Pese a la ayuda, la sequía del norte ofrece una postal de la desolación
Se perdieron ya 150 mil cabezas de ganado y hay 500 mil vacas que no tendrán crías. El agua llega con cuentagotas y no hay aportes que alcancen. La provincia ya puso casi 20 millones de pesos por la crisis y la Nación estará adelantando fondos por 6 millones, pero la lluvia no entiende de plata. Cómo lo viven los lugareños...

Domingo 24 de Agosto de 2008

Enviado especial.— Una cadena de nombres es la lista de la sed: Fortín Olmos, Garabato, Intiyaco, Golondrina, laguna La Tigra, Los Amores. En esas poblaciones que en el viejo Manual Santafesino figuraban como "la importante cuña boscosa" viven pocos santafesinos, no más de 55 mil en el departamento Vera, el más afectado. Los otros son 9 de Julio, San Javier y General Obligado. Allí se perdieron este año unas 150 mil cabezas de ganado, en unas 5 millones de hectáreas en las que en las que no llueve ni hay sombra. Y 500 mil vacas no tendrán crías. La provincia ya puso casi 20 millones de pesos por la crisis y la Nación estará adelantando fondos por 6 millones, pero la lluvia no entiende de plata.

A las poblaciones de la cuña, que no tienen más de 2 mil habitantes cada una, les llega agua con camiones desde Reconquista, lo que para ellos es "el gobierno". La palabra mágica es Santa Fe, si se resolvió en la capital es ley. Pero no todo se resuelve en la capital y a veces se resuelve dudosamente.

"¿Sabe cuánto se gasta en un camión cisterna por semana?: 1.800 pesos. Arreglar la bomba de la planta potabilizadora y un par de trabajos más no pasa de los mil", dice un vecino de Los Amores, un pueblito que linda con el Chaco. Omar Walker, el jefe comunal, no se queja: "La provincia nos abastece, el pueblo no está tan mal. Lo que está mal es la ganadería".

Escasez. El camino de la cuña es triste. Del quebracho no quedó nada y los algarrobos son bajos. La gente trabaja el campo, tiene algunas vacas o hace carbón de la escasa madera.

Al oeste de Fortín Olmos empieza "la fuerte seca". Lo que antes era verde y esteros ahora es tierra. "La vaca se quiere ir. A buscar agua quiere, pero le enchufamos el boyero pa´ que no salga", explica Varela, un gaucho petiso y viejo que hace 10 años está ahí, pero que a los 64 años y su trajinado cuerpo desles parecen una eternidad.

Vive a un costado de la laguna La Tigra. Hace ocho años ese era el lugar para "el sábado y el domingo, ¿vio?". Se cazaban patos y había pesca. Hoy sólo se ven un inmenso desierto y caracoles sobre el barro seco.

Spontón es gordo y joven, la boina le tapa el pelo lacio. Tiene las manos anchas y la cara colorada. Poseía 500 cabezas hace un año, le quedan 300. "Esto era el paraíso, no sabe", dice.

Una vaca buena vale entre 900 y mil pesos. Las venden siempre, "es un cheque al portador", cuenta Tati Aguirre, un baqueano involuntario de la cuña. Un mediano chacarero puede tener 300 cabezas, unos 200 mil pesos de los que vive al llegar la parición. Zunini tenía eso y está preocupado. Ahora lleva dos veces por día agua en un tanque a sus vacas, perdió cerca de 140 animales. Spontón no verá 200 mil pesos, Zunini, 140 mil. Las vacas salvadas, además, no tendrán terneros.

En los célebres Bajos Submeridionales, que es el centro de la sequía, todo era agua. En 1998 los lechos vacíos eran caudalosos arroyos y lagunas. "Pero hicieron los canales anchos. Cuando cae el agua se va, no queda nada en el campo", dice Aguirre.

La gente se robó los malacates y el agua no se detiene. "La sacaron, no hay más verde y vino la seca", aporta un improvisado gaucho ecologista.

El tema de los canales se repite a lo ancho de los antiguos esteros. Es posible que se hayan querido ganar los terrenos para agricultura. Son muchas hectáreas y es un buen negocio. Los dueños de la tierra no son de estos lugares. Viven en Asunción del Paraguay, Corrientes, en Buenos Aires o en Roma o Madrid. Otros son de Reconquista, Santa Fe o Vera, esos son los que están acá acarreando agua o trasladaron su hacienda.
   Es admirado el campo de Gabriel Batistuta. “El no tiene problemas, construye represas, perfora, tiene plata, pero en una aguada que tiene hay como 30 yacarés muertos”, dice Zavala, un mísero habitante del paraje 101.
  La sobrina de Zavala, Ester, nació y se crió allí. “Nos mandan un bidón de 10 litros a la semana por familia, nosotros somos ocho y los que viven en el pueblo, unos 300” cuenta. “Al principio nos llenaban el aljibe de la escuela y acarreábamos. La provincia no quería llenar la red, pero ahora sí la llenan y tenemos agua, poca pero hay”.
  
De La Forestal. En la laguna La Loca sucedió algo impensado; “encontraron agua en un pozo apuntalado. Era de La Forestal, fíjese, es increíble”, cuenta un empleado comunal. La Forestal cerró hace 60 años “y nunca nadie hizo otro pozo”, dice el hombre, pausado.
  El camino es un mejorado, antes había mosquitos y hacía frío en invierno. Los mosquitos y la baja temperatura se fueron. Se conserva el fuerte calor del verano, pero este verano y el anterior no hubo sombra, ni agua en los esteros, ni cañas, ni risas. Es marrón y polvo, y lo poco que llueve “no sirve”.
  En Intiyaco hay un jefe comunal joven, Walter Villaba. En su casa de baldosones y paredes descascaradas explica algo que ve todos los días. “Estamos a 70 kilómetros del Paraná. ¿Cómo es que no tenemos agua?. Hay que hacer canales, como en Mendoza o Río Negro”, y hace un esquema en el que traza cotas, líneas, puntos y leyes físicas. Al fin del croquis el agua entra a borbotones. Es casi ingeniero y sabe de lógica y sentido común. “Vos decís esto en Hidráulica y te miran. Tampoco la gente de por acá hizo mucho” dice. En su comuna hay dos represas, da agua a la zona y los pobladores reciben cuatro horas de agua por día, el promedio en otros lugares es una no llega a dos horas.
  
“Esto era vida”. Más complicado es en Los Amores. “Esto era vida. En verano yo ni vengo”, dice Locatelli, un norteño que vino a “civilizar”.
  El camino hacia un campo que perdió mil cabezas es árido. Salguero, un puestero de sombrero de ala ancha y no más de 25 años muestra las vacas muertas, a 1.500 metros de un campo comunal. “Llegan muertos de sed, toman y caen”, grafica.
  El olor es insoportable, la imagen recuerda un campo de batalla del 1800. Los animales mugen, se pudren o esperan la muerte, instalada en los picos de los chimangos. El agua es amarga y salitrosa, como la vida para estos hombres que tienen sus familias lejos y que saben de embolsar orejas “para el patrón”.