Virginia Gómez y un gesto solidario para imitar
El jugadora de Central, junto a su pareja, cocinan y donan más de 200 raciones de comida a los vecinos del barrio Cabín 9.

Viernes 15 de Mayo de 2020

Virginia Gómez tiene un corazón inmenso. Lo demuestra habitualmente en una cancha de fútbol con el deporte que hace casi un año la llevó a disputar con Argentina un Mundial histórico en Francia y unas semanas después a colgarse una medalla en los Juegos Panamericanos. Lo expone también cada fin de semana en el campeonato de AFA (hoy en suspenso) con la camiseta de Rosario Central. Y lo demuestra ahora, cuando toma esa misma cinta de capitana para ponerse al hombro las necesidades y ayudar en el medio de una pandemia que jamás nadie imaginó, la del Covid 19. Virginia Gómez juega de defensora o volante, pero no se repliega. Menos ante una crisis. Es por eso que desde hace más de un mes, la Chichi, su pareja y la familia de su pareja cocinan y donan más de 200 raciones de comida a los vecinos del barrio Cabín 9, en Pérez, donde vive. “Es una felicidad única todo esto, que otros reciban... La satisfacción por poder ayudar es enorme”, dice al otro lado del teléfono mientras avisa que en un ratito nomás “ya empieza el movimiento y nos ocupamos todos”. Repite el concepto de la ayuda y la felicidad como mantra. Ríe del rédito que le pudo sacar a su condición de futbolista, a cierta fama de la que antes renegaba, aunque avisa: “Este es mi mundo real”.

   En Argentina, el confinamiento obligatorio dispuesto por el Gobierno Nacional por el avance del coronavirus lleva hoy 57 días. En el medio no sólo se perdieron vidas, sino que la crisis económica que esto provocó a nivel mundial arrasa aún sin límites y pega fuertemente en los que menos tienen. La desigualdad es cada vez más gruesa y en barrios como Cabín, históricamente humildes, el rigor es mayor. Como la necesidad va en aumento y porque el hambre, cuando llega, no pide permiso, es que Virginia Gómez y su familia encararon sin miedo el desafío de dar de comer. Ni más ni menos. “Mi cuñada ayudaba en otro lugar en el barrio y como ahí iba cada vez más y más gente dijo de empezar a ayudar acá en la casa. Así que arrancamos en el patio y damos tres veces por semana (lunes cena, miércoles y viernes meriendas). Teníamos una garrafa prestada. Pero hoy (por ayer) nos regalaron una y nos donaron un anafe, es una felicidad enorme”, tira la Chichi, más alegre aún cuando cuenta que “el otro día pudimos comprar una olla de 100 litros, una señora y una chica donaron plata y yo puse lo que faltaba”.

   Virginia, como cualquier futbolista mujer de este país, no está ni cerca de ser millonaria como sí lo son la mayoría de los hombres, pero eso no es impedimento para que saque del propio bolsillo para ayudar. Si bien el comedor (por ponerle un nombre al espacio) funciona con lo que donan otros vecinos no faltó oportunidad para que ella y su familia abrieran las propias alacenas para evitar que alguien se vaya sin comida. Algunos días no alcanzaron las raciones, pero sobraron las intenciones: “La idea es que todos los que vienen se lleven algo, aunque sea un paquete de fideos. Acá (en Cabín) siempre hubo mucha necesidad, pero hay gente que viene y te dice que cuando se pueda acomodar con todo esto no va a venir más, agradecen. Acá igual, a nadie se le dice que no, el que venga va a tener un plato de comida”.

   Dicen que no hay nada que dignifique más la vida de una persona que un trabajo. Sin embargo, cuando crisis como las actuales impactan, sacuden peor a los que menos tienen. En este sentido la inequidad se pone el traje que más le gusta al mundo capitalista. Es ahí, donde las manos solidarias son más valiosas que el oro: “El que trabajaba de changas con esto de la pandemia quedó en la nada. Por eso está bueno que la gente ayude”, responde Vir cuando se le consulta por la demanda. Y pone un ejemplo ante la necesidad: “Acá hay de todo, vienen personas solas, gente grande, familias numerosas. Tenés que ver, la vereda se llena... Y sí, ahora viene el frío y seguro habrá más. Pero mirá, hubo un día de lluvia y mucho frío en el que la gente vino igual, hacían fila, nos mojamos todos. Si no lo necesitás no venís y la gente venía, la gente estaba esperando su plato de comida”.

   Hace casi un año (en junio), Virginia Gómez jugó el Mundial de Francia con la selección argentina que fue histórico por muchas razones, pero fundamentalmente por la vuelta de un equipo nacional a esa cita tras tres ediciones y por sumar puntos en la competencia por primera vez. Fue en París, en la Ciudad Luz, donde incluso jugaron en el Parque de los Príncipes, el mítico estadio del PSG que es escenario habitual de mega estrellas como Angel Di María, Mauro Icardi, Kylian Mbappé o el propio Neymar. A las chicas las atendieron como “reinas” y en diciembre la propia Chichi le contó a Ovación cómo “tanto lujo” la incomodó. Ella, que nació y se crió corriendo en los campitos de Barrio Belgrano, que calzaba los botines viejos que tiraban sus hermanos, que odia los aviones y ama su esencia mamada en una familia numerosa y de sacrificios, no podía sentirse distinta. Por eso ahora bromea y dice en el medio de muchas risas: “Allá me servían y me sentía más rara... Ahora mirá, soy yo la que sirve, este es mi mundo real”.

   La popularidad que le dio el año pasado ese Mundial, a la que también contribuyeron los Juegos Panamericanos, Rosario Central y el boom del fútbol femenino, a Virginia, en un momento la abrumó. Sintió pánico, no quería asomarse a la calle. Aunque hoy encontró en esa fama un punto de inflexión: “Viste que no me gustaba, ¿eh? Pero lo pude utilizar para esto y la verdad es que me encantó, porque me di cuenta que para algo servía. Ahora yo pongo en las redes sociales que se reciben donaciones y la gente me manda mensajes directos, vienen a traerme mercadería o yo la voy a buscar. Para estos días venimos bien. Si fuese varón a esto lo haría con mi propia plata porque seguramente tendría mucha (risas). Pero soy mujer y me hice un poco conocida y me sirve para esto. Me están ayudando muchísimo a ayudar”.

   El fútbol, la actividad profesional y la posible vuelta no son cosas que hoy preocupen a Virginia. “En este momento no pienso en eso, cuando vuelva, veremos. Por ahora sigo haciendo esto que me gusta y disfruto. Es una felicidad única que otros reciban... La satisfacción por poder ayudar es enorme. Además, donde vivo el patio es compartido, no tengo uno propio y la casa es muy chiquita, a veces se me complica hacer ejercicios. Lo hablé con el profe de Central (Pablo Díaz) y me entiende. Igual él me dijo que lo que estoy haciendo es más importante que entrenar o jugar al fútbol. Está feliz”.

¿Estás de acuerdo con eso?

Y... A mí me encanta y me produce mucha felicidad.