Domingo 10 de Mayo de 2020
En la inmensa tranquilidad de la isla, el coronavirus no tiene espacio; tampoco tiempo para preocupar a sus habitantes, quienes hoy se abocan a otras cuestiones como la de lidiar con una de las bajantes históricas que se presentan en la zona, un fenómeno que no se daba de manera tan pronunciada hace 50 años. En contraste con la ciudad, afrontan los problemas serenos y con el aprendizaje como norma.
Son unos pocos cientos de metros los que separan a la pandemia del coronavirus, el control del aislamiento social y a la reactivación económica y productiva de las islas, lugar en el que la bajante cambió la fisonomía por completo. En ambas orillas, los problemas se afrontan de distintas maneras.
"Siempre hay algo para hacer en la isla, viste", dice Fabián Ros (53), antes de empezar a contarle a La Capital cómo decidió irse a vivir a la zona del Paso de Destilería junto a su esposa, Viviana Botargues, maestra que dio clases de manera interina en la zona dos años en la escuela del lugar.
Se mudaron hace cuatro años para cumplir el sueño de llevar una vida completamente distinta a la que tenían cuando él trabajaba para una reconocida marca de lácteos, en donde hoy tendría un buen sueldo. "Más de uno me trató de loco, pero son formas distintas de ver la vida. Hay veces que, para cumplir sueños tenés que tomar decisiones importantes, jodidas e incluso, criticadas", afirma.
"El contraste con la ciudad es muy fuerte. Uno allá escucha como una noticia el tema de la bajante, pero no se toma dimensión real. Es estrepitosa y el panorama es negativo porque no hay indicios de que el río recupere aunque sea un metro", dice Fabián.
La altura del río Paraná registró 2,68 metros el 28 de febrero; de ahí hasta hoy, tuvo más bajos que altos y ayer se ubicó en los 50 centímetros, tras picos mínimos alcanzados el 21 de abril y el 6 de mayo, en 40 centímetros. Todos, son datos de Prefectura Naval.
Los problemas, en general, son de logística y de los habitantes que viven lejos de los cursos de agua que quedan con algo de profundidad para navegar: "Se cortan los riachos donde vive gente hacia adentro y no tiene accesibilidad con su canoa para aprovisionarse".
A pesar de afirmar que los habitantes de toda la vida "están sorprendidos" por la bajante, asegura que "la gente se adapta acá, es muy optimista". Con él coincide Néstor Renzi, dueño del parador Los Pagos, sobre el río grande y que sufre materialmente el efecto de la bajante ya que el deck del lugar está a punto de derrumbarse.
"La gente de la isla no se queja. El peor problema acá lo tienen los barcos, que no pueden pasar con la carga que tienen que pasar. Es un problema económico más grande que el problema que pueda tener la gente de la isla", dice el "Gringo" Renzi, como lo conocen todos, quien también con humildad considera que él no es de la isla sino que se ve como "un agregado" del lugar.
Rema hace 20 años, tiene el parador hace una década y 5 años atrás decidió instalarse en la isla. A pesar de conocer el terreno, asegura no saber cómo se vuelve a la normalidad después del fenómeno.
"No es algo muy natural lo que pasa. Ya hablé con un montón de gente de la isla y nadie sabe bien por qué pasa esto", cuenta, a la espera de que "el río me ayude esta vez" para encauzar la situación.
Desmoronamiento
La estructura que está por desmoronarse es un deck tipo terraza, sobre la que el Gringo explica que ahora tiene "un montón de metros para abajo que no hay nada para meterle" y que sirva de contención: "A nivel económico, cuesta un montón de plata y no la tengo. No sé si habrá algo para hacer".
Lo que le pasa al Gringo en el parador es un efecto de la falta de agua, que sirve como contención de algunas estructuras.
Fabián explica que "la isla está compuesta por varios sedimentos, casi todos depositados por inundaciones. La base, a la que muchos le dicen la tosca, es lo más duro. Donde estoy yo llega hasta los 3 metros, y cuando el río supera esa medida ya empieza a agarrar a los sedimentos blandos, que es lo que queda de las inundaciones".
"En algunos lugares esta bajante pasó por debajo de la tosca, donde hay un sedimento muy blando, como una arcilla, que está comprimida mientras el río no la socava. Cuando el río baja tanto y empieza a salir el sedimento, el mismo peso que tiene arriba se desliza. Y la bajante tan extrema deja expuestos estos tipos de sedimentos", detalla.
Hay cosas con las el Gringo puede apuntalar un poco la estructura para que no se desbarranque: "Pueden ser los silo bolsas, que por ahí los chacareros, cuando lo dejan de usar, lo tiran; bolsones donde se llevan piedra y arena; y cubiertas de camiones que no sirvan para hacer un frente y que no se desbarranque la casa".
Una vida distinta
Tanto Fabián como el Gringo destacan las ventajas de estar en la otra orilla de todas las preocupaciones que se condensan acá.
"Con el tema del coronavirus parece todo una película", dice el Gringo, y agrega que prefiere estar en la isla "con algunas cosas que me falten, y no enfrente con el loquero que hay".
Por su parte, Fabián comenta: "Estamos lejos del problema. Somos agradecidos de que nos haya tocado la situación, viviendo acá".
A pesar de hacer vida de río y de isla desde los 14 años, vivir "enfrente" le da la posibilidad de seguir experimentando la capacidad de hacer algo que muchos pierden con el paso de los años: el aprendizaje.
Sigue aprendiendo cosas de la mano de las experiencias y de escuchar, con humildad, a quienes tienen décadas habitando las islas: "Para venirte a vivir acá tenés que tener mucha humildad, porque no parás nunca de aprender".
Fabián menciona a Rosario como "la ciudad" y la referencia suena lejana, como si el ancho del río tuviera muchos kilómetros de distancia. Pero sobre todo, suena lejana de los problemas que se viven acá, entre aislamiento, pandemia y una variedad de problemas que, casi todos, giran en torno a lo económico y lo material.
Entre las cosas "impagables" para Fabián están el amanecer, el atardecer y hasta los momentos en los que, con el frío, prende la salamandra para calefaccionar la casa.
"Trabajo el doble de lo que trabajaba en la ciudad, pero hago cosas que me hacen sentir vivo, útil y autosuficiente. Llego a la noche cansado, pero totalmente satisfecho", declara, y suma: "Vivimos en el lugar que queremos vivir, con los inconvenientes que esto depara y con los placeres que te brinda. Y son muy superiores los placeres que sacamos de esto que los problemas que nos demanda".
"Acá todos nos ayudamos. Nosotros recibimos mucha ayuda de gente que vive acá hace muchos años, con más experiencias y vivencias. Si no venís con humildad, fracasás por más que hayas andado 20 años en el río", remarca.
"Vine con cosas que sabía, aprendí otras gracias a la gente y me quedan un montón de cosas por aprender", dice Fabián. Sólo queda esperar que llegue de nuevo el agua, acoplándose a la situación y aprendiendo de las vivencias.