Ovación

WhatsApp, qué jugador

Los viejos códigos del fútbol fueron destrozados por la aparición de un refuerzo tecnológico que desnuda las miserias de un ambiente que elude la responsabilidad de afrontar las cosas cara a cara.

Miércoles 21 de Febrero de 2018

Históricamente el mundo del fútbol respondió a un catálogo cultural forjado con mucha disciplina y lealtad. Casi una tabla inquebrantable de mandamientos que se incorporaban desde temprana edad. Como si se tratara de un compromiso indeleble. Equivalente a un juramento hipocrático. Que incumplirlo era considerado un pecado capital. Y su castigo era similar al exilio, ya que todos se encargarían de estigmatizar al infractor, lo que representaría un enorme escollo para su futuro. "Ese no tiene códigos, no es bueno para el grupo", era la sentencia complicada de conmutar para aquellos que pugnaban por incorporarse a un equipo. En definitiva de eso se trata, de los llamados códigos del fútbol.

Códigos tantas veces enunciados y otras tantas respetados. Entre los cuales sobresalía el mantener en secreto los términos de los contratos. Como así se destacaban y asomaban como irreductibles aquellos que prohibían vincularse con la mujer del compañero o contar las intimidades del plantel. "Lo que pasa en el vestuario queda en el vestuario", repetían como un rezo los futbolistas de otrora.

Pero un día llegó un nuevo jugador. Y con él todo cambió. O mejor dicho, con él comenzó a quebrarse la hipocresía que estaba abroquelada en las apariencias, y que filtraba sus miserias a través de las indiscreciones que jugadores, dirigentes y otros familiares edificaban con sus infidencias a los periodistas o amigos. Las llamadas fuentes. Las que no se revelaban. Pero que no eran otras que las mismas que transitaban los vestuarios, jugaban los partidos o estaban en los escritorios.

¿Y quién es ese jugador tan poderoso que llevó a romper un patrón cultural tan centenario? El implacable WhatsApp. El mismo que es infalible clavando el "visto" con esos dos tildes o filtrándose entre las autodefensas con sus mensajes o audios. Como así fotografías.

Sí. Con él todo cambió. Se erigió en el jugador más temido. Utilizando muy bien los espacios para sacar provecho de las torpezas ajenas. Desnudando los reales pensamientos como así las complicidades. Y también permitiendo con su despliegue comprender muchas veces el porqué de las realidades.

Como sucedió recientemente en Newell's, donde un audio desnudó de manera eventual o intencional la fragilidad ética de una gestión, y dejó en la superficie la cobardía de eludir la responsabilidad de enfrentar a un entrenador. Sí, al que en definitiva oportunamente fueron a buscar por el tan mentado "proyecto". Pero en definitiva el audio lo único que hizo es dejar aún más expuesta la propia incapacidad de una comisión directiva que no funciona ni dirige.

No obstante, en el fútbol no hay excepciones en esto de sucumbir y ser derrotado por la acción de WhatsApp.

Más allá de aquellos códigos, que incluso intentaban dejar en secreto los actos que transgredían esas órdenes no escritas, este jugador WhatsApp irrumpió para cambiar una forma de vida social y por ende también la del fútbol. Ni hablar de su representante, el teléfono móvil o celular, de quien se hará un análisis en otra ocasión.

El WhatsApp, jugador cuyo nombre es escrito y pronunciado de diversas formas, modificó pautas de comportamiento que fortalecían a las buenas costumbres que los antepasados dejaron como mejor legado.

Porque era un saludable hábito en el pasado, y no tan pasado, que un ser humano le exprese a otro ser humano los pensamientos y sentimientos en forma personal. Es decir en vivo y en directo. Para ello acordaban un encuentro y el mensaje se decía sin intermediarios ni dispositivos tecnológicos que sustituyan la reunión. Utilizando el elemental e irremplazable recurso del diálogo. Verbal y gestual. Muchísimos acuerdos se han alcanzado por este medio. También varios desacuerdos siguieron vigentes. Pero cumpliendo con esa cuestión de honor, que por entonces tenía un valor relevante, de parlamentar de frente. "Vení decímelo en la cara", era una frase típica para el convite.

Es que la palabra era tan cuidada como un elemento constitutivo de la identidad personal, que era una necesidad pronunciarlas con la intensidad y el tono de una convicción, razón por la cual si la distancia no permitía un cara a cara al menos utilizaban el teléfono para hablar, y no para usar este jugador verde para evitar ponerse colorado.

Muchas historias más seguirán escribiéndose gracias a WhatsApp. Porque también tiene en el humano la predisposición de propagarlo a través de lo que se denomina "viralización", capacidad de reproducir lo que se hace en forma exponencial. Nombre que emula a los virus por la capacidad de reproducirse "solo".

Si algo le faltaba al fútbol era una herramienta más para amplificar sus miserias, esas que lejos de enfrentarlas y dirimirlas con el coraje indispensable, hoy se propagan por la cobardía de sus autores. Y de sus emisarios.

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