Central

Yo vengo a ofrecer mi corazón: la música del milagro canalla

Hazaña canalla para llegar a una nueva semifinal de la Copa Argentina y tremenda respuesta anímica del equipo hacia Paolo Montero en el momento en que su ciclo parecía terminar. A falta de fútbol, aparecieron las respuestas emocionales para una clasificación épica y sigue soñando con el título. ¿Quién dijo que todo está perdido?

Martes 24 de Octubre de 2017

Epica. Tremenda. Histórica. Una hazaña. Todo eso y mucho más fue la nueva clasificación de Central a la semifinal de la Copa Argentina. Y el respaldo tremendo al entrenador cuando su ciclo tocaba a su fin. E inexplicable. Porque así son las cuestiones que sólo tienen sentido desde lo emocional, desde el corazón que el equipo que seguirá siendo de Paolo Montero ofreció en el momento límite, cuando sólo creían ellos mismos, cuando la noche abrazaba Alta Córdoba y con ella llevaba las ilusiones de todo el pueblo canalla. Cuando el fútbol que no tiene dejó paso a la arremetida de los que saben y la enjundia del resto. Cuando el coraje de ir e ir pese a todo se traducía en los goles salvadores de Camacho, Carrizo y Zampedri, figuras ellos sobre todo el cuestionado Pachi. Y cuando como en toda película de suspenso en que todo puede pasar, lo mejor aparece en el final y hace saltar de las sillas hasta al más desprevenido. Como a esos miles de canallas que, de volverse resignados, armaron una fiesta en las calles de la capital mediterránea luego de gastarse las manos en el aplauso conmovedor del final cuando el 3-2 sobre Godoy Cruz ya entró a formar parte de los grandes recuerdos auriazules.
   Qué deporte inigualable es el fútbol. Capaz de hacer vivir a la ruleta rusa, de generar esos vaivenes en el ánimo, esos picos de emociones que van desde la tristeza y la bronca más profundas a una alegría inagotable, inconmensurable, capaz de dejar en un segundo o tercer plano las razones que lo pusieron al borde del abismo y que anoche demostraron que siguen estando. Todo por aferrarse a esas otras cuestiones que a veces, como anoche, las suplen plenamente.
   Tremendo partido. Inolvidable seguramente. Como se dijo, imposible de racionalizar desde los aspectos lúdicos del juego. Cómo se explicaría sino que un equipo que entró para recibir un tremendo cachetazo, que pasó por todos los estados depresivos en un primer tiempo con todas las señales negativas posibles y al que parecía aguardarle un final aún más bochornoso, vuelve de golpe con otro chip del vestuario.
   Ayudado por la increíble postura displicente y conformista de un rival que se sentía superior, es cierto, pero acicalado por fuerzas que salieron de quien sabe dónde, de golpe no había que darlo por muerto. Y aquellos signos todos negativos, la nueva expulsión de Tobio a los 33 segundos, el gol tombino a los 7 minutos, el penal marrado por el goleador que no termina de volver, el nuevo gol de cierre de Godoy Cruz, la lesión de Leguizamón y los dos cambios defensivos obligados que debió hacer Montero, de golpe se transformaron en insignificantes.
   Y trocaron en signos vitales. El gol de Camacho, el artillero que fue, la tonta expulsión de Pol Fernández, el partido reivindicatorio de Carrizo con grito incluido y, claro, el nuevo festejo del artillero que es y que de nuevo increíblemente estaba en el banco. Y, por si eso fuera poco, la frutilla del postre fue la atajada final del Ruso Rodríguez, el más cuestionado y al que se le reclamaba que salvara una vez a Central. Lo hizo.
   Los rostros entonces se descomprimieron, las mandíbulas se acalambraron de tanto gritar el gol del entrerriano, la locura se pasó de tribuna y la noche se fue yendo de Alta Córdoba, con los sonidos de fondo de los bocinazos que alteraron la paz cordobesa, locos por una hazaña sin igual.
   Central ofreció su corazón, salvó a Montero, hizo renacer la esperanza aún con la tarea impostergable de reconstruir su fútbol y va por una nueva oportunidad de un título posible. ¿Quién dijo que todo está perdido?

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