EEUU, China y el lugar de Argentina
La confrontación entre China y Estados Unidos ha pasado del terreno comercial al epidemiológico.

Sábado 09 de Mayo de 2020

La confrontación entre China y Estados Unidos ha pasado del terreno comercial al epidemiológico. Ayer se acusaban de prácticas comerciales desleales, hoy de haber propagado el virus ex profeso o por ineptitud. Tan agudo es el enfrentamiento geopolítico entre ambas superpotencias en tiempos en que las dos tienen líderes fuertes y personalistas, Trump y Xi Jinping. Uno, al frente de una democracia federal, el otro al frente de una dictadura de partido único. Por su formación, Xi sólo puede ver como un sistema aberrante y poco eficiente de gestión a la democracia americana. Los números del Covid-19 parecen darle la razón a su visión autoritaria de la vida social y política.

La respuesta oficial de China a través de su diario estatal y la agencia Xinhua a las acusaciones del secretario de Estado Mike Pompeo a inicios de esta semana expresan ese desprecio por la democracia de forma directa, confrontando la eficiencia, real o no tanto, de China ante la emergencia, y de Estados Unidos, con sus múltiples niveles de gobierno, con decisiones enfrentadas e interminables disputas en los medios y los tribunales. En los medios chinos no hay disputas ni debates. Solo consignas y buenas noticias. Y en las redes sociales, vigilancia, censura y represión.

El país tiene, conviene recordarlo, campos de concentración, eufemísticamente llamados de "reeducación", como parte de su plan represivo de las minorías musulmanas. En Estados Unidos la gente se entera de las menores fallas, como que dio positivo un asistente del vicepresidente Mike Pence al test de coronavirus. Los intentos de ocultar información, como hizo Trump durante el "Rusiagate", fallan miserablemente, porque existen unos medios de comunicación afiladísimos que son parte de la apertura intrínseca del sistema y de la propia sociedad estadounidense. Se trata entonces de la disputa de modelos entre las dos naciones más poderosas de la Tierra. Por el comercio mundial hasta hace poco, hoy por cómo enfrentar una pandemia. Nadie debe sentirse ajeno y decirse "a mí esto no me afecta, que se arreglen entre ellos".

De una parte, queda claro por sus discursos y por la retórica oficial del PCCH, que China desprecia a la democracia, pese a que afirma ser una, pero de "estilo socialista chino". Cualquier demócrata de verdad sabe que eso es una colosal mentira. Chinos taiwaneses y de Hong Kong pueden dar fe de esa mendacidad alevosa. No faltará, claro, el paper de algún académico latinoamericano que se pregunte con solemnidad sobre la existencia o no de una democracia de estilo chino. Pero la realidad es contundente y nadie informado tiene dudas honestas. Este abismo de sistemas políticos y valores se sostiene más allá de la horrible gestión de la pandemia que hace Estados Unidos, con Donald Trump como principalísimo pero no único culpable.

Pero exaltar la eficiencia de una dictadura orwelliana como la china está o debería estar fuera del universo de valores de cualquier demócrata. Aunque nunca faltan los "liberales" pinochetistas argentinos que la admiran, ni los que en los 90 se presentaban como socialdemócratas y eran en verdad admiradores de Fidel Castro y lloraban la caída de la URSS. En fin, grotescos que genera el sueño de la razón.

De nuevo, vale preguntarse si un tercer país, en este caso la Argentina, debe posicionarse en esta puja de modelos, que ha alcanzado niveles altisonantes, o debe silenciarse y apartarse del ring. Aunque por el estado calamitoso de su economía Argentina está hoy muy condicionada en su política exterior y no puede darse ningún lujo con nadie, sí debe pronunciarse sobre qué modelo de sociedad, de sistema político y de estilo de vida postula y defiende. Se pueden hacer negocios y reunirse con China sin por eso hacer la apología de su sistema de gobierno y dejar claro en cada encuentro oficial cuáles son los valores que son propios e innegociables.

Así hacen las democracias de todo el mundo. Todos le ponen la alfombra roja y la guardia de honor a Xi Xinping, aunque sepan que este desprecia profundamente sus modelos políticos y sus sociedades incluso. Pero en los discursos de recepción dejan claros cuáles son sus principios y que la democracia y el modelo de sociedad abierta están fuera de discusión. Argentina se pasó sin matices para el lado de Beijing durante la segunda presidencia de CFK. A cambio del "swap chino" entregó contratos fenomenales por las dos represas patagónicas -aún hoy sin construir- y la llamada "base espacial", que además de ser de hecho territorio chino en suelo argentino es una pieza que figura en cualquier juego de guerra del Pentágono. Al programa espacial chino lo maneja el ejército chino. La base es una estación de escucha y detección, además de las tareas científícas que puedan allí desarrollarse. Así nos metió Cristina en la agresiva competencia global entre gigantes.

Un informe reciente de un instituto chino que circuló solo dentro de su gobierno pero que se filtró parcialmente a la agencia Reuters señala que no debe descartarse un conflicto armado con Estados Unidos al final de la actual escalada. En este contexto de tensión creciente entre las dos superpotencias, un país como el nuestro debe tener un plan simple: negociar y comerciar con las dos pero sin alinearse con ninguna. Y dejar claro que el país adhiere a la escala de valores de la democracia, lo que nos pone tácitamente del lado de Occidente, más allá de EEUU y Trump. La cesión de la base a China omitió este principio de equilibrio y nos puso en el mapa de Washington del lado de Beijing, no ya en un plano meramente comercial sino en términos militares. El mensaje debería ser siempre simple y claro: Argentina es una democracia y no juega a favor de los autoritarismos, aunque comercia con todas las naciones del globo.