Un rosarino atrapado en el infierno de Guayaquil cuenta que la solidaridad lo ayudó a subsistir
Gio Scotto quedó librado a su suerte en la ciudad ecuatoriana azotada por el coronavirus. "No me preocupa cuándo vuelvo, sino cómo hago para vivir", contó. Asegura que desde el consulado argentino más que tranquilizarlo lo "preocuparon más".

Viernes 03 de Abril de 2020

Gio Ezequiel Scotto es rosarino y está atrapado en Guayaquil, ciudad ecuatoriana en la que la pandemia hace estragos. Lo que era un viaje de placer derivó en el viaje de la desolación. Del abandono por parte de la diplomacia argentina y de la búsqueda desesperada de una salida que todavía no aparece. En el mientras tanto el joven de 26 años encontró un puñado de solidaridad para poder subsistir en un derrotero atravesado por la depresión, el miedo y la compañía circunstancial de dos bonaerenses, Eduardo y Jhonatan, quienes también habitan los espacios desolados de esa ciudad. "Esto es un infierno, y resistimos por los mensajes de nuestras familias. Ahora ya no me preocupa cuánto tiempo más voy a estar aquí, sino cómo lo voy a vivir", sentenció.

El tono con el que Gio narra este capítulo de su vida transmite con claridad meridiana la angustia y la impotencia que lo invade. "Me vine a Ecuador el 27 de febrero a pasear, en esa época no había ninguna restricción ni advertencia, es decir que vine cuando el coronavirus era una cuestión lejana, de China. Pero a la recorrida por este país la interrumpí luego de unos días para venirme a Guayaquil, en virtud de que es una ciudad con un aeropuerto de magnitud para volver. Cuando llego las autoridades cierran las fronteras y el aeropuerto, y enseguida con la gente que estábamos en el hostel nos dimos cuenta que nos íbamos a quedar un tiempito más", describe.

-¿Gestionaste tu aéreo de regreso?-

- Sí, hablamos a Latam pero cancelaron el vuelo. Pedimos la reprogramación y nos volvieron a cancelar. Y así varios días. Entonces llamamos al consulado argentino acá en Guayaquil, pero sus respuestas más que tranquilizarnos ante una posible solución, nos transmitió más preocupación.

-¿Qué te respondían del consulado argentino?-

- Nada alentador, al contrario. "Disculpen porque estamos sobrepasados". "Se nos está yendo de las manos". "Entendemos su situación pero resista". En fin, ahí comencé a tener la sensación de que estaba solo. Y en una oportunidad caminamos con otros argentinos hacia el consulado, ocho kilómetros de ida y ocho de vuelta, y no sólo no nos atendieron sino que debido a nuestra insistencia en un momento desconectaron el timbre. Ahí me di cuenta que el gobierno de nuestro país nos abandonó por completo. Mientras a personas de otros países los rescataron.

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-¿Qué países?-

- Yo estaba en el hostel Michael, y lo paradójico era que mientras nos decían que el aeropuerto estaba cerrado, todos los días se iban huéspedes europeos hacia sus países. Una imagen tremenda, porque ellos sí se podían ir y nosotros los sudamericanos no. La diferencia estaba en que la empresa KLM mandaba aviones humanitarios a buscar a los pasajeros europeos, mientras a nosotros nadie nos rescataba. Ahí la frustración fue tan grande que nos comenzamos a deprimir. Es muy difícil transitar esta circunstancia en la que no tenés una respuesta. Ninguna. Hasta que me quedé en la calle literalmente hablando.

-¿Cómo en la calle?-

- Del hostel se fueron la mayoría, y quedamos tres: Jhonatan y Eduardo, que son de ciudad de Buenos Aires, y yo. Entonces nos dijeron que debían cerrar el hostel porque no podían funcionar con tan poca gente. Así que salimos a la calle tratando de imaginar una solución. Porque con poca plata y con una ciudad vacía era más que complicado encontrar un techo y comida. Mediante los celulares fuimos intentando hallar un lugar y así una familia muy humilde, de pescadores, nos albergó dos días. Gracias a esa familia no estuvimos en situación de calle.

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-¿Ahora dónde estás?-

- Después de querernos ir a Quito para salir de acá y no lograr que el consulado tampoco nos otorgue un salvoconducto para viajar porque no teníamos un pasaje, algo que era imposible porque todos los vuelos ya habían sido cancelados, así que hace dos días logramos quedarnos en otro hostel porque el dueño nos abrió las puertas, y la verdad que no quisimos abusar de la generosidad de la familia que nos alojó. Así que ahora los tres estamos esperando que alguien nos dé una solución y nos permita volver a casa.

-¿Cómo es vivir en una ciudad azotada por el coronavirus?-

- Muy difícil porque la gente con el avance de la pandemia se empezó a estresar, ya no te dirigía la palabra y la relación cambió, más con alguien que no es nativo de aquí, por lo tanto se hizo más difícil conseguir ayuda. Pero es muy entendible, porque acá ves autos y camionetas trasladando féretros, hay una crisis muy grande, mucha tensión, los taxis ya no te paran. Hay toque de queda desde las 14 hasta las 5 de la mañana.