por el club “La Carpita” de Junín e Iguazú, donde explotaba la cantina, que en la sede de Rosario Central. Pero su expansión económica procedía de su capacidad de garantizar el orden en las tribunas a cambio de beneficios de la explotación de espacios del club. Primero en las instalaciones como cantinas y el estacionamiento del estadio, luego el cuidado de los autos dejados en cercanías de la cancha los días de partidos, la seguridad en los recitales, la venta de banderas y merchandising de cada uno de los puestos ubicados en las adyacencias del Gigante, las 700 a mil entradas recibidas para los encuentros de local, y el control de los micros en los viajes cuando había que jugar de visitante. Además de una retribución no escrita a la manera de un sueldo informal sin asiento en ningún lado.
Un verdadero CEO
Pero uno de los mayores negocios, derivado de un carisma y un don de autoridad que no cualquiera construye, fue el manejo como representante de los jugadores de inferiores en base a su capacidad de gerenciar por su propio peso en el club y a las dificultades de cualquier padre con aspiraciones de elegir a otro intermediario.
“«Pillín» es un CEO del club, un tipo que no necesita enojarse ni levantar la voz para imponerse, su autoridad es como un iceberg, todo lo que hay debajo es lo menos visible pero lo que más se siente”, dijo bajo reserva un ex dirigente centralista. También señaló el dilema frente al cual los colocaba la supremacía de su liderazgo. Negociar con él implicaba satisfacer sus movimientos en el club pero con la apreciada garantía de una gobernabilidad tranquila. Y aceptar que la barra brava es un factor de poder del que depende la tranquilidad institucional.