Ovación

Un gol de aquellos

Cuando la pelota sepultó el raleado césped por segunda vez, su destino ya estaba sellado.

Viernes 26 de Enero de 2018

Cuando la pelota sepultó el raleado césped por segunda vez, su destino ya estaba sellado. En esa fracción de segundo, cuando el tiempo paraliza su implacable marcha, botín y balón, eterna yunta de amoríos y desencuentros, concibieron lo más preciado de este juego: el codiciado gol. Tres peladas letras que jamás describirán con suficiente fidelidad semejante estallido de tan intensas como efímeras emociones. El Negro tenía sangre, color y orgullo chaqueños. A simple vista no reflejaba lo que luego generaba en cancha.

Poeta dentro y fuera de ella. "El que sabe, juega, y el que no sabe, pega", era su recurrente latiguillo como respuesta a cuanta murra recibía de desleales y frustrados marcadores. El andar cansino de pasos cortos y medias bajas hablaba más de un eventual jugador de relleno que del virtuoso e inteligente estratega que en realidad era.

Era muy común por entonces verlo llegar un domingo a la mañana sin dormir y sin digerir todavía el vino tinto de largas noches de sobremesa. Eso tranquilizaba al resto, ya que aseguraba la mejor versión del talentoso Negro. Típico volante creativo con la cancha formateada en la cabeza de tal manera que sabía exactamente cuándo, dónde y cómo habilitar al compañero mejor ubicado de cara al gol, antes incluso de que este ultimo siquiera lo imaginara.

La pegada exquisita, de caricia sentida, no podía tener otra respuesta de la caprichosa redonda más que una sumisa y precisa trayectoria, acorde a la voluntad de su amor de turno. El Negro sabía cómo hacer que ella ejecutara su voluntad a cambio de asegurarle siempre y en cualquier circunstancia el trato que cualquier amante exige. Delicadeza, respeto, sutileza y un objetivo común: honrar el juego.

Así fue como en esa final nocturna de aquel primer torneo, en tiempo extra y definición con gol de oro, imaginó y ejecutó una precisa parábola a la espalda del 2 rival que, al girar, impotente y resignado, pudo observar de manera privilegiada el terrible "viandazo" del Garza, que dejando fluir libre y amenazante la zurda la clavó arriba, bien cerquita del palo y al lado de un arquero incapaz de reacción alguna.

Un arquero que nunca entendió cómo esa pelota, como en otra dimensión, se desintegró totalmente sobre el botín Ocelote del 7 para regenerarse inmediatamente a sus espaldas, en una red tan asombrada y vejada como él mismo.

Así como el Negro era sutileza y estrategia, el Garza era el brazo ejecutor, el percutor, el artillero. Todo su físico estaba preparado para eso.

Alto, potente, fuerte, iba a todas, su objetivo final era el arco; la principal arma, su poderosa pegada; sus víctimas preferidas, los arqueros, y las mártires aleatorias, las palomas.

Era común que ese desborde de actitud, potenciada por un ilimitado entusiasmo, derivara en terribles pelotazos que, lejos de terminar en redes enemigas, acabaran en las frondosas ramas de los viejos plátanos y eucaliptos que rodeaban el predio. Incluso, muchas veces esto sucedía antes de que comenzaran los partidos.

En pleno calentamiento previo revoleaba la pelota al aire para impactarla con una enérgica volea, cuyo incierto destino desconcertaba tanto a sus propios compañeros como a las aves lugareñas, desesperadas por el destino de sus nidos.

Sin embargo esa noche, observando todo desde el fondo, hasta el último hombre de la defensa ya intuía que el destino final de ese remate sería una estampida de festejo total contra la humanidad del temible goleador. Terminado el duro partido 2 a 2, la definición era, por entonces novedosa y hoy ya descartada, con gol de oro, muerte súbita en alargue de dos tiempos de 15 minutos previos a los definitivos penales.

Esa costumbre de ir a todas, exigiendo al extremo hasta la última fibra muscular, le terminó pasando factura al potente delantero. Una contractura muscular en el primer tiempo suplementario lo obligó a salir del campo aunque le resultaba mucho más dolorosa la ausencia de la cancha que la lesión.

No pasaron ni 5 minutos de haber salido cuando empezó la suplica al Halcón, el veterano DT, para que lo volviera a poner en cancha. El Halcón, con buen criterio, desechó esa alternativa sin siquiera considerarlo. Una contractura rápidamente deriva en desgarro y él, paternal como era, cuidaba tanto de todos los jugadores como de su propio hijo, quien por cierto también formaba parte del equipo.

Pasados 5 minutos más, la súplica se convirtió en exigencia. Que se sentía mucho mejor, que el dolor había desaparecido, que ya estaba listo para entrar de nuevo.

Inclinando la cabeza para posicionar alta la mirada, con el ceño fruncido en clara señal de desconfianza, el Halcón, sin mediar palabra, fue contundente en su respuesta.

Tres minutos más fueron suficientes para que el Garza, acostumbrado a acometer una y otra vez contra duros defensores sin darse por vencido, volviera a pedir, suplicar, exigir y finalmente obligar al Halcón a hacer el cambio.

"Poneme que lo defino", imploró una vez más.

Y así fue que, quizás cansado de escucharlo o tal vez advirtiendo deseoso una quimera, faltando dos minutos el Halcón lo mandó a la cancha. Rápidamente se fue a ubicar a la izquierda del ataque, perfilado y esperanzado de que le quedara alguna.

Se lo vio llegar a esa zona con cierto esfuerzo, intentando disimular en vano una evidente renquera, como el borracho que intenta inútilmente ocultar su estado, pero con la fe intacta e inquebrantable de los que siempre esperan al acecho por algo más.

Parado como estaba, sin poder moverse más que para retraer y extender su letal arma, el Garza impactó con notable rigor esa suspendida y etérea esfera de cuero, obsequio final y entrañable del genial Negro, con el destino final ya descripto. Gol: consecuencia natural de lo que ocurre cuando el talento y el coraje tienen el mismo amor y los dos son sinceramente correspondidos.

Eduardo Juárez

Especial para Ovación

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