Ovación

Una Superliga no tan súper

La nueva organización del fútbol argentino de primera división arrancó la segunda temporada con los problemas de siempre, ya que muchos estadios siguen con las mismas falencias estructurales pero todos los clubes obtuvieron su licencia para jugar.

Martes 21 de Agosto de 2018

No por tan repetida pierde vigencia esa frase de Albert Einstein que imprimió en la historia: "Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo". Esto es lo que define a la realidad del fútbol argentino. En el que además difícilmente haya un final diferente porque quienes lo dirigen son los mismos.

Cuando crearon de manera ampulosa la Superliga, la anunciaron con un decálogo de normas que sustentarían la hipotética nueva organización de la competencia del fútbol de primera división, varias de ellas adoptadas de la liga española. Y le ponían una marquesina a la rigurosidad que aplicarían en el cumplimiento del reglamento, aunque desde el inicio ya implementaban una prórroga para que los clubes se ajusten a las implacables leyes. Temporada 2018/19 era el punto de partida.

Todo lo exigido debía ser cumplimentado para que cada club obtuviera su licencia. Credencial habilitante para jugar. Caso contrario le aplicarían todo el peso de la ley. Es cierto que las leyes en el país de la impunidad no configuran una preocupación que pese. Salvo para aquellos que aún conservan una escala de valores forjados desde la cuna. Una rareza para muchos de los que dirigen el mundo del balón.

Para no redundar y sólo a manera de recordatorio, para obtener la licencia los clubes debían presentar estadios con instalaciones adecuadas para espectadores y correcta señalización dentro y fuera, entre otras reglas. Al mismo tiempo, era imperioso que no tuvieran deudas vencidas o no regularizadas con empleados, AFA, Superliga ni autoridades fiscales. Y la entidad que en el inicio de la temporada 2018/19 no consiguiera la licencia, se sometería a un proceso de sanciones. En tal caso, los afectados podrían apelar. De todos modos, podría quedar excluido del torneo si se le negaba la licencia.

Pero la lógica indica que para la obtención de una licencia hay exámenes y documentación exigida. Para obtener el carné de conducir por primera vez, quien lo requiere es evaluado de manera teórica y práctica. En la Superliga parece que el método es otro. Nadie de la organización hace una evaluación en territorio. Es decir que el contralor es sólo burocrático. Y así quedó reflejado en el inicio.

Porque si la Superliga fuera lo que dice ser, más de un club no debió obtener su licencia. Sólo a manera de ejemplo, porque es de fácil comprobación, Huracán es uno de ellos. En la primera fecha, el campo de juego del Tomás Ducó era tan impresentable que hasta el círculo central evidenciaba la imperfección.

Pero en vez de controlar y no otorgar la licencia, la Superliga intimó al Globo a que hiciera su descargo para así luego evaluar la sanción. Y en ese caso procedieron porque se hizo más visible debido a que el rival fue River. Pero no fue el único piso en estado calamitoso. Porque tras casi tres meses sin competencia son varios los que no están en condiciones. Pero claro, si se ajustan al reglamento no habría fútbol, porque aún perdura la cultura del "lo atamos con alambre".

Una costumbre de alto riesgo y ya fatalmente comprobada, porque no se trabaja sobre las causas para prevenir sino que se actúa cuando se producen las consecuencias, situaciones que continuarán.

También es cierto que la falta de inspección de la Superliga impide constatar que la obligatoriedad de inversión en infraestructura de los estadios para adaptarlos a las necesidades de los espectadores tampoco se cumple. Son muchos los que cuentan con sanitarios tan precarios que hasta incluso se clausuran. Ni hablar de comodidad.

Es por ello que en la segunda temporada, la Superliga nada tiene de súper, es tan común e ineficiente como la AFA durante años. Pese a todo, el público aún va a la cancha.

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